ARTÍCULO: Memorándum acerca del feminismo

Para: Presidenta de la Liga de Asociaciones Feministas.

Asunto: Memorando sobre el feminismo en España. (Con algunos toques italianos).

Es un gran honor, señora Presidenta,  que su Liga de Asociaciones Feministas me solicite unas líneas  sobre un asunto de tanta actualidad.

Pero antes de entrar en ello, permítame hilvanar unas  palabras sobre el papel de la mujer en los primeros siglos de nuestra era.  Son pocas, muy pocas, salvo reinas y cortesanas, monjas o heroínas de guerra, las mujeres  que hayan pasado a la historia de nuestro país mientras los hombres, a su alrededor, organizaban, destruían o sojuzgaban sus vidas. Quizá la mujer de hoy no piense en el legado de sus antecesoras. No es tarea fácil encontrar  los surcos de sus acciones porque en el trono de la Historia reinan el paso del tiempo, la antigüedad y la desmemoria. El corazón nos reclama reconocer la prolongada  deshumanización de la vida de la  mujer, aunque hay momentos en los que recordarlo no parece más que un sueño entre el monótono oleaje de los grillos.

Mientras filósofos, clérigos y científicos alimentaban el mito de la superioridad intelectual del hombre, las mujeres se ocultaban temerosas; si destacaban por su ingenio o por su sabiduría podían ser consideradas brujas u obligadas a firmar con el nombre del marido. Ensimismadas, adormecidas, insatisfechas o deshechas en llanto, la vida las mantenía sumidas en una labor insustancial de cocina, limpieza y urgencias de dormitorio. Para su naturaleza el sometimiento, el discernimiento para los demás. La fuerza física contra la sensibilidad. Un detalle que por sí mismo debería convertirse en la muestra más clara de su heroicidad. Todas ellas se merecen, al menos en la  memoria, el agradecimiento de sus herederos, los ciudadanos de hoy.

La antigua doctrina cristiana, la ortodoxa, seguía a rajatabla el pronunciamiento de Tomás de Aquino, de la Orden de Predicadores: Este es el sometimiento con el que la mujer fue puesta bajo el marido, porque la propia naturaleza dio al hombre mayor discernimiento. Una doctrina que emanaba del cristianismo más austero y que justificaba el sexismo,  la dominación masculina y el papel social de la mujer, encargarse del hogar y cuidar al marido y a los hijos.

Utopía es una gran ilusión, un paraíso en el pensamiento. Un anhelo constante en el fondo del linaje humano, si no como irrealizable  sí, al menos, como un modo de entender el mundo al que deberíamos tender. El feminismo formó parte siempre de todas las utopías. A partir del siglo XVIII,  bajo el paraguas  de la ciencia, el concepto de utopía empezó a alejarse del ámbito celestial para aparecer dibujada con experimentos comunitarios de los bienes y las mujeres, del  trabajo y la educación. Las doctrinas de la Ilustración simbolizaban  un intento de empujar la instrucción y ampliar la economía de un país, un afán de modernización que en España duró lo que tardó la Monarquía borbónica en detectar que tanto avance podía poner en peligro la estabilidad de su poder. Ya en el siglo XIX brota  el socialismo utópico, una corriente filosófica que predicaba la liberación del papel de la mujer, la práctica del amor libre y la progresiva desaparición del esquema familiar. En algunos países llegó a calar con rapidez; en España se truncó, sin embargo, cuando Fernando VII aprovechó el momento para consolidar su dominio y la vuelta al orden constitucional. Los hilos de esa nueva utopía llegarían solamente  a ciertos núcleos reducidos  de intelectuales  burgueses, cercanos, la mayoría de ellos, al periodismo.  Qué tenía de extraño, por lo tanto, que la reina María Luisa (1804) escribiera en estos términos  al valido Godoy: Soy una mujer y aborrezco a todas las que pretenden ser inteligentes, igualándose a los hombres, pero creo impropio de nuestro sexo, sin embargo, de que las hay que han leído mucho y habiéndose aprendido algunos términos del día, ya se creen superiores en talento a todas las demás La mujer poseía más imaginación que entendimiento, más prejuicios que memoria y una marcada inclinación hacia las cosas frívolas que debía combatirse; había que velar por tanto de no avivar sus fantasías, que supiera desde el principio que había nacido para ser dependiente y que cultivaría sus ideas solo para dar gusto al marido. Una reconocida pedagoga de la época defendía que lo que tenían que estudiar las niñas era algo de historia natural, para que supieran alimentar a la familia, algo de química aplicada, para que aprendieran a limpiar y desinfectar bien ropas, muebles y alcobas, y algunas nociones de física, aquellas más relacionadas con las operaciones de cocina.

