ARTÍCULO: A propósito de África, Tanzania. (Parte 2ª)

Una inmensa llanura de 20 kilómetros de diámetro y 8.300 kilómetros cuadrados de superficie es lo que queda hoy día del cráter de un antiquísimo volcán plenamente apagado y en la que se extiende un mar de jugosos pastos y abundante agua en charcos y pequeños lagos. El lago Magadi, el más grande en dimensiones, atrae a sus aguas saladas a miles de flamencos y todo tipo de aves. El cráter de Ngorongoro, una de las mayores calderas del mundo, se halla rodeado en sus laderas montañosas por una intrincada selva de verde vegetación. La fauna que se concentra en ese paraíso comprende una representación casi completa de la que puede contemplarse en el resto de África. Gacelas, antílopes (kuru), impalas, jabalí verrugoso(ngiri), alcéfalos(kongoni), elands(pofu), jirafas, cebras, babuinos, hienas, elefantes(tembo), hipopótamos(kiboko), rinoceronte blanco(faru), grandes manadas de búfalos, leones(simba), avestruces(mbuni), el pájaro secretario, grullas coronadas(korongo), garzas(heroe)…Y los omnipresentes ñues. El búfalo, único bóvido del continente africano, con su brillante piel negra y sus cuernos bien afilados, es, junto al león, el elefante, el hipopótamo y el leopardo(chui)uno de los cinco grandes, algo que todo viajero al Africa centro-meridional no quiere dejar de ver en su hábitat natural . Ngorongoro significa cencerro en swahili y son más de 40.000 los maasai que viven alrededor en pequeñas aldeas desde las que bajan con sus rebaños hasta el cráter. Se les permite que lo utilicen como pasto para su ganado pero no que se asienten en su interior; que la principal riqueza del Ngorongoro, al fin y al cabo, son los miles de turistas que año tras año hollan con sus pisadas el cráter del antiguo volcán.
Cuando el viajero abandona ese lugar se encamina en un largo trayecto hasta el otro gran parque tanzano de la fauna africana; deja atrás las pequeñas aldeas maasai de chozas de bosta y barro, diseminadas por los valles y sus ocasionales campos de maíz. Las montañas del Ngorongoro bloquean las lluvias por un lado y caen de nuevo con frecuencia a cientos de kilómetros de allí, en las cercanías del lago Victoria. En medio de ambos parajes se extiende la vasta e impresionante llanura del Serengueti. Se pasa junto a un debo, aislado en la llanura, que le ha dado sombra al viajero contra el sol que aprieta mientras trasiega con buen apetito un corto refrigerio acompañado de unos botellines de agua y zumo que le calmarán la sed. A lo lejos, en la línea del horizonte, divisa una interminable línea oscura, tan larga que parece estar inmóvil, tan ondulada a ratos que permite suponer que es la última parte del regreso migratorio de los miles de ñues que vuelven a su tierra tras haber pasado el verano a varios cientos de kilómetros de allí. Un fenómeno natural, el de la emigración del Serengueti a las húmedas tierras de Kenia que se repite todos los años y que, al decir de muchos,es una de las mayores maravillas de la naturaleza que le es dado al hombre admirar. La llanura del Serengueti está seca en esta época del año, aún faltan dos meses para las grandes lluvias, solo pequeñas islas de hierba permiten ver en ocasiones algún grupo de hienas manchadas (el mayor depredador de África), chacales(bweha), cebras o mangostas. Unas horas más tarde se llega a la zona sur del Serengueti, frente al lago Masek, bajo también de aguas en esas fechas.
Las mañanas son templadas, el mediodía y las tardes calurosas, las noches serenas bajo una ligera brisa. Son los últimos días del mes de diciembre y al viajero le es concedido disfrutar el mágico momento del cambio de año mientras brinda con algún licor local con los lugareños y algún otro compañero de aventura. Tendido en una hamaca bajo el cielo estrellado contempla el planisferio celeste, escucha los ruidos del bosque, el batir de las ramas de las altas acacias al ritmo de las brisas, observa la luz de la luna sobre la superficie del lago y siente el corazón embargado por una emoción callada y profunda, inspiradora y serena.
Tres son las cosas que pueden contemplarse por millones en Tanzania: los ñues, las acacias y las nubes del cielo de todo tipo y color; las tres connotan el pasaje, entretienen la vista y animan al visitante a fijar su atención en las múltiples escenas de que ocurren a su alrededor. El agua, entretanto, es el gran imaginario de Tanzania. La alternancia sequedad-humedad condiciona la vida de sus múltiples especies animales, del paisaje vegetal y, desde luego de la gente. Pero opino que el visitante, el turista, el aficionado a la naturaleza o el viajero ocasional, no deben de conformarse con la contemplación de tan fastuosa naturaleza. Hay costumbres, gentes, un pueblo maravilloso por su simpatía y educación, experiencias inolvidables que la curiosidad viajera no debería dejar pasar. Expondré solamente dos de entre las que tuve la oportunidad de conocer.
Acudir a la celebración de una Misa católica, un domingo en la mañana, en la iglesia cristiana de cualquier pueblo tanzano, es una hermosa experiencia que animo a no perder. Un templo repleto de fieles de todo sexo y edad, vigilantes en las puertas para que no entre nadie sin el decoro debido, un altar colorido y sencillo con una cruz en el centro por toda ornamentación, un belén en un lateral (es navidad), un coro de jóvenes de ambos sexos al otro, ventiladores en el techo y todo ello abrazado por unos cánticos religiosos, suavizados, serenos, en los que los asistentes participan en diálogo con el coro y con la mayor devoción, un conjunto de voces y ritmos africanos que salen prodigiosos de los cientos de gargantas congregadas en el templo. Quienes hayan tenido la oportunidad de asistir en América a una misa con cantos espirituales negros lograrán comprender bastante bien lo que trato de explicar. Suaves y ricas armonías dentro de su sencillez, a ratos lentas, como un mar en calma, a veces fuertes y sonoras, como una caída de agua que explota contra el pedregal. Escuchar esos cantos evocará en el viajero el color y belleza de los campos, la sabana y las colinas por los que acaba de pasar. Los pasajes bíblicos a los que aluden los cantos se emparejan admirablemente con aquellos paisajes naturales en todo su esplendor.
La segunda experiencia es aún más alentadora. En el Valle de M´angola, Chini, en Barasani, una fundación religiosa de los misioneros espiritanos lleva más de treinta años atendiendo las necesidades religiosas, sanitarias y educativas de los habitantes de 9 pueblos, 16.000 habitantes. Patrocinada con enorme discreción por los elevados fondos de una familia perteneciente a la oligarquía económica española, sus actuales regidores, los padres Pepe y Miguel, españoles también ambos, dirigen una fundación que dispone en la actualidad de una escuela de Primaria ,cerca de 500 niños, talleres para la enseñanza de diversos oficios, una Escuela Secundaria con varios cientos de jóvenes y enseñanza en inglés, una guardería propia, una iglesia grande que se les está quedando pequeña y otra en construcción. Y luego está el hospital: atención médica ambulatoria, clínica para operaciones sencillas y tratamiento de los frecuentes accidentes, seguimiento, paritorio, quirófano, rayos X, laboratorio, servicio otorrino, oculista, prenatal, natal y postnatal, atención a los enfermos de sida y de malaria. Para ciertas afecciones reciben apoyo y ayuda periódicos de profesionales médicos y de enfermería europeos, la mayoría españoles, que se desplazan durante varios días al año para operar gratuitamente. Y todo ello aparece y crece allí, en medio de la nada y de la menesterosidad, con una entrega absoluta tanto al cuidado de las almas como al más cercano y diario de los males del cuerpo, de los escasos medios de vida y de la enfermedad. Cuando sales de allí en silencio, sobrecogido aún por lo que acabas de ver, reconcilias tu pesimismo por la evolución de nuestro planeta ante tan grandes ejemplos de solidaridad, de entrega al servicio de los demás, y se fortalece tu creencia en que hay otros modos más creativos y sinceros de organizar el mundo , más humanos y divinos, más ejemplares y éticos, más prácticos y solucionadores de verdad.
Si como dice R. Barthes la fotografía nos trae al vivo presente el temblor y la sensibilidad de lo que a diario no está delante de nosotros, al viajero le basta guardar en su cámara, pero especialmente en la retina y en su memoria, las escenas recogidas en su recorrido tanzano para reivindicar un estilo más rico a la hora de viajar, el de un viaje experiencial que aumente tanto su sorpresa ante las maravillas de nuestro planeta como su fe y su creencia en que son posibles otro modos de vivir, en que la verdadera sabiduría del hombre consiste en conocer mejor nuestro mundo y aprender a quererlo tal y como es. Así se despide uno de Tanzania, con el corazón y el alma llenos a rebosar de alegría y agradecimiento.
Kaheri Tanzania, assante sana. (Adiós, muchas gracias).

