ARTÍCULO: La verdadera meta es el camino

Thoreau escribe en Walden (1854), uno de los catecismos más visitado por los amantes de la vida al aire libre y de la naturaleza: Fui a los bosques porque quería vivir a secas, enfrentarme a los hechos esenciales de la vida y tratar de aprenderlo que pudiera enseñarme; para no descubrir más tarde, a la hora de morir que no había vivido de verdad…. La verdad de la vida- escribe más tarde– antes que el amor, la fama, la riqueza, la justicia.

 

Y continúa más tarde: En la profundidad de los bosques, en soledad, mientras el viento sacude la nieve que adorna los árboles, mientras ha quedado atrás cualquier huella humana, siento que mis reflexiones son mucho más variadas que las de la vida en la ciudad.

El filósofo naturalista, nos descubre así tres ideas luminosas: la importancia de saber cuándo hay que cambiar la forma de ver algún aspecto de nuestra vida, una manera de ahondar en el conocimiento de nuestra propia existencia y un modo de defenderse de algunos aspectos de la llamada civilización.

 

Relacionarse así con la naturaleza supone encontrarse con uno mismo, comprobar cómo transcurre el tiempo y sentir como cambiamos por dentro si logramos defendernos de un falso interior. Por eso ascendió Petrarca (siglo XIV) a la montaña Mont Ventoux,  para acallar el batiburrillo de su mente y hallar su alma en el silencio.

Caminar en plena naturaleza, olvidando por un día la realidad cotidiana, es un bálsamo para el alma y un disfrute para el cuerpo: el cansancio físico una novedad, la transición de paisajes un carrusel de sorpresas; los cambios de luz, la comprensión a la vez del tiempo detenido y del transcurso del tiempo, del lenguaje interior y de un íntimo sentimiento emparentado con lo que podría ser una verdadera libertad. Caminar de esa manera no consiste solo en ver, sino que se va a mirar, más a escuchar que a oír, en pararse a pensar y detenerse para saborear. Nunca somos más nosotros mismos que cuando caminamos con el oído atento a los sonidos de la naturaleza y a animales huidizos, vista y mente centradas en el bosque, en los árboles longevos y las nubes efímeras, en la llanura y los senderos vacíos, bien atentos al leve fragor de los riachuelos y al vuelo de las cigüeñas, ave patricia de los campanarios, y de las águilas, dominadoras de los cielos. Sumidos en un todo, la Naturaleza esencial. Quizá fuera por eso por lo que el filósofo predicador del hacer camino, Thoureau, sostenía que toda idea o sentimiento existe ya en la naturaleza.

La calma silenciosa del que camina pensativo contrasta con el corto plazo, con las urgencias o las respuestas rápidas, con lo que domina nuestras vidas  cuando toda paciencia es cuestionable. No digamos, incluso, si alguien elogia la lentitud o cuando la ambición nos conduce a la ceguera. Participar a fondo de la naturaleza estimula la liberación de nuestras ataduras y nos devuelve las líneas maestras de nuestro propio código moral.

 Para ello es preciso dejar a un lado el GPS, apagar el teléfono móvil, dejarse acompañar por un sencillo mapa y permitir que el tiempo transcurra sin mirar el reloj de continuo. El camino es el hogar ese día, como caminar por la vida con curiosidad: las plantas que se mueven, obsequiosas y libres por las brisas y los vientos, con el cielo por encima y bien enraizadas en la tierra. Deleitarse con ese  tiempo que parece multiplicarse en la mañana para descubrir después que se divide por la tarde. Nuestro espíritu se alimenta así de tales experiencias. La verdadera meta es el camino.  

 

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