La Revolución de 1868, la apellidada Gloriosa, que llevó al exilio a la reina Isabel II, permitió también durante su corta duración el acceso de las mujeres a la Universidad; un suceso relevante si se piensa que, veintisiete años antes, la feminista y periodista Concepción Arenal había tenido que disfrazarse de hombre para entrar a estudiar clandestinamente en la facultad de Derecho. La mujer ni puede ni debe ejercer las diversas profesiones del hombre (…) jamás cedamos a sus halagadores engaños de sirena (…) pronto vendrían a quedarse con toda la casa” (de la Revista Siglo Médico, 1889). Aún faltaban cuarenta y tres años para que Rosario de Acuña, abogada por la igualdad de la mujer y defensora de la educación, participara como oradora en el Ateneo Literario de Madrid. Aún faltaban setenta y cinco para que una mujer lograra acceder, por vez primera, a una cátedra  universitaria.

En 1885 el promedio de esperanza de vida en España al nacer estaba en los treinta y cinco años; la dureza de las situaciones, las epidemias, las guerras, los escasos conocimientos científicos y la lucha diaria contra la escasez no daban para más. Pero es en la segunda mitad de ese siglo cuando la mujer, también en nuestro país, comienza a desperezarse  y abre hueco en  la literatura y en el periodismo. Sé que me dejo muchos nombres fuera, pero me limitaré a señalar algunos aunque, como suele decirse, “todas las que están  lo son pero no son todas las que están”.

Mencionaré a Patrocinio Biedma, periodista andaluza, humanista, comprometida con el movimiento feminista y vicepresidenta en España de la Liga de las Mujeres para el Desarme Internacional, una mujer tan leal al feminismo que, pesar de sus convicciones, no defendía el sufragio porque conocía el percal: el voto femenino en España, en aquella época, se decidiría por la idea del padre, del marido u otros hombres, en lugar de por su propio criterio personal. Aludiré a Carmen de Burgos, apodada Colombine, luchadora a favor del divorcio, el sufragio femenino o el matrimonio civil; corresponsal de Guerra en un diario de Málaga, fue una de los escasos cronistas que se acercó a las tropas españolas que luchaban alrededor de Melilla tras el desastre del Barranco del Lobo. (Habría sido feliz, si hubiera vivido entonces, al ver su nombre en la lista de autores prohibidos que instauró el régimen franquista tras la guerra civil). Y nombraré a Consuelo Álvarez Pool, conocida como Violeta, escritora, periodista, político-sindicalista, sufragista y feminista, fundadora de la Asociación Las Damas Rojas de Madrid (1909).