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ARTÍCULO: A propósito de África, Tanzania. ( Parte 1ª)

Tanzania es un gran territorio que comparte frontera con Kenia, Ruanda, Uganda, Burundi, Congo, Zambia, Malawi y Mozambique. La sabana, la montaña, antiguos restos volcánicos, selva, lagos, ríos y el mar, tejen la madeja de sus increíbles paisajes. La actual República de Tanzania cobró forma en 1964, cuando se fusionaron la Tanganika continental y el territorio de Zanzibar con su corte de islas menores. El principal artífice de su independencia fue el líder socialista Julius Nyerere. Una República socialista, con régimen presidencial, Parlamento, elecciones cada cinco años y capital en Dodoma. Una situación política no muy común en África: de los 54 jefes de estado que se sientan en las reuniones de la Organización de Estados Africanos solo Namibia, Malawi, Mozambique, Níger, Cabo Verde, Ghana y Senegal disfrutan de un cierto nivel de democracia; el resto del continente está sometido a variadas fórmulas dictatoriales de gobierno.
En Tanzania viven 45 millones de habitantes. La ciudad más extensa del país es Dar es Salam, en territorio insular. Otros datos significativos son sus 127 idiomas, aunque los generales sean el swahili y el inglés, una esperanza de vida de 80 años, moneda propia, el chelín tanzano, un 40% de cristianos, 35% de musulmanes suníes, y otros credos minoritarios. La mayor parte de los 120 grupos tribales son de origen bantú; los más conocidos y numerosos son los maasai, los hazdabes bosquimanos, los datoga y los sukuma.
La región más visitada de Tanzania, por mor de sus excelentes safaris, es la zona norte que comprende los parques denominados West Kilimanjaro, Tarangire, Manyara, Ngorongoro y Serengueti. Paisajes así no se encuentran todos los días, una naturaleza agreste y, a veces, peligrosa. Los safaris, si bien organizados, provocan en el viajero un estado de curiosidad, de inquietud y pensamiento que conecta con el afán de aventura que muchas personas llevan dentro.
West Kilimanjaro es un parque y reserva de animales en la extensa región de Synia que recibe su nombre por su situación geográfica, a los pies del gigante de África, el monte Kilimanjaro. Tierra árida y de vegetación escasa, salvo el salteado de acacias, inforbias candelabro, sisal salvaje y cactus trocari. Aquí y allá aparecen pequeños grupos de jirafas( twiga), impalas, monos babuinos( nyani) y caranegra(tumbili), buitres(tai), águilas (mwueve) y gallinas pintadas de Guinea(kanga). De vez en cuando se atisba algún pequeño dik-dik, el antílope más pequeño del mundo. Y como en toda Tanzania, cientos y cientos de los omnipresentes ñús. Algún maasai camina por las sendas polvorientas; su colorida vestimenta, telas de cuadros rojos y azules o verdes que envuelven su cuerpo, las sandalias de caucho que confeccionan a partir de viejos neumáticos, dan paso a un carácter afable, una sonrisa esplendorosa y un saludo abierto y confiado.
Los maasai forman una sociedad descentralizada y patriarcal. El bienestar del ganado determina el paso de los días. Una algarabía de niños, alegres, simpáticos, cercanos y adorables, rodea por doquier al viajero ocasional. Permanecen con sus madres y con el jefe de la colonia, autoridad única y omnipotente, con sus diez o doce mujeres y varias decenas de hijos. Un poblado maasai alberga sesenta o más pobladores así que, muy probablemente, el círculo de ramas, cañas y espinos entrecruzados engloba todo su mundo. A eso de la media tarde comienzan a llegar los rebaños de cabras y un pequeño hato de vacas, base de su alimentación, conducidos por los hombres jóvenes, los guerreros de antaño convertidos ahora en pacíficos pastores. El papel de las mujeres es servil, la poligamia habitual, se casan muy jovencitas y suelen enviudar pronto sin muchas posibilidades de volverse a casar. Cada grupo de edad de los que habitan en el poblado tiene su propia forma de vestirse y de arreglarse el pelo. Celebran ceremonias de circuncisión y de ablación. La ceremonia de la circuncisión cambia la vida de los hombres; vestidos de negro durante un largo tiempo, se pintan el rostro de negro con líneas blancas horizontales y un tiempo después alcanzan el estatus de guerreros. Una cabaña maasai, cinco por tres metros, no más, cocina, y una sola cama de uso comunal sobre una piel de vaca. Cambian la techumbre de la boma con ramas frescas cada siete años y dada la escasez de agua, especialmente en la estación seca, buscan los pozos lejos del poblado y van a buscarla a diario. ¿Por qué?, se pregunta el viajero, para que al reclamo del agua no aparezca más gente y aumente el número de habitantes del poblado.
Si se prosigue viaje desde las tierras del Kilimanjaro para continuar descubriendo los territorios tanzanos, se bordea la ciudad de Arusha, con sus cientos de personas deambulando por las cercanías, sus mercados al aire libre y su circulación caótica en la que abundan las camionetas, las bicicletas y motos de varias cilindradas, viejas, sucias y reformadas la mayoría de ellas. Un par de horas después se llega al Río del Jabalí, significado en tanzano del Parque Tarangire. El calor es pegajoso, la humedad escasa, el viento inexistente, y alrededor van apareciendo enormes termiteros de más de dos metros de altura y centenares de baobabs, gigantes, con brazos como raíces. Junto al esbelto y robusto tronco perfectamente construido de algunos ejemplares, se aprecian otros tortuosos, como espectros dolientes, tan desnudos de hojas como deformados por las rugosidades; una espléndida visión la de los dedos crispados de sus ramas, retocadas cual inverosímiles garras que trataran de aprisionar el aire. Después van desfilando la gacelas de Grant y de Thompson( swala), tan gráciles y esbeltas, decenas de monos bulliciosos, gesticulantes y agresivos, manadas de búfalos(mbogo), cebras(pundamilia), milanos(dove), cigüeñas, carracas lila, jirafas, impalas, dik-dik y los omnipresentes acacias y ñus.
