ARTÍCULO: Doña Emilia, a los cien años de su muerte.

Nacida en La Coruña(1852), la escritora gallega, consejera de Instrucción Pública, catedrática de universidad, la condesa de Pardo Bazán fue una persona plural, retratista de costumbres y defensora del papel que debía ocupar la mujer en España. Incansable viajera, entregada a sus sueños, sufridora de agudas críticas y con una inmensa fortaleza de carácter. Su actitud, su obra y sus comportamientos, tan alejados de los mostrados por las señoritas pudientes de la sociedad, doña Emilia luchó también por la evolución de su tierra gallega con vigorosa personalidad y sin negar su condición de hija de unos padres terratenientes, adinerados y de alta posición social.

Activa, dueña de una aguda personalidad, religiosa y católica practicante, manifestó toda su vida que la mujer campesina gallega era lo mejor de su tierra, una atrevida posición en unos años en los que aún se le cerraban las puertas al desarrollo de la mujer en su región. Una parte del país que en el Censo de 1910 todavía podía leerse que si en España el 60% de la población era analfabeta, en Galicia se acercaba al 68%.

Dueña de un temperamento fuerte y correoso, la condesa alternaba en su vida y en sus obras la ternura que se le adscribía siempre a la mujer con la fortaleza que se le supone, sea hombre o mujer, a toda persona interesada por la vida alrededor, la situación de su patria y su tierra natal, el nivel social de sus coetáneos y la mejora de la vida de la mujer.

Casada antes de cumplir veinte años con José Quiroga y Perez Deza, un joven muchacho de familia dinerada y bien posicionada en la sociedad, su destino, dadas las costumbres de la época, parecía ser el de una esposa provinciana, fervientemente religiosa y ultraconservadora en sus ideas y su forma de vivir. Doce años después, sin embargo, tras editar su primera novela (1879) y participar activamente con sus escritos en revistas de carácter naturalista y de divulgación científica, se disolvió aquel temprano matrimonio.

Observadora de la realidad que la rodeaba, de los avatares en que el país perdía gran parte de su pasado esplendor histórico y de sus dominios de ultramar, la condesa se movía con firmeza y decisión tanto entre los decadentes ambientes aristocráticos como en el paisaje rural de su tierra de origen, sumida en intrigas aldeanas, un escaso nivel cultural, las políticas caciquiles y el tradicional abandono gubernamental de aquella distante parte del país desde tiempo inmemorial.

La postura más defendida respecto a la mujer en la época que le tocó vivir era que la mujer poseía más imaginación que entendimiento, más prejuicios que memoria y una marcada inclinación hacia la frivolidad; había que velar, por tanto, para que las féminas no olvidaran que habían nacido para ser dependientes y dar gusto a los deseos e ideas del marido.

Doña Emilia no era una feminista radical, como una Rosario Acuña, una Patrocinio Biedma (periodista y vicepresidenta de la Liga de Mujeres para el Desarme Internacional) o de Carmen de Burgos (apodada Colombine) enfrascada en una ferviente lucha a favor del divorcio, del sufragio femenino y del matrimonio civil. Tampoco era su estilo el de una Concha Gimeno de Flaquer, partidaria de un feminismo moderado y católico que defendiera los derechos de la mujer («el siglo XIX nos prepara- escribiría en aquel tiempo- para el triunfo de nuestra causa; en el siglo XX llegará el triunfo de la verdad»).

Dicen que su marido llegó a plantearla el dilema de elegir entre mantener un papel ejemplar en su matrimonio o su entrega a la literatura, y que ella, tan interesada en aquel momento en sus escritos de corriente naturalista- calificada por muchos como atea y pornográfica- optó por la literatura. Pronto, muy pronto sin embargo, empezó doña Emilia a recibir acerbas críticas, no tanto por su calidad literaria como por atreverse a escribir y publicar en un coto reservado hasta entonces, salvo muy raras excepciones, a los escritores varones. Literatos consagrados como Valera o Menéndez Pelayo, criticaban abiertamente su atrevimiento; tanto más cuanto más éxito tenían sus novelas y escritos en el panorama literario. » No me explico como consideran a esa barriguda matrona como dueña de una mentalidad exquisita como escritora», llegaría a denunciar el mismo Pío Baroja.

Sin llegar a ser una combatiente de primera fila por los derechos de las mujeres, lo cierto es que ni creía que la maternidad fuera el único destino de la mujer ni aceptaría de buen grado que, tras nuevas y acerbas críticas, le negara por ser mujer el acceso como académica a la Real Academia Española (1912). a ella que para entonces ya había publicado, entre otros títulos, Los Pazos de Ulloa, La Sierra Negra, La madre naturaleza, Pascual López o El viaje de novios. La marginación profesional que sufría por el hecho de ser mujer no solo no impedía su rebelde actitud personal ni sus manifestaciones en favor de la independencia de la mujer. Tampoco, años más tarde, que en la Asamblea llevada a cabo en el mes de mayo de 1920, un año antes de su muerte, acerca de la implantación del sufragio femenino en España, la condesa formara parte del sector que propugnaba que la mujer podía no ser elegible pero que debía ser electora en igualdad al varón (claro que las otras dos posiciones votadas en la asamblea eran que l mujer debía ser elegible y electora, una, y otra la negativa absoluta a que ocupara en tales trances políticos alguna nueva posición).

Doña Emilia defendía la necesidad de educar a la mujer en igualdad de condiciones que a los hombres. Y propalaba en sus artículos el término feminismo, una palabra que había adoptado tras sus frecuentes viajes a Inglaterra y a Francia. En 1914 había respondido a la pregunta de un periodista: «yo soy una feminista radical, creo que todos los derechos del hombre debe tenerlos también la mujer». Y en 1916 se convirtió en la primera mujer nombrada catedrática universitaria en la historia de España en la modalidad de Literatura Contemporánea.

A la condesa se le atribuyen algunas relaciones con hombres, una fugaz con un joven artista pintor o con el prohombre Lázaro Galdiano, pero el idilio más constante que mantuvo, una unión basada en el amor a la literatura y en frecuentes cartas de amor de amor con su amigo y amante del alma, fue con Benito Pérez Galdós, una pasión de cuatro años mantenida en secreto y en la que confluían sus gustos literarios, sus posiciones en diversos asuntos sociales y, por supuesto, algo más… La escritora vivía aquella relación con una entrega total; el escritor la alternaba con otras relaciones esporádicas que se le presentaban con frecuencia tras su éxito literario y editorial.

Cuando uno lee que el Foro Económico Mundial(2017) advertía que aún faltaban más de cien años para alcanzar la igualdad real en el mundo entre hombres y mujeres, no deja de sorprenderle que en el centenario de su muerte no sea más reconocido el indudable papel de doña Emilia Pardo Bazán en la defensa del aumento del papel de la mujer en el devenir social de nuestro país.

Feminismo moderado y madurez como persona en su relación con un sociedad que tantas veces le fue hostil, eso es lo que se trasluce a poco que se indague en el caleidoscopio de la vida y la obra de doña Emilia, condesa de Pardo Bazán.

En un artículo reciente de Tereixa Constenla, publicado en mayo de este mismo año, 2021, la periodista señala a Rosalía de Castro como la mejor poeta sobre Galicia y la emigración, y a doña Emilia como autora de los mejores cuentos, en especial los de su tierra natal.

 

 

 

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