Pero mencionaré además, cosa también de rigor, las cartas de algunas lectoras que insertaba la prensa de entonces con textos como el siguiente: (…) no me he enterado hasta ahora, ni pienso hacerlo de aquí en delante de ningún libro que me enseñe a discurrir… Por increíble que suene, en el paso del siglo XIX al XX había mujeres en España que defendían una especie de derecho a la ignorancia.  Para ellas habían aflorado las novelas por entregas, publicaciones periódicas que fidelizaban al lector/a a base de suministrarle paso a paso tremebundas historias repletas de peripecias heroicas y toques de sensualidad. Primero fueron las señoritas chic, las de la alta burguesía, el último reducto de un romanticismo trasnochado, las principales usuarias de ese tipo de lecturas; su consumo se generalizó unos años más tarde, entre las dos guerras mundiales y nuestra guerra civil. Pero si uno se asoma a los más de tres mil títulos publicados a lo largo de su vida por Corín Tellado, nuestra indiscutible reina de la novela rosa y sentimental, cuando se dice de ella que es “la autora española más universal”, solo por detrás de Cervantes, resulta fácil concluir que un hecho tal  coloca a la novela de amor en un lugar que merecería, al menos, un acercamiento sereno y desprejuiciado a las razones de su éxito editorial. Quizá así, tratando de entenderlo mejor y no tanto de criticarlo, se podrían extraer valiosas conclusiones que poder aplicar a la evolución de la mujer en la península.

Nos adentramos ahora en el pasado siglo XX. Si el anterior presagiaba  el triunfo de la causa de la mujer, parecía que en el siguiente llegaría la victoria de verdad. Incluso algunos intelectuales, Manuel Torres Campo, por ejemplo, sugerían: El siglo que termina podrá llamarse el del advenimiento de la mujer. La mujer ve abrirse al fin ante ella si no todas las carreras, a lo menos los estudios que a ellas conducen. La sociedad contemporánea, que lentamente evoluciona hacia la forma de una democracia igualitaria, deberá apoyarse fatalmente sobre una familia constituida según la ley de la igualdad y no según la del despotismo (1894).  En los primeros años del nuevo siglo, hasta lo que se ha llamado La Transición, nuestro país dejó atrás aquellos conatos de filosofía ilustrada y se encerró, una vez más, en sí mismo. La pérdida de las colonias de ultramar, el desgaste ocasionado por la política africanista del rey Alfonso XIII y los efectos que le llegaban de la Primera Gran Guerra, mantenían a la gente ensimismada en una dolorosa mezcla de pesimismo y falta de actitud. Los partidarios de que la mujer ocupase lugares  que poco a poco se había ido ganando manifestaban, sin embargo, que nunca sería “el de ministro, abogado, juez, o alcalde, porque hay leyes eternas, principios fundamentales que se oponen a ello”. La doctora Aleu, una mujer  de las pocas que había logrado  sortear innumerables barreras, opinaba que si a la mujer se le negaba aún la Educación, para lo que se argüían absurdas razones  fisiológicas, anatómica, incluso frenológicas, tal cosa significaba que el género femenino seguiría sumido en la esclavitud.

La clase social a la que se pertenecía marcaba el régimen de vida de la mujer. Las de clase media ejercían el magisterio o paseaban, de visita en visita, para compartir sus poemas y escritos, a lo que tan aficionadas eran; a las de las capas humildes, costureras, sirvientas, trabajadoras desde siempre, solo les quedaba continuar en lo mismo, paciencia y resignación ante una retribución mísera, largas horas de trabajo, la imposibilidad de acceder a una mayor formación y, en no pocas ocasiones,  completar sus miserables sueldos mediante la prostitución. Ahí estaban las damas de la aristocracia,  cristianas y caritativas, para fomentar la beneficencia en asociaciones de recogidas y en conventos.  Solamente unas pocas  se atrevían a seguir el ejemplo de las mujeres europeas, liberadas del corsé de tantas normas y costumbres y alejadas de las tradiciones de la mujer española que se resumían en dos, el matrimonio y la maternidad.