Manyara y Eyasy, parque natural el primero, lago de grandes dimensiones el segundo, son dos nuevas atracciones, dos paisajes diferentes, verde y selvático el primero, como si fuera un resto de la selva tropical que vestía esas tierras hace millones de años, seco y desértico el segundo durante el resto del año. Con sus setenta kilómetros de largo y una anchura de veinte, lo que en la estación seca es un paraje árido se convierte tras las lluvias en una especie de mar pequeño con diferentes especies marinas que va desde las faldas del cráter Ngorongoro hasta la meseta del Serengueti.
En las cercanías del lago Eyasy y en la seca aridez de la falda de la montaña habita un pequeño grupo de hazdabes, algunos de los escasos bosquimanos que quedan hoy día de los cientos de miles que se movían por esas tierras desde hace varios siglos. El gobierno cuida de que puedan mantener su existencia, fieles a sus ancestrales costumbres, a cambio de que no traspasen en grupo los límites territoriales acordados. Son una decena de varones, todos ellos jóvenes, tres mujeres y varios niños, vestidas ellas con pieles de babuino, ellos de impala, adornados todos ellos con colgantes de conchas y abalorios, que viven al aire libre y en pequeños chamizos fabricados con unas cuantas ramas. De las ramas de los árboles que les rodean cuelgan piezas de carne de los animales recién cazados, cráneos de otros ya consumidos, pieles con las que se visten al estilo Tarzán, collares de piedras y otros exvotos. Cuando no están cazando la comida del día, permanecen en grupo, sentados en cuclillas alrededor de un fuego, fumando hierbas malolientes que humean en las cazoletas de sus pipas y los mantienen despiertos. Entre ellos hablan en cortas frases, con un sonido gutural que suena como un click-click mediado por una extraña posición de la lengua dentro de la boca. Su extraño lenguaje está considerado uno de los idiomas más antiguos del mundo. Con poco bosque para la caza y separados kilómetros de los manantiales de agua, viven en la precariedad comiendo raíces, tubérculos y la carne de cualquier animal excepto los buitres y las hienas (fisi), animales carroñeros que comen la carne de los muertos de la tribu que ellos abandonan a la intemperie. Son delgados y fibrosos, no demasiado altos, con el pelo de un rubio marrón con aspecto de sucio, piel oscura sin llegar al negro y extraordinariamente rápidos cuando se mueven por el monte sobre sus pies descalzos.
Salir de caza con ellos, a prudente distancia, le permite al viajero admirar su rapidez, su vista privilegiada, su puntería con el arco y las flechas que ellos mismos fabrican (excepto las puntas de hierro de las flechas que adquieren mediante trueque con alguna tribu datoga cercana, expertos en trabajar los metales), su facilidad para crear el fuego y su generosidad para ceder al visitante un trozo de la carne recién asada. Compartir con ellos unas horas te retrotrae a los tiempos pretéritos del origen de la humanidad.
Hace más de tres millones de años un pequeño grupo de homínidos atravesó la llanura de Laetoli, cerca de la garganta de Olduvai, y las huellas de sus plantas quedaron impresas en las cenizas volcánicas que pisaban. Miles de años pasaron y esas mismas tierras fueron testigos de las andanzas del homo habilis, el homo erectus y el homo ergaster, nuestro claro antepasado, hasta llegar al homo sapìens. Luego cruzaron el valle y las montañas del Rift y se dispersaron aquí y allá. Qué puede haber de extraño en que en medio de aquel paisaje árido y despoblado, a la vista de aquellos pequeños hombres, muestra de los mil individuos de su género que aún viven, cazadores y recolectores, que no tienen ganado ni trabajan la tierra, que no tienen sentido de la posesión ni espíritu previsor, el viajero admita a pies juntillas que las personas que le rodean en esos instantes son lo más parecido a nuestros ancestros milenarios.
Los datoga, a su lado, forman una tribu sedentaria similar a los maasai contra los que perdieron la guerra hace varias decenas de años. Sentados en la llanura, entre Eyasy y Karatu, sus antepasados llegaron a Tanzania en el siglo XVI procedentes de Etiopía. Su vida gira en torno al ganado y su afición a la música, una continua sucesión de acordes percusivos en la que las mujeres golpean con sus brazaletes mientras los hombres extraen sonidos prodigiosos de sus gargantas. Hoy en día viven unos 20.000 individuos, algunos en bomas, como los maasai, y otros ya integrados en los pueblos y mezclados con el resto de la población. En su modo de vivir sorprende su dominio de rudimentarios crisoles, mazas de hierro, fuego y dos grandes fuelles cosidos con pieles de vaca. Fabrican puntas de flecha, brazaletes, clavos, anillas de hierro y otros utensilios de uso casero. Los niños viven a caballo de dos modelos de vida: van a la escuela como los demás niños pero viven en sus cabañas de adobe y ramas al estilo antiguo. (CONTINUARÁ).

