ARTÍCULO: Del kraken y otros cefalópodos.

 

 

Tiempo ha aparecieron en los medios nacionales e internacionales sendas noticias sobre el hallazgo y localización de cefalópodos gigantes, por científicos estadounidenses en el Golfo de México y por un grupo de buceadores en las proximidades de las Islas Canarias.  A grandes profundidades, 750 metros en el caso americano. Una noticia similar sucedió  no hace mucho en la costa de Nueva Zelanda, un calamar gigante de más de cuatro metros de la categoría de los moluscos, los seres marinos invertebrados más grandes que el hombre haya conocido.

 

El Architentis s.p., como lo cataloga la literatura científica, suele presentar de 3 a 9 metros de largo (hasta 13 m3tros ha llegado a decirse) y de 400 a 450 kilogramos de peso; depredadores visuales( poseen los ojos más grandes de los animales conocidos) que aparecen ocasionalmente en los ámbitos marinos más profundos del planeta. Sus apariciones son tan insólitas que el kraken, denominación de origen escandinavo por la que se les conoce en la literatura científico-novelesca, se presenta ante nosotros como un ser mitológico, un pulpo gigante  o un enorme calamar que ataca a los navíos. Muy grande sí, pero de la misma familia que las potas, sepias jibias, puntillas o chipirones, tan accesibles, abundantes y cercanos a nuestro paladar.

El cine, las leyendas o la novela prefieren acercar más  nuestra imaginación a los primeros: ese pulpo gigante que avanza hacia la cámara en las primeras secuencias de Ciudadano Kane, ese otro que ataca al submarino Seawiew en Viaje al fondo del mar, el octópodo que ataca en El señor de los anillos o las luchas con hachas y arpones de los marineros contra los calamares gigantes de una de las novelas más famosas de Julio Verne :

«Era un calamar de colosales dimensiones. Alcanzaría unos ocho metros y marchaba reculando con extraordinaria velocidad, en dirección al buque, clavando en él sus grandes ojos de tintes verdosos. Sus ocho brazos, o mejor dicho, sus ocho pies, implantados en la cabeza, que le han valido a estos animales el calificativo de cefalópodos, tenían un desarrollo doble del de su cuerpo y se retorcían como la cabellera de las Furias. Veíanse distintamente las doscientas cincuenta ventosas…….A veces dichas ventosas se aplicaban al cristal de la claraboya, produciendo el vacío. La boca del animal, una especie de apéndice córneo parecido al pico de un loro, se abría y cerraba verticalmente. Su lengua, que también era córnea y armada de varias hileras de agudos dientes, salía vibrando de aquel verdadero alicate. ¡Qué capricho de la naturaleza! ¡Dotar de pico a un molusco!…Su inconstante color variaba con extraordinaria rapidez, según el estado de irritación del molusco, pasando sucesivamente del gris claro al pardo rojizo». (Julio Verne en 20.000 leguas de viaje submarino, 1870).

Y qué decir de la increíble escena del escritor W. Ley cuando narra que en 1861 una corbeta francesa que navegaba a cien millas de la isla de Tenerife cañoneó a un pulpo enorme de más de 20 metros de largo y tentáculos de 25 metros o más. ¿Será cierto todo esto?

Por si todo lo expuesto fuera poco, el poeta Alfred Tennyson, en fin, escribe a mediados del siglo XIX un hermoso poema del que extraemos un par de estrofas:

Bajo los truenos de la superficie/ en las honduras del mar abisal,/ el kraken     duerme su antiguo/ y no invadido sueño sin sueños……………..

Yace ahí desde hace siglos, y yacerá,/cebándose dormido de inmensos gusanos marinos/ hasta que el fuego de Juicio Final caliente el abismo./

Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles,/ rugiendo surgirá y morirá en la superficie.

Ahora dejamos las leyendas y tales grandes pero escasos descubrimientos y nos centramos en esos cefalópodos cotidianos que vemos en nuestros mercados y servidos en nuestras mesas. Para hacerlo más fácil agrupamos todos ellos bajo la idea común de pulpo.

Cefalópodo es un término griego que significa “patas en la cabeza”. No es marisco ni pescado, es un molusco de la misma familia que la almeja, los mejillones o las navajas, aunque sin caparazón duro como estos salvo por una membrana interna calcificada que se denomina jibión.

Calamares, chipirones, potas, sepias, jibias, pulpo, todos ellos cefalópodos, exhiben unos tentáculos, su herramienta para alimentarse y su arma favorita; ocho o diez patas, según el caso, todos ellos con ventosas, envían el alimento a unas poderosas y movibles mandíbulas que les permiten tanto partir como tragar las capturas. Su otra arma es la tinta que expulsan por el ano cuando se trata de huir; unos pigmentos en su piel para cambiar de color les aporta el mimetismo con el paisaje, rocas, plantas y covachas marinas, que les permite disimular su presencia y ocultarse.

 

Sean los grandes o los chicos, son rápidos predadores y caníbales de los de su propia especie, dueños de un cuerpo bien msculado, llamado manto, y un sifón locomotor para lanzar tinta o agua.

El calamar común tiene forma alargada y un hueso cartilaginoso y transparente que llaman pluma, tiene unos 60 centímetros (salvo los gigantes ya mencionados), ocho brazos y dos tentáculos, al igual que su cría, el chipirón, de menor tamaño. La jibia es diferente, más ancha, con un hueso calcáreo menor que el del calamar, 30 o 40 centímetros y 10 tentáculos más cortos. El potarro, o pota costera, presenta un cuerpo estrecho y estilizado de color pardusco, porta ocho tentáculos cortos y dos más largos. La puntilla, o puntillita, es un calamar enano, de 2 a 15 centímetros y color grisáceo; junto con los ya mencionados más la sepia y el pulpo, son variedades clásicas y ampliamente apreciadas en las cocinas españolas, más crujientes si se les pone poco tiempo al fuego, gelatinosas en cambio tras una hora o más de cocción.

De carne muy apreciada por su alta riqueza en proteínas, bajo en grasas y con muy pequeños rastros de hidratos de carbono, el calamar es el molusco más apreciado de la familia, a la romana o en su tinta, lo mismo que el chipirón vasco, estofado en su tinta con poca aceite, y, más escasos, las puntillas, los chocos o los chopitos, que se consumen en fritura. Sepia y pulpo, piden, en cambio, tratamientos especiales dependiendo de la zona o de cada localidad.

Pan, ali-oli, cebolla, aceite de oliva, cebollino fresco, raspaduras de lima, vino blanco, harina, arroz blanco, pimentón rojo o su propia tinta, son algunos de los complementos alimenticios que hacen de este grupo de especies un manjar suculento y sujeto a devoción. Como curiosidad: la tapa más grande de estos variados animales, según noticia sucedida no hace mucho y leída en un periódico gallego (región que, por otra parte, tanto sabe de estos manjares) dio lugar a 1500 raciones y 500 kilos de pulpo. Todo un record.

PARA QUE PUEDA SURGIR LO POSIBLE ES PRECISO INTENTAR UNA Y OTRA VEZ LO IMPOSIBLE. (Hermann Hesse).

 

 

 

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