La Iglesia había mantenido siempre una especial relación con la feligresía femenina, pero el empuje mujeril en los albores del nuevo siglo obligaba a la jerarquía católica a buscar otras vías para no perder el lugar que siempre había ocupado en el corazón de la mujer. No se trataba tanto de hacer de ella otro hombre, como de que la mujer creciera para desarrollar mejor su misión tradicional, el hogar. Las proclamas progresistas y la palabra feminismo, provocaban sobresaltos entre las mentes eclesiásticas. Buscarían, pues, un nuevo enfoque: preocuparse por la mujer para que sus peticiones beneficiaran al orden religioso y al régimen político más favorable; si el laicismo, la coeducación, el matrimonio civil o el divorcio, constituían la mayor amenaza para su preeminente posición, propugnarían un feminismo cristiano y la creación de unos sindicatos afines cuya lista de tácticas resultara interminable. Reclamaciones que la Iglesia había negado tradicionalmente a la mujer eran ahora admitidas, pero se le negaban las de orden político y social. Si las mujeres debían disfrutar de igualdad de salarios, si incluso ya podían votar, no debían en cambio gozar  del derecho a ser elegidas. Y qué era eso de suprimir la responsabilidad del marido o de negarle obediencia, pontificaba la clerecía,  pero ¡si sin necesidad del voto la mujer ya gobernaba en casa por su influencia sobre el hombre!…. En el umbral del estallido de la Guerra Civil coexistían pues, en España, tres tipos de feminismo: el cristiano, otro laico, razonable y no combativo, y el del socialismo republicano en el poder, más dado que los otros dos a elevar el papel de la mujer en la arena político-social.

El 13 de octubre de 2008 tuve la oportunidad de asistir al acto de investidura de una científica italiana como doctora honoris causa de la Universidad de Madrid; Rita Levi Montalcini, una de las mujeres más singulares e impresionantes, sin duda alguna, del siglo XX. Una persona ejemplar por sus hallazgos científicos, su humanitarismo y su feminismo moral. Un notable arquetipo de la estulticia de la humanidad,  tantos siglos coja y manca, con una mitad, el hombre, rindiendo hasta su nivel, y otra mitad, la mujer, minusvalorada en su capacidad.

 En un vibrante discurso aquella anciana menuda que se acercaba al atril con el andar inseguro que correspondía a su edad, obsequió al auditorio con su emoción por la vida y su insaciable curiosidad. Arrastraba a los presentes con naturalidad y frescura, con afirmaciones rotundas, signos más que evidentes de que aquella mujer centenaria (contaba 99 años) hablaba desde el corazón. Nacida en los albores del siglo había luchado desde muy joven con valentía inaudita: contra el régimen patriarcal de una familia victoriana, contra el entorno burgués y católico en el que se desenvolvía sin atreverse a decir que era judía, contra la dictadura fascista de Benito Mussolini, precursora de la que el franquismo desarrollaría en España, que la expulsó de la academia en la que estudiaba e implantó en Italia la dinámica de un poder omnímodo, el cambio de normas sociales y la cultura del silencio.

Debería agradecer a Mussolini el haberme declarado raza inferior ya que fue esa situación de extrema dificultad lo que me impulsó a esforzarme todavía más.

 Su voz sonaba melodiosa y dulce entre los bellos muros del Paraninfo, pero tornaba en un trueno, firme y duro, al recordar su clandestinidad con nombre falso  durante la persecución nazi o a los predicadores de la eugenesia, a los que ella apodaba científicos raciales. Emocionó a la sala cuando se declaró discípula y seguidora de Santiago Ramón y Cajal, el español Nobel de Medicina en 1906; no había llegado a conocerlo pero en sus manifestaciones no ahorraba  la admiración que sentía por sus aportaciones a la ciencia: “Ha sido el gran neurólogo de todos los tiempos, no hay nadie comparable a él”. A buen seguro que el descubridor de los hilos telegráficos del pensamiento, como a él le gustaba definir  su aportación a la ciencia, hubiera aplaudido  a rabiar el discurso apasionado, lúcido y vital, de aquella frágil mujer.  Al escucharla pensé que nuestro mundo tenía que cambiar aún más. Pero dejemos a Rita Levi Montalcini, que descanse unos momentos. Volveremos con ella después.