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ARTÍCULO: La edición y la editorial

Muchas personas aprecian el aspecto físico de los libros. Observan cómo están editados y ello les anima a ojear el interior. Editar es vestir lo etéreo, envolver héroes o villanos, éxitos o fracasos, almas o sombras. Editar libros es prestarle una cara y un cuerpo a algo que no lo tenía, todo ello sin olvidar lo evidente, que un buen libro mal editado sigue siendo un buen libro, mientras que un mal libro bien editado es solo un conjunto de papeles encuadernados con escasa vida por delante. Hay lectores, incluso, que revisan y contemplan el libro como si de un estudio frenológico o fisiognómico se tratara, aunque en las ediciones de hoy día nos equivocamos a menudo, cuando el libro parece una cosa y su contenido, para bien o para mal, tiene otro nivel, es otra cosa.
Hacer libros hermosos no es difícil cuando se está atento a la evolución de los gustos, cuando se estudian detenidamente los miles de libros, folletos, anuncios, películas incluso, que se publican en el mundo anualmente. El ciclo editorial consta de tres fases, la creación de la idea, la práctica de la pre-impresión y la productiva de la impresión final. Dejando a un lado la primera fase por referirse a otras materias, son las otras dos las que afectan especialmente al aspecto general del libro; las ilustraciones, la definición de la hoja de estilo en la segunda y la tarea de las artes gráficas y definición del tipo de libro, bolsillo, lujo, económica, especial, en la fase de impresión. Es en esas segunda y tercera etapa cuando los equipos editoriales usan vocablos tales como cubierta, lomo, solapa, contracubierta, título, resumen, contado de páginas, pliegos, compra de papel y así varias más.
En la época romana el impresor y el librero eran la misma persona. Los códices medievales, unos siglos después, se producían con pieles de animales, amarillentas y tiesas, y pergaminos de pellejos curtidos de ternera. Los libros en esas épocas eran un bien escaso al que accedían nobles, ricos, potentados, curas, frailes o monjes, y también personajes doctos e ilustrados. Pero no es realmente hasta la llegada de la imprenta cuando comienza la era de la publicación de libros en grandes tiradas. Muchos de los libros que aún pueden encontrarse hoy día en bibliotecas centenarias o en las librerías de viejo, proceden de aquellas ediciones que se hacían en España hace cien o doscientos años.
Bien sea por la falta de tradición, bien por una exigencia escasa por parte de los lectores, bien por falta de gusto del sector profesional, editar en España ha sido históricamente, con honrosas excepciones, una tarea poco cuidada hasta que algunos pocos editores empezaron a ocuparse de este tipo de cuestiones copiando diseños, técnicas y modas que se producían en otros países. Bien sea por la falta de tradición, bien por una exigencia escasa por parte de los lectores, bien por falta de gusto del sector profesional, editar en España ha sido históricamente, con honrosas excepciones, una tarea poco cuidada hasta que algunos pocos editores empezaron a ocuparse de este tipo de cuestiones copiando diseños, técnicas y modas que se producían en otros países. Así es como en el siglo XIX comienza la mejor parte de la historia de la edición, impresión y encuadernación en nuestro país. Como ejemplo encontramos a Antonio Bergés de las Casas(1801-1879), editor, librero e impresor ó a Manuel Rivadeneyra (1805-1872), con su Biblioteca de Autores Españoles o los contratos de impresos para el Ferrocarril de Madrid, de Zaragoza y de Alicante. El siglo XIX es, además, una época de grandes cambios en el sector editorial: la industrialización y mecanización, la fabricación de papel continuo (Burgos, 1841), la estereotipia, la litografía, el fotograbado, rotativas y plancha, el cambio de las antiguas prensas de madera por las de hierro o la utilización de tintas de colores. Es también el tiempo en que, de la mano de famosos ilustradores como Madrazo, Parcerisa o Perez Villamil, aparecen en los libros las portadas decoradas.
Lo que distingue un libro viejo de uno actual es la aparición del brillo. El mayor o menor brillo de los libros marca el concepto de cualquier biblioteca que se precie. El rutilante brillo y los colorines no significan siempre dignidad y altura en el contenido de los libros, excepto en los libros de poesía, mejor editados siempre que la prosa, porque los poetas editan con su propio patrimonio o ponen, al menos, un interés artístico especial en ellos. Los poetas de la generación del 27, algunos de los cuales, como Altolaguirre y Prados por ejemplo, eran también tipógrafos, copiaban las ediciones de los libros de Cocteau o de Breton, más cercanos al cubismo y el art decó. Hasta 1940, más o menos, la mayoría de los editores tenían su propia imprenta, pero en los años sesenta y setenta del siglo pasado el sector editorial cayó en una crisis profunda tras abandonar la fase de producción e imprenta, lo que les venía dejando más dinero hasta entonces. Era la época de editoriales como Emporium, de José Janés, de Espasa, Aguilar o la Editora Nacional, para sus ediciones de carácter público.
Desde el final de la guerra civil y hasta los años 60 el panorama editorial era desolador: la escasez de papel, las restricciones eléctricas, el exilio de muchos escritores y la censura oficial (hasta 1976) provocaron un retroceso en la decidida marcha que había seguido el sector en los primeros cuarenta años del siglo. En 1913 había 1443 editoriales en España, en la década de los años 20 existían 276 y en los primeros años 30 había más de 100 solo en Madrid. Desde los años 70 hasta hoy hallamos dos hechos relevantes, la concentración de empresas en grandes grupos editoriales de capital español o internacional y la aparición en 1984 del ordenador personal de Apple Mackintosh que ha supuesto una renovación en la fiebre por el uso y conocimiento de la tipografía y de otros mecanismos típicos de la edición.
A partir de ese hecho, a medida que ha avanzado el progresivo desplazamiento de la mecánica por la electrónica, tres son las nuevas tendencias que han marcado, marcan aún, la edición: la mecanización, sustituyendo mano de obra por máquinas que abaratan costes, el aumento del número de ediciones y de tiradas y, por último, las nuevas formas de comercialización buscando una mayor penetración social. Existe además , por último, diferencias entre unas pocas grandes empresas editoras que copan casi todo el mapa y una pléyade de pequeños editores que malviven con un recetario simplón y nada imaginativo: como se venden pocos libros de un mismo título se hacen tiradas cortas hasta cubrir gastos para seguir perviviendo; se contratan autores experimentados, o famosillos con nombre, que garantizan un mínimo de ventas o se participa en premios literarios que se anuncian abiertos cuando, es publico y notorio, están dados de antemano la mayoría de ellos; se realizan tiradas cortas para cubrir los actos de presentación en cafeterías o centros cívicos en los que se puede subir el precio de cada unidad vendida porque compran todos los asistentes,familiares y amigos del autor. Hay pequeños editores, incluso, con escasa estructura y mínimos recursos, que se aprovechan del escritor novato, le obligan a participar en los gastos, se olvidan de abonar sus derechos o pagan con los libros devueltos por comerciantes y libreros. El negocio editorial malvive, el editor salva y cubre su pequeño presupuesto pero desaparece el riesgo y los jóvenes talentos, engañados o estafados, abandonan sus sueños o le prestan su arte al personaje popular que no sabe escribir pero puede alquilar un “negro”.
El ordenador, además, ha traído también la revolución digital y el nacimiento del concepto de Autoedición. Y es este último aspecto, el de la autoedición y sus derivados, lo que puede llegar a revolucionar el tradicional papel del editor y de la firma editorial. Y ello por cuatro razones: porque la tendencia es acabar por prescindir de las figuras del editor y del distribuidor, porque se abaratan costes, porque no hay limitaciones para la publicación y porque se potencia el uso de un nuevo soporte, internet.
Como aparecía recientemente en El Confidencial: “la cuestión de fondo es otra, lo que está desapareciendo no es el libro, sino una clase concreta de obras, aquellas que exponen las ideas más adelantadas, las más complejas, las menos ortodoxas, las menos complacientes, las más críticas; las que no encajan en los criterios del marketing o de los pequeños nichos van a parar al limbo……un cambio de modelo en cuanto a contenidos.” Una pena en lo que respecta a la cultura de un país, una pérdida de imaginación.

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ARTÍCULO: Librerías y libreros.