Muchas de las organizaciones de España nacieron hace más de cien años en un ambiente insulso y estático. Se  remitían a la costumbre, al mayor logro con el menor esfuerzo, a unas líneas de funcionamiento que venían de más atrás, principal dificultad para que se produjeran cambios en sus modos de proceder. Nuestra menor presencia en el mundo, arrastrada desde hacía tiempo, la pérdida de las colonias y el escaso arraigo de la educación,  eran motivos suficientes para que en la formación universitaria y en la investigación científica la mujer no tuviera un  lugar privilegiado como en otras latitudes. “No quiero  doctores con faldas” (exclamaba un catedrático de medicina a una de sus primeras alumnas  mientras sostenía en una mano un cuaderno y en la otra una pluma en alto, como si amenazara). El acceso definitivo de la mujer a las titulaciones universitarias no se produciría en España hasta 1910, pero resultaba muy  difícil de extinguir la costumbre institucional de tratar a las mujeres como niños; cuando una mujer entraba en un aula universitaria en busca de su futuro sus compañeros solo veían en ella su  físico y su pasado. Vino un tiempo después,  bien entrado el siglo XX,  en el que nuestro país parecía querer moverse a mayor velocidad. Fue una etapa de leves avances políticos pero de retrocesos bruscos, una época que parecía ser capaz de poner en marcha un nuevo entorno social; el sufragio femenino y el derecho al voto (1931) fueron  algunos de los mayores logros de entonces para la evolución de la mujer. Al fin y al cabo, decían los más convencidos, ellas son el cincuenta por ciento de los habitantes de nuestra nación.

Y la cosa se animó. Pero un funesto día de 1936 el país despertó sumido en la violencia y la cruenta Guerra Civil detendría en seco de nuevo, a pesar de sus muchas heroínas, el crecimiento del papel social de la mujer que había empezado a germinar. La larga dictadura franquista, cuarenta enrevesados años, acarreó no pocas tribulaciones a un nuevo amasijo de ciudadanos aborregados ante un salvador caudillista que tomaba por ellos cuanta decisión afectaba a su vida diaria y a su capacidad de elección. Desaparecieron de inmediato las recientes conquistas sociales y volvió a ser lamentable la vida diaria de la mujer, tan dura como la de los hombres aunque con otro tipo de durezas. No podían abandonar el domicilio paterno hasta los veinticinco años, su mayoría de edad; el aborto estaba prohibido, penado con años de cárcel, lo mismo que la homosexualidad, y los tribunales de justicia consideraban  que la reproducción era el único fin aprobado para la relación sexual.  Los secretarios de los juzgados, en su diaria labor, consumían media hora leyendo los deberes que la ley imponía a la mujer y en  cinco minutos, apenas, leían los de los maridos. Derogados el divorcio y el matrimonio civil, el adulterio era un grave delito, pero solo para la mujer. Todo con tal de conservar las convenciones y privilegios de una sociedad elitista y claramente desigual.

Los españoles siempre fuimos grandes expertos en lo peyorativo y el insulto, por no hablar de la injuria o las frases de doble sentido. Para algunos era una costumbre, casi una tradición. Un asqueroso hábito que amenazaba cada día a las mujeres de antaño. Muchas de ellas, ingenuas, creían que con el razonamiento y el diálogo podían calmar al ofensor, pero la suma de experiencias  demostraba lo contrario, que el agresor se sentía facultado para insultar, calumniar e ir más lejos,  hasta el abuso, la paliza o el ataque mortal. La lógica imbécil de las leyes y la parte más necia de sus representantes daba sustento a clamorosas faltas de justicia y de moral. Escenas de costumbres todas ellas sobre las que en los años siguientes ha ido cayendo el telón. Aunque lo hace con lentitud, muy lentamente.

De repente, a partir de los años ochenta y sin salir del siglo XX,   se nos echó encima un entorno de múltiples cambios turbulentos, imprevistos y erráticos, de los que aceleran las soluciones pero dificultan el análisis y la digestión. La muerte del dictador iba a colocar al país no solo en el inicio de un cambio de época sino de una transformación de costumbres, ante una de las mudanzas sociales más grandes que haya vivido esta nación. Muchos fuimos  testigos del final de aquellos tiempos, la entrada en una nueva aurora que nos traía otros lenguajes. Lo que proponía aquel cambio atacaba a la estructura interior de no pocos conciudadanos. Unos recuperaban ilusiones, otros trataban de silenciar su mala conciencia. Llegaba la democracia y el progreso parecía imparable. Todos y cada uno llegaríamos más arriba, más lejos, más alto, el viejo mito social.Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, escribió una vez Eduardo Galeano; y de eso se trataba, de la búsqueda de nuevos valores  y de desechar la imagen de que todo hacía  aguas.  La sucesión de personajes débiles, egoístas e inmaduros, que nos había dirigido en los últimos años, desvelaba aún más la necesidad del progreso de la mujer. Porque vivir de otra manera  era una ardua tarea ante la inestabilidad de la nueva situación.

En los procesos de un cambio social tan vasto las personas tropezamos con todo tipo de dudas, ansiedades y temor. Todo el mundo parece querer (aceptar) el cambio, pero pocas veces es verdad. Todo lo contrario; nacen sutiles barreras levantadas por  las vivencias del pasado y por un sistema educativo, obsoleto y trasnochado, en el que solo se nos ha  acostumbrado a callar y acatar. Muchos volvían la vista atrás y aparecían conatos nuevos de cuarteamiento social, pero emergían también  otros estilos que alentaban  la necesidad de una conversión.  Las personas necesitamos pasar etapas  para adaptarnos y reajustar nuestra vida a la novedad; había, pues, que involucrar a los otros, facilitar su participación, preguntar más que responder, darnos ocasiones a nosotros mismos y dárselas a los demás.

Actuar así lleva tiempo, pero tiempo era lo que le faltaba a la mujer. Frente a las muy acostumbradas a vivir apegadas a un hombre que les prohibía sus sueños largamente almacenados,  aparecían muchachas jóvenes, aventureras, guerrilleras urbanas, ambiciosas e indomables, que buscaban llegar a su luna sin haber pasado aún por las pistas de despegue. Si no podían ganar en los despachos lo intentarían  en las calles.  La ambición conlleva impaciencia, las actitudes  sin freno una loca improvisación. Pero se gana más paso a paso y acumulando experiencias que ansiar cambios a las bravas, de la noche a la mañana.

A veces empuja más el ejemplo de una vida que la actitud rebelde, indomable y perentoria, de algunas feministas (Rita L. Montalcini).

Fue entonces cuando nació y progresó a toda prisa el perfil y el estilo de una nueva mujer que empezaba a darse cuenta de lo que no quería ser: trabajar fuera del hogar pasaría a ser algo central en su vida y  el matrimonio y los hijos no eran lo único importante en sus ansias de vivir. Fue así como el feminismo se convirtió en uno de los factores de cambio más incisivos y determinantes en aquel momento crucial. Si al comenzar el siglo XX era raro descubrir  planteamientos  feministas en mujeres que no pertenecieran a la minoría ilustrada,  si lo común era ver a la mujer sistemáticamente ignorada, nada iba a ser igual al empezar el XXI. El feminismo no lograría avanzar mucho si se detenía en el disfrute de lo ya alcanzado, así que debía alejarse de ocupar su tiempo en inventar nuevas tácticas que la diferenciaran del hombre. Tenía que caer en la cuenta de que había llegado el momento  del logro de la verdadera Igualdad;  como meta, sin tópicos ni prejuicios,  convivir de igual a igual.

Al ámbito femenino del género humano le había llegado el momento de asumir un papel protagonista en la gestión del planeta, algo que se le ha negado durante milenios (Rita L. Montalcini).