Hay gente que se pregunta si el olor a mar ayudaría a vender libros náuticos, o si el aroma de las flores lograría el mismo efecto con los de jardinería. El poder del olfato, piensan, puede llegar a ser tan complementario con la venta de libros como su aspecto visual. Algo parecido, quizá, a lo que se logra en las tiendas con el sonido de la música o con el olor a pan recién horneado en algún rincón de los grandes establecimientos. El olor se cuela, inunda el aire y se impone. El olor es, hoy en día, una herramienta de marketing; cada uno de los sentidos se utiliza, con mayor o menor éxito, para aumentar las ventas. El olor de los libros en las estanterías es como el olor de una marca, un olor apreciado y lleno de significados.
El ISBN tiene catalogados más de un millón doscientos mil títulos. Con 9.000 puntos de venta las librerías son el principal canal de venta de los libros. De ese hecho parte la relación estrecha que las editoriales han tratado de mantener siempre con ellas. El descenso en el alcance de las tiradas de libros (2000 a 3000 ejemplares como mucho) por parte de estas, los plazos de devolución cada vez más cortos que las librerías ejecutan y los bajos índices de lectura registrados en España ( el 60% según los últimos datos, bien lejos de la media europea de un 70%), provoca que la venta de libros en las librerías dependa cada vez más de la promoción que cada editorial realice de sus títulos. Si no se consigue que la gente se entere del lanzamiento de un nuevo libro es imposible, dicen, que se venda. Ello pone en aprietos al librero, a pesar de que los grandes grupos editoriales le dejen un margen de beneficio que puede llegar a alcanzar hasta el 50%.
Según la Asociación Española de Gremios y Libreros en el año 2014 abrieron en España 226 librerías, pero cerraron casi mil. Desaparecen las librerías más clásicas y entre las que abren abundan las dedicadas a otros tipos de actividades extras que utilizan como reclamo de su oferta principal. Todo sea por la causa de recuperar la venta, la cultura y al lector.
La aparición en siglo I d.C. de la palabra bibliopola al lado de la de librarius remite desde entonces a una nueva tipología en las funciones del librero, la de ese especialista al que no le basta con vender al cliente sino que sabe de libros, informa, asesora y recomienda. El primer librero y editor de quien nos han llegado noticias fue el romano Atticus, un hombre refinado y muy culto, extremadamente rico, bibliófilo apasionado, coleccionista de arte y formador de lectores y copistas. El mismo Séneca escribió: De verdad que lo que estás consiguiendo es lo contrario de lo que quieres. Tú crees que por comprar compulsivamente libros vas a parecer una persona con cultura, pero el asunto se te escapa de las manos y, en cierto modo, se convierte en una prueba de tu incultura. Es más, ni siquiera compras los mejores, sino que confías en cualquiera que se ponga a elogiarlos y eres un chollo para quienes mienten sobre tales libros y un tesoro a punto para quienes comercian con ellos. (“Sobre la serenidad”).
Ser librero significa ser requerido y buscado por sus conocimientos y su autoridad, un prodigio de memoria, un experto tan modesto que acepta no ser el protagonista del negocio sino los libros que descansan en las mesas frente a la suya o en los anaqueles por detrás. Al buen librero le gusta convivir con los libros, estudiarlos, ficharlos, repasar su resumen y ubicarlos en el orden lógico y en el lugar idóneo para su localización. El buen librero sufre con la desaparición de sus clientes, porque cambian de entorno, porque mueren o porque no son reemplazados por el necesario relevo generacional. El sueño del buen librero, por tanto, es saberse sucedido, encontrar en sus descendientes a quien quiera continuar su labor. Pero el mayor miedo del buen librero es que la gente deje de leer libros en papel, que su tarea llegue a reducirse al mecánico suministro de una dirección o una clave para acceder electrónicamente a lo que antes fue cultura envuelta en el maravilloso olor del papel.
Un libro no es solo un objeto de lectura sino un medio para viajar a la imaginación o para recuperar los hechos del pasado; es como una agencia de viajes emocionales al pasado, al futuro, a la historia del hombre y a las bibliotecas de la humanidad. Sus estanterías son un desfile de reflexiones en torno a la inspiración, espacios que inmortalizan los procesos de creación.
La librería es una tienda cualquiera si no se encuentra atendida por un librero experto y unos ayudantes que aprenden el oficio junto a su mentor. Las buenas librerías adquieren pronto personalidad. Abarrotadas de libros, sus estanterías acumulan tanto polvo como saber, en hileras verticales o en las torres de volúmenes que ocupan las mesas que el cliente sortea mientras sus miradas navegan de una portada a otra, de los lomos de los diccionarios a los de los textos científicos o los libros de ciencia-ficción. Todo en esos locales proclama la vigencia de los libros de papel.
El periodista J. Carrión se preguntaba recientemente: ¿ Por qué la industria del libro no ha apostado por una defensa de las librerías como templos emocionales de los lectores? Sin embargo, como centros de emociones, culturales y de distribución, cruzabas su umbral y se te impregnaba la nariz de un aroma oscuro a papel viejo, a cubiertas de cuero, a maderas centenarias, a un olor a medio camino entre el polvo y el moho. Por eso sobrevive la tristeza al entrar en muchas librerías de hoy. Las librerías de antes exhalaban olor. Hoy ya no existe ese olor. Incluso las imprentas modernas, para eliminar olor, cubren con laca de dispersión los pliegos del libro impresos por un lado, para darles la vuelta de inmediato e imprimirlos del revés. Cuánto se echa de menos el aroma a madera de las viejas estanterías, señal y marca olfativa del acervo cultural, los altos anaqueles y las vetustas escaleras apoyadas en ellos para subir y atisbar, el rumor de voces apagadas en su atmósfera de lugar sagrado, templo de reflexión.
La magia de las librerías de antes está pasando al olvido, dicen algunos, pero una buena librería no es aquella en la que encuentras los libros que quieres leer, sino los libros que no sabes que existen, comenta un librero al finalizar una reunión. Otro contertulio explica su optimismo: la pequeña librería va a sobrevivir porque sigue existiendo el placer por leer. Las librerías siguen siendo importantes para todos aquellos que prefieren ver y tocar los libros, comprarlos en persona.
A amar las librerías se aprende de joven, como a amar los libros; cuando uno se acerca a ellas por primera vez ya de mayor o bien se trata de una necesidad perentoria por adquirir un libro o de una visita casi turística, para admirar su arquitectura, su atmósfera decimonónica, las obras de arte de sus paredes o su magnitud. Así existen librerías emblemáticas en diversos países del mundo; son librerías de autor que custodian y conservan el carácter y la imaginación de miles de autores de todos los tiempos. La Strand, en Nueva York, la Umberto Saba, en Italia, la del Fondo de Cultura Económica, en Bogotá, la LelloIrma, en Oporto, o los cinco pisos en Londres de la Waterstones.
En España, desafortunadamente, quedan pocas; la mayoría de ellas han pasado a contar billetes de banco o hamburguesas y nuggets de cadenas de fast food. Quizá solamente dos, la treintañera Cálamo (Zaragoza) o la veinteañera La Central (Barcelona), rezuman un cierto sabor a la librería de antes, si bien muy lejos de la antigüedad de las mencionadas más arriba. El resto de librerías a las que se podría conceder ese honor en nuestro país, sus escasas dimensiones, su fecha de creación o su decadencia actual, impiden aplicarles el calificativo de altar sagrado, aunque no el dejar de admirarlas por su constancia y valor. Las llamadas librerías de viejo, por su parte, que tanto abundan aún en nuestras plazas (Miguel Miranda, Prado, Bardón, entre otras muchas), merecerían líneas aparte de lo aquí expresado y el homenaje público y continuado de todo buen lector.
Los cambios en el consumo se han agudizado con motivo de la crisis y ello ha puesto en evidencia, también en las librerías, un cambio de modelo. Pero el cambio en el negocio de la venta de libros ha llegado a nuestro país para quedarse, lo que obliga al sector librero a buscar y experimentar novedosos horizontes.”Pero los viejos libreros nunca mueren- añade el mencionado Carrión. Son incontestables los que toman el relevo. Hay que reivindicar esa figura que ha permanecido en la sombra , mientras que la del autor, el editor y el agente , se volvían totalmente visibles, incluso estelares”. Quizá ahí estribe parte de los problemas de la librería actual, en que el resto del sector del libro minimiza su importancia y hace tiempo que ,lisa y llanamente, le ha dado la espalda.

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ARTÍCULO: Tras la escritura, el libro

(Entiendo este post como la continuación del anterior : “La cultura del libro, el nacimiento de la escritura”).