La vida de la mujer y el hombre de lo que llevamos del nuevo siglo camina hacia la Domesticación: el máximo rendimiento, las mejoras estadísticas, el tiempo pautado y la productividad,  la eficacia, la disciplina y el rasero de la igualdad. Los sanedrines políticos, cohortes, escoltas y séquitos, sean de hombres o  mujeres, tratan de conducirnos  a visiones de corto alcance, a horizontes cercanos, a construcciones que reeditan tiempos pasados. Con el paso a la vida adulta desarrollamos una especie de callo moral que llega a insensibilizarnos o nos incapacita para advertir el rumbo que llevamos o las consecuencias de nuestra conducta para la vida física o emocional propia o de los demás. Nos dejamos llevar por el ambiente general  y por los modelos sociales que nos venden las pantallas y los medios de comunicación.  Pero este siglo ha de cambiar. Ha de plantar sus cimientos en base a la igualdad de género, la justicia, el pensamiento, el refuerzo de las virtudes públicas y a nuestras señas personales de identidad. A una ética social. Asistimos, sin duda, al advenimiento de nuevas formas de vivir, a la llegada de una novedosa, moderna y elegante barbarie. La amenaza, sin embargo, es la corrosión del carácter que se aprecia en mucha gente: ya no se cree en casi nada o se ha tirado la toalla, reinan el papanatismo, los corruptos corrompedores y los que se dejan corromper, el apogeo de la indiferencia y el aprendizaje de la pasividad. Todo eso permanece ahí, delante de nuestras narices, pero ni las advertencias del escaso número de líderes morales, ni la aparición de conflictos, ni el gesto de desencanto que se adivina en el rostro de muchas personas, han bastado, bastan aún, para frenar la deriva de esa enfermedad. Estamos tan cerca del día a día que no hemos aprendido a prever y  parar a tiempo nuestra dolencia social. Y queda mucho por hacer.

Pero qué es la igualdad. A qué alude con ese término  el feminismo de batalla,  progresista de mentira la mayor parte de las veces. Qué pretende solucionar la mujer con decisiones similares a las de cierto tipo de hombres anclados aún en la falocracia. El machismo es injusticia, avergüenza a muchos hombres y encorajina a la mujer; es un enemigo común, de la paz, del respeto, de la sensibilidad. Si el comportamiento y los actos de cada uno, hombre o mujer, dan o  quitan la vida a los demás, la voz de la igualdad desde la  perspectiva masculina ha progresado en cierta forma, pero aún tiene por delante un largo camino que recorrer.

La Premio Nobel italiana que nos acompaña en este escrito sabía muy bien que las ideologías se parecen a los dogmas, sirven como señuelos y a menudo logran más fuerza que la ética, el sentido común y el pensamiento. ¿Y qué aprecia más usted, sus derechos o sus deberes?…yo soy ya mayor, así que elijo los deberes…pero entiendo a las chicas que prefieren sus derechos……¿Se inician en lo de la igualdad?… no caballero, las mujeres solo estamos desiniciándonos de la desigualdad …

Y en otra ocasión añadió una sentencia solemne: El futuro del planeta depende de la posibilidad de dar a todas las mujeres el acceso a la instrucción y al liderazgo.

La ideología suele entroncar con la herencia genética y con el mundo emocional; el pensamiento lo hace con la lógica y la razón. El cerebro del hombre es igual al de la mujer; el cerebro de la mujer es igual al del hombre. Cerebros iguales con distintas sensibilidades. Sensibilidad es esa condición de la persona que le permite comprender el estado de ánimo de los demás, admitir sus valores y defectos, y entender cabalmente la naturaleza de las situaciones, los ambientes, las circunstancias que percibe y observa a su alrededor. La sensibilidad a que aludo suele ser un sello de toda mujer y un defecto de fábrica de la mayor parte de los hombres.  La sociedad de nuestro tiempo necesita que la mujer la ejercite sin temor y que el hombre la descubra y la desarrolle en su estructura emocional.

Sin embargo la Humanidad vive hoy día en un entorno en el que cobran un profundo sentido realista las palabras Solidaridad, Sostenibilidad, Derechos Sociales, Libertad Individual… Los entornos locales se han convertido hace tiempo en ámbitos nacionales y todo hace presagiar que nos dirigimos hacia la Globalización. La única manera de sobrevivir en el futuro será, probablemente, un entorno en el que el ejercicio de los derechos y obligaciones de todos los ciudadanos sea el principal motor de la sociedad.   No hay una obviedad mayor para elevar el rango del papel social de la mujer. Con aciertos y errores el feminismo ha avanzado hasta un alto nivel y cada vez son más los países en los que su sistema educativo, la sensibilidad ciudadana y la ambición de la mujer, han situado a alguna de ellas en puestos de relevancia social o de representación nacional e internacional. Eso es incontestable. Hoy día las mujeres ganan y los hombres también. Gran parte de la Humanidad está hoy día más preparada que nunca para abordar una nueva utopía, la de una Ética Universal.

Las fortalezas necesarias para el avance constante de ese feminismo activo han de ser la unidad y la complicidad de las mujeres y los hombres, creer en sí mismas como agentes necesarios para la vida actual, superar las decepciones y acceder al mayor nivel posible de humanitarismo  y educación. Pedagogos, sociólogos  y pensadores  resaltan las deficiencias de muchos de los actuales sistemas educativos: porque no enseñan a pensar o reflexionar sobre las cosas sino simplemente a acatar. La humanidad ha pasado de esperar la obsolescencia de las cosas a vivir en un mundo líquido, de valores de usar y tirar, de continuas  inestabilidades en las que nada dura lo suficiente, una manera poco práctica de darle sentido a nuestra existencia.   Es fundamental- declaraba también la Montalcini– adoptar un nuevo modelo educativo desde las primeras etapas de la vida. Su significado es excepcional, pues impone un cambio revolucionario en las relaciones entre las viejas y las nuevas generaciones.

La igualdad solo existirá cuando mujeres y hombres a la par encaren juntos el futuro. Es un cambio histórico el que entre todos hemos de erigir en este siglo XXI.  Aún queda mucho por hacer. Consiste en saber darnos tiempo, tener paciencia, tolerar el fracaso, adaptarnos a los cambios y reparar en lo posible lo que se hizo mal. Parece una buena vía para mantener la esperanza en el porvenir.

Tras muchos años de fatigas en común en el laboratorio, el Dr. Stanley Cohen afirmó en una ocasión ante Rita L. Montalcini, su compañera de trabajo (Premios Nobel ambos, 1986): You and I are good, but together we are wonderful(*). No creo posible hallar una mejor definición de lo que muchos entendemos como el Feminismo de Cooperación. Se cuenta que la complicidad entre ambos era tan verdadera y franca que así lograron aislar tras muchos años de esfuerzos el llamado Factor de Crecimiento Nervioso. El tratamiento actual de muchos de los tumores sería inviable sin los descubrimientos de ambos sobre el comportamiento del sistema nervioso.

El vertiginoso ascenso actual del papel de la mujer es un relato memorable, cargado de matices y colores, aunque también de algunas extravagantes decisiones. Pero no nos debiera confundir. El enemigo de ese feminismo basado en la cooperación e igualdad de mujeres y hombres es usar ese concepto solo para ganar poder o situarse en los más altos niveles de la vida social.

Es así como llegamos al final de este memorando, señora Presidenta, de la mano de la doctora Montalcini, quien, desde su  autobiografía,  desea dejarnos un último mensaje a modo de despedida:

Un hombre daba paso a una mujer, una mujer a un hombre, muchas otras personas, hombres y mujeres, dándose paso unos a otros en el avance colectivo de la ciencia para el bienestar de la humanidad.

                                                _____________________

(Notas al margen: las frases reproducidas en letra cursiva en este memorando están tomadas literalmente de fuentes fidedignas. (*) – Traducción de una frase: Tu y yo somos buenos, pero juntos somos maravillosos).

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