¿Eres lector? ¿Apasionado, compulsivo, ocasional, introspectivo? Quizá has disfrutado viendo crecer tu pequeña (o grande) biblioteca particular. ¿Te sientes atraído por las estanterías y las mesas de las librerías, por los afanes de los bibliotecarios o el mundo del escritor? Quizá los libros te hayan acompañado siempre, quizás estés algo confuso por la actual situación de ese mundo tan tuyo.
Martín Caparrós decía recientemente en un artículo dominical: “La cifra me cayó por la cabeza y casi me lastima. El mundo produce un nuevo libro, miles de ejemplares de cada título nuevo, cada quince segundos. Son más de dos millones de títulos por año…una lluvia de libros, peor que el peor de los diluvios, un tsunami de libros”.
El libro es respetable y respetado, un objeto prestigioso, tradicional, y en un formato u otro ha acompañado la historia del hombre desde los ideogramas y pictogramas de las cavernas de la más antigua humanidad. Los libros pesan, huelen, indican lo que uno es. Leer libros, en resumen, es sentirse acompañado, es aprender de los otros, es vivir.
Hay libros indispensables, valiosos unos, otros que se adquieren por el mero placer, sabiendo que no se van a usar; libros grandes o pequeños, que se aborrecen una vez comenzados, se apartan o se regalan a otros, se olvidan en el rincón más polvoriento de nuestra sala de estar. Hay otros que se quieren tanto que se buscan con fruición, se adquieren, se comentan con los amigos y se conservan para siempre.
Se conservan muchos textos cuneiformes de la literatura mesopotámica, por no hablar de los escritos en las paredes egipcias, los Textos de las Pirámides, los Textos de los Sarcófagos y los papiros hallados junto a las momias que forman el Libro de los Muertos. La utilización de libros era una característica distintiva de los sofistas griegos. En el Fedón, Sócrates cuenta que leyó un libro de Anaxágoras – pasa por ser el primero en publicar un libro escrito-, hecho que le había permitido conocer las ideas del filósofo, pero se muestra contrario al libro y a favor del discurso oral porque aquel a la larga sale malparado por formar falsos sabios, llenos de erudición, pero que no han construido con el libro su propio pensamiento respecto a su contenido. En la medida que el hombre ha ido fiándose de los libros y los escritos ha ido perdiendo la verdadera memoria, el pensar las cosas desde dentro. Solo alcanza la remembranza. Hay un arte de la memoria que Sócrates y Platón defendían y que Giordano Bruno más tarde, en el Renacimiento, llamaba espacios de la memoria.
En la antigua Roma se desarrollaron dos formatos de libro, el rollo- para una escritura definitiva- y las tabellae- para la escritura diaria y común. De la mezcla de ambos surgió hacia el siglo I el pugillar, una tablilla pequeña que cabía en el puño. Antecesor del codex, el pugillar es, por así decirlo, el más antiguo precedente del actual libro de bolsillo. También se ve establecido por entonces un comercio de libros bajo la atención de un librero llamado bibliopola y escritos al dictado por grupos de esclavos especializados en la transcripción de los textos.
Aulo Gelio, Noches Áticas, IX 4 1-6, escribe:
Cuando volvía de Grecia a Italia y había llegado a Brindisi, después de desembarcar andaba paseando por ese famoso puerto…vi unos fajos de libros expuestos a la venta. Así que me dirigí ávido hacia ellos. Estaban todos en griego y llenos de maravillas e historias fabulosas, cosas increíbles y curiosidades, pero los autores eran antiguos y de no poca autoridad…en sí los volúmenes estaban arrugados por el desuso y eran de uso y aspecto muy sucio. Me acerqué, sin embargo, y pregunté por el precio; atraído por lo barato que eran compré gran cantidad por poco dinero y los recorrí todos ellos a la carrera en las dos noches siguientes. Y en la lectura entresaqué algunas cosas y anoté maravillas apenas tratadas por nuestros autores, que he esparcido por estos comentarios de modo que el que los lea no será considerado completamente iletrado e ignorante de estos asuntos cuando escuche este tipo de cosas.
En Roma ya existía la costumbre de que el escritor de un nuevo texto reuniese a un círculo de personas para leerles su obra y dialogar acerca de ella (probable antecedente de la actual fórmula de las presentaciones de libros).
Por expresar en pocas líneas, con el peligro que ello conlleva de reducir a solo tres momentos la extensa peripecia del libro, me atrevo a seleccionar tres momentos solamente de su fecunda y larga historia. Para un romano, libri era un capítulo, un fragmento de algo de mayor dimensión. En el Medievo se habla del liber, en singular, ya no se dicta al copista, es autógrafo y aparece la figura individual del escritor. Hoy en día los libros ya no huelen; el olor fresco a tinta y papel del libro recién nacido ha desaparecido en la relación autor-editor-impresor-libro-lector.
En el Monasterio de Silos se conserva el libro cristiano más antiguo(siglo XI) que ha llegado hasta nosotros, escrito en papel y pergamino bajo el nombre de Misal de rito mozárabe. En la Biblioteca Nacional de París también se guarda un Glosario Latino, procedente de Silos, datado aproximadamente en la segunda mitad del siglo XI. Ese siglo y el siguiente XII son, por otra parte, los que definen la época en que el papel llegó a constituirse como el principal soporte para la escritura de los conjuntos de folios que formaban los libros. Y en Holanda, al final de la Edad Media aparecieron los llamados Hermanos de la Pluma porque se ganaban la vida escribiendo libros, manuscritos con buena terminación, que circularon por el país hasta ser sustituidos por la llegada de la imprenta.
Los libros de finales del siglo XV y principios del XVI reciben el nombre de incunables porque datan de la época en que la imprenta, por así decirlo, estaba aún en pañales; los primeros incunables no tenían colofón (datos de remate de identificación de la obra) por lo que no llevaban impresas cosas como el título, el autor, la fecha, el impresor y el lugar de impresión. La aparición de la Portada, primera hoja del libro en la que figuraban datos de identificación, fue una de las novedades más llamativas que aportó la imprenta. No hizo desaparecer el colofón sino que, a partir de entonces, aumentó la presencia de referencias y datos para la identificación del libro, repartidos entre ambas partes, portada y colofón. Muchos años más tarde, ya en el siglo XIX, la demanda de libros era tan masiva que provocó el crecimiento de la encuadernación industrial, en serie o editorial, para sustituir a la individualizada existente hasta entonces.

Escribir es hoy día un hobby de moda. Famosos, asalta-realities y otras pretendidas celebridades se apuntan (con honrosas y acreditadas excepciones) a engordar su ego, personalmente o a través de un negro, y aprovechan el tirón de su popularidad sin ningún rubor literario. Esta curiosa circunstancia se ha convertido ya en un fenómeno tan rechazado por los buenos lectores, como agradecido por los bolsillos de los editores y desmoralizante para los escritores de oficio. No deja de ser un síntoma más del proceso de degradación del libro como instrumento del saber que asola el actual panorama cultural.
No sabemos adónde nos llevarán los cambios que se están produciendo en la creación cultural en la actualidad. Lo que sí se intuye es que a la industria del libro tradicional solo parece quedarle una única salida, adaptarse a los cambios y acercarse a la realidad social. Es algo parecido a como se resolvió el antiguo litigio entre el saber escrito y el oral: ideogramas, pictogramas, cuneiforme, jeroglífica, alfabeto, liber romano, codex, monjes copistas, pecia universitaria o libro para nobles, imprenta individual, imprenta industrial, sobreproducción de libros actual, muchos siglos después el hombre ha logrado la complementariedad.
La irrupción los libro electrónico hace menos de diez años parecía esparcir dudas sobre la vigencia del libro tradicional; un tiempo más tarde, serenada la burbuja inicial que supuso su aparición en el mundo del lector, las aguas vuelven a su cauce. El río de los libros, sin embargo, ha dejado de tener un solo lecho; el panorama literario discurre ahora por dos ramales de un mismo río. Sea libro electrónico o en papel, el campo en el que en realidad se están produciendo los mayores cambios, más que en la transmisión literaria y cultural en sí , es en el sector editorial,
Los avances electrónicos, la rebaja en la calidad cultural del público lector y el consumismo exento de reflexión han contribuido a una progresiva pérdida del amor del lector por el libro tradicional. Hay quienes avanzan que la ficción y la literatura permanecerán fieles al libro de papel; otros ponen el acento en la remodelación de las tiradas, las ediciones exclusivas, la coedición y la autopublicación,la mejora de calidad en los libros electrónicos y en el aumento de las exigencias de calidad y precio en el libro tradicional. La solución que parece atisbarse está en manos del sector editorial, convertir ambas fuentes en algo complementario y hacerse cargo de la una sin excluir el seguir trabajando con la otra. La consecuencia lógica de tal planteamiento sería la concentración de editoriales y la desaparición de muchas de ellas, las que sean incapaces de adaptarse a su nuevo rol. Un territorio distinto, un nuevo modelo de negocio, una oferta de cultura más diversificada, un lector más preparado para seleccionar y elegir, unos hábitos de lectura basados en la fidelidad de los gustos del lector a cada opción, libro electrónico, libro en papel, otros medios que presenten un sector editorial más acorde con los tiempos, más cercano a los gustos lectores que a la cuenta de resultados de su publicación.
Hay nichos para que el libro tradicional sobreviva, los que ponen el acento en la relación emocional y visual con el libro de papel, pero cada día que pasa es más evidente que el futuro del libro está en la capacidad técnica y tecnológica de los fabricantes de soportes diversos y de una sociedad crecientemente alfabetizada en el uso y disfrute del avance digital. Bien harían unos y otros, defensores y detractores del negocio editorial, en poner las cosas en su sitio: el libro digital es, al menos hasta hoy en día, un reproductor de textos, nada más; el libro de papel, tal y como lo conocemos hoy, dependerá principalmente del nivel cultural e intelectual de los lectores del futuro, seres digitales ya, y del estilo de relación que ellos tengan con la cultura literaria que deseen degustar.
Con todo, y a pesar de todo, hay libros que no deberían existir– escribió en fechas recientes un sensato articulista-, toda la tinta, el papel, la cola, etc. empleados, todo el tiempo invertido por los diseñadores, el personal de prensa…todo ello se percibe como un enorme desatino cuando uno abre las páginas de esos libros.

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ARTÍCULO: La cultura del libro: El nacimiento de la escritura.

La escritura es lenguaje. Lo mismo que el habla no requiere pensar demasiado, así sucede con la lectura respecto a la palabra escrita. La lectura es algo automático a partir de un cierto grado de cultura. El lenguaje es un don precioso, sea hablado o escrito y la habilidad para hablar y escribir van de la mano. Pensemos por un momento cómo pudo originarse la escritura. Quién enseñó al hombre a escribir. E imaginemos por un momento cómo habría cambiado el mundo, las ideas y el conocimiento, si la humanidad no hubiera dispuesto de lo que entendemos por escritura.
La escritura nació de manera independiente en varias partes del globo terráqueo. Se piensa que los petroglifos geométricos de los más antiguos pueblos del norte de Europa, ya en el Neolítico, constituían un sistema coherente de símbolos con algún significado que no se ha podido establecer. Los requisitos básicos para que apareciera eran una economía basada en la agricultura, cierto grado de asentamiento del hombre y algún tipo de actividad mercantil entre distintas tribus o pueblos. Los pictogramas en China, la escritura jeroglífica en Egipto, las tablillas de arcilla con escritura cuneiforme en el Medio Oriente, los quipus en Perú, por no referir otros, son los primeros vestigios hallados que la arqueología reconoce como escritura. Se cree que el alfabeto lo inventaron los fenicios, una sociedad dedicada al comercio, y que a través de ellos se extendió al mundo judío, a los griegos y romanos, más tarde a los árabes, a la India y hasta a las actuales tierras de Laos o Tailandia. Los griegos añadieron las vocales, lo que permitió que su escritura fuera enseñada y usada en mayor grado.
Existen cuatro grandes eras en la evolución de la escritura: la llamada Protoescritura ( la oralidad, los signos en las pinturas primitivas, los quipus o los wampum australianos se basan en la memoria), la de la Letra Manuscrita( copistas, codex, papiros, piel de animales) , la de la Letra Impresa (imprenta, tipografía, xilografía o tipos móviles metálicos), y la Era Digital en la que nos hallamos en nuestros días. El paso de una cultura a otra comienza con el rechazo. Al fenómeno inicial de ir en contra de cualquier nuevo modo de transmisión cultural se le denomina hoy día el Síndrome de Tritenius. El paso de una cultura a otra no es, por tanto, repentino, sino que siempre se ha producido una continuidad difícil, salvo en el caso chino, que goza de la misma evolución desde hace muchos siglos (primero estelas de piedra con los textos de Confucio, seguidas por la escritura xilográfica y más tarde el papel con tinta hasta tiempos muy recientes).
La escritura nace en función de la oralidad. La transmisión oral guardaba la memoria de los pueblos y les proporcionaba identidad, cohesión, conocimientos y costumbres para su supervivencia, frente a la naturaleza y frente a otros pueblos. Durante miles de años la humanidad cabalgó sobre una oralidad que podríamos llamar épica, a través de la religión, los mitos, los héroes, los cuentos, las leyendas y las fábulas o moralejas. No tenemos documentación fehaciente sobre el paso de lo oral a la escritura entre los pueblos primitivos, los sumerios o los egipcios, pero sí a partir de los hebreos, porque vivieron ese cambio 2000 años después.
Pero demos ahora el salto al mundo griego, porque nos es más conocido, precisamente por la escritura, y nos fijamos en la evolución de sus tres figuras más señeras: Sócrates, Platón y Aristóteles. He aquí un buen ejemplo del avance de la escritura en la historia de la humanidad: tras la extensión del alfabeto griego, la cultura helénica necesitó, al menos, 150 años para pasar de la transmisión oral a la cultura escrita en el mundo occidental.

* Sócrates (470 a 409 a. C) no escribía nada. Estaba contra la escritura a la que acusaba de ser un poder malvado que traería la individualización y haría desaparecer la memoria colectiva. En una cultura colectiva, de transmisión oral, no hay olvido, no hay manipulación, hay consenso general y control colectivo. Así como la cultura oral está dentro de la gente, pensaba Sócrates,la escritura la llevaría al interior de cada individuo. Era el tiempo de los aedos y rapsodas, que memorizaban la cultura y la difundían por los pueblos. Muchos de ellos eran ciegos y se dice que fueron los inventores de la métrica, la rima y el verso, porque los utilizaban en sus charlas como regla mnemotécnica. Sócrates no escribió nada, lo conocemos por Platón.
* Platón. (427 a 347 a.C) Es uno de los primeros autores de los que se tiene constancia como escritor; supone, pues, una evolución. Sin embargo es de notar que los textos que perduran de él están estructurados en forma de diálogo; es como si, al escribir, traspasara la cultura oral a los rollos o al papiro. Sus Diálogos están escritos en contraste: lo que dice uno, lo que le contesta el otro…No es aún su pensamiento. No escribe para el lector, sino para guardar lo que se decía oralmente en su entorno.
* Aristóteles. (384 a 322 a.C) Escribe con autonomía. Lo que aparece en sus ensayos y tratados son sus propios pensamientos. Escribe para ser leído, escribe para el lector. Escribió grandes tratados que han podido perdurar a lo largo de los siglos y ha ejercido una gran influencia a través no solo de lectores repetidos sino de sucesivas copias y manuscritos.

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ARTÍCULO: A propósito de W. Turner, pintor

En el año 2014 parece haber estado de moda el pintor paisajista inglés. Desde el 10 de septiembre y hasta el 25 de enero de 2015 se exhibieron en la Tate Gallery de Londres una buena parte de las últimas obras de Joseph Mallord Willian Turner, un pintor controvertido en su época, en especial en sus últimas obras, motivo de la exposición, incomprendidas entonces. Hoy día, sin embargo, 160 años después de su muerte, el pintor da nombre al más importante premio del arte británico actual, el Turner Prize.
Por si ello no bastara, coincidió también en esos días, el estreno de Mr. Turner, una película del género denominado biopic del reputado director y guionista Mike Leigh, que recorre los últimos veinticinco años de la vida de nuestro artista, hombre, sin lugar a dudas, extravagante y complicado, pero un genio de los pinceles que llegó a ser considerado como el pintor de la luz. Es este Joseph Mallord William Turner el que nos interesa ahora en este breve artículo del blog: su vida y su pintura, sus fuentes, sus seguidores y el influjo que su interpretación del arte legó a la posteridad.
Qué es el Romanticismo, se pregunta Baudelaire en su libro Curiosidades estéticas. Qué es el romanticismo. Y continúa: “quien dice romanticismo, habla de arte moderno- es decir, de intimidad, de espiritualidad, y de color, de ambición de infinito- expresado por todos los medios que poseen las artes”. Y más adelante añade: “ante todo es preciso conocer los aspectos de la naturaleza y de las situaciones del hombre, cosa que los artistas del pasado han desdeñado o no han conocido”. A ello se aplica Turner, a la contemplación de la belleza, esencialmente romántica, cuando afirma que “el romanticismo es hijo del norte y que el color, los sueños y la magia son hijos de la bruma”.
Algunos trazos de su vida. J.M. William Turner, hijo de un modesto barbero que ejercía en Covent Garden, era extremadamente impulsivo, taciturno y solitario y tuvo una vida especialmente agitada y azarosa, marcada por una época rica en grandes eventos como la revolución francesa, las guerras napoleónicas o el advenimiento de la llamada revolución industrial. Ya en edad muy temprana se dedicaba a copiar grabados y a dibujar o pintar pequeñas acuarelas. Sus toscas maneras y vestidos estrafalarios, su fama de avaro y su afán por vivir aislado, le granjearon pronto una fama que le impedía prosperar. Una amiga de su juventud le describe como una persona “singular y silenciosa, desagradecido y descuidado, desaliñado en el vestir, cualquier cosa menos un hombre de apariencia agradable”. A Turner le importaba poco lo que los demás pensaran de él (se cuenta que en una ocasión un miembro de la Academia le llamó reptil, a lo que Turner contestó con frialdad: “si señor, soy un gran reptil, con malos modales”. El sentido estrafalario de su vida le duró hasta la misma muerte. Aunque hay diversas versiones, parece que Turner murió durante una de sus ausencias hacia lugares desconocidos y que su cadáver se encontró en una vivienda miserable en las cercanías del puente de Battersea, en el Támesis, donde nadie le conocía por su verdadero nombre.

En diciembre de 1789, Turner fue admitido en la Royal Academy, a la edad de 15 años. Discípulo de un pintor de acuarelas, algo usual en la pintura inglesa del siglo XIX, sus primeros maestros y sus intenciones iniciales fueron dominar la pintura de estilo arquitectónico, historicista y topográfico. “ Por formación y predilección, Turner era un pintor de acuarelas- escribe K. Clark-. ..El propio Turner, en la época de sus grandes éxitos, concentró sus esfuerzos en dominar el óleo, pero nunca cesó de usar la acuarela, tanto como una ayuda para su memoria retentiva como para las numerosas ilustraciones de libros con grabados en las que siempre estaba trabajando.”
Uno ve la obra de Turner y piensa en un artista sensible, romántico y elegante. Luego se acerca a su figura, a su historia personal y a abundantes hechos de su vida, y encuentra a un hombre misántropo, escasamente agraciado, que, tras luchar por ocultar sus orígenes y su equívoca presencia, navega entre la frustración y el éxito, la fidelidad a sus ideas y su agresiva relación con otros artistas quizá más afortunados en la consideración social.
Los objetivos de Turner. Bien sea por su extraña relación con la gente que le rodeaba, fueran pintores o no, bien sea por su eterno afán de huir de la humildad de su cuna y de la menesterosidad, Turner consagró su vida a tres objetivos principales:
1. Aspirar a ser reconocido por las gentes del arte como lo eran los otros dos grandes pintores del paisajismo inglés de la época, Reynolds y, sobre todo, Constable.
2. Adquirir, además, una personalidad propia, diferente aunque heredera, tanto de la tradición naturalista italiana en la pintura de paisajes, como de la del arte nórdico holandés.
Y en tercer lugar, por último, dejar una escuela, una herencia en su estilo, un legado y unos sucesores, por su modo de pintar.
Entre las pasiones y efectos que producen mayor asombro en relación con la naturaleza, en ensayista E. Burke había establecido entre otros: el temor, la oscuridad, la soledad, el silencio, la vastedad, la infinitud, la grandeza, la luz… A ello se apunta nuestro artista, armado con su caballete frente a un bello paisaje o a cualquier otra prodigiosa manifestación de la naturaleza; mientras muchos de sus contemporáneos se ocupaban de otra estética, Turner viajaba para mantener una relación apasionada con ella, dejándose fascinar por esos fenómenos sublimes, la aurora, el ocaso, que causaban miedo o admiración por su carácter novedoso, agreste u hostil. Ese parece el motor que le movía a evolucionar desde el paisaje clásico e ideal, mero decorado, a una visión más profunda, más humana si se quiere, en la que es el propio paisaje quien pasa a ser el protagonista. Se trataba de viajar hacia dentro, divagar, recrearse en la contemplación y mirar el paisaje para atraparlo con el pincel. Un artista solitario que contempla el paisaje deleitándose en sus propios pensamientos.
Para contemplar su obra hemos de convertirnos en espectadores activos si queremos sentir lo que el pintor sentía al pintarlo. Sus difuminados e imprecisiones no son otra cosa que el resultado de la detenida observación a la que somete a su contemplación de los fenómenos naturales. Tan fiel para formar parte en esa época del academicismo reinante, como capaz de buscar nuevas formas de tratar el color, la naturaleza, los fenómenos meteorológicos, la nieve, las nubes, la niebla ó el viento y la tormenta.
Hacia el final de su vida, la pintura de Turner evolucionó hacia la abstracción, con el color y la luz como únicos elementos. Incomprendido en su tiempo, muchas obras de esa época permanecieron almacenadas en los sótanos de la Academia. Su modo de pintar era innovador; eso de abandonar el estudio y dedicarse a observar el paisaje y sus cambios, hacer dibujos y esquemas, tomar notas sobre los efectos de la luz y sus efectos era tan revolucionario que haría de él uno de los precursores de los impresionistas. Y es que Turner era un visionario, un pionero de muchas de las ideas del impresionismo e incluso de algunos de los matices de la pintura abstracta. Lo suyo era un concepto de la pintura basada en las emociones, en lo fascinante, lo asombroso y en la naturaleza fuera de control.
Una última reflexión. El último cuarto de siglo del pintor, sirvió al artista para aprovechar una fructífera vida que completaba entre viajes, pintar nuevas obras, pasar temporadas con la aristocracia en la campiña y frecuentar burdeles. Aupado por la Royal Academy y por el público más exigente del Londres de final de siglo, había logrado alcanzar la aceptación social que tanto había deseado y la fama de gran pintor, un artista puente entre los antiguos maestros y las jóvenes corrientes artísticas que dominarían los primeros años del siglo siguiente. Por fin podía gozar con los tres pilares que sustentaban su creatividad: la pintura en sí misma, la naturaleza y el reconocimiento social.
Gustó mucho a partir de entonces su necesidad de evolucionar, de abandonar la pintura arquitectónica, clásica, de sus primeros óleos hasta llegar a los trazos leves y apuntados, casi abstractos de su madurez. Al mismo tiempo sorprendía su manera de ver el paisaje, sumido en la naturaleza, tratando de captarlo en todos sus movimientos. Las pinturas de Turner azotan en medio de sus tormentas y vientos embravecidos y depositan en nuestros labios la sal y el agua de las olas. Se te mete en los ojos el vapor y el polvo de carbón de sus barcos, sus trenes y sus remolcadores. Y cuando pinta las Casas del Parlamento, atrapados en ese voraz incendio, el calor se siente como si uno estuviera cercano a las llamas.
En su testamento Turner, consciente ya de que a ojos de sus compatriotas había alcanzado el Olimpo, legó a su país sus cuadernos de dibujos, y un gran número de cuadros, razón por la que la mayor parte de su obra se encuentra hoy día en la Tate Gallery y en la National Gallery, ambas en Londres.

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