ARTÍCULO: ¿Turismofobia?

Es muy probable, se informaba hace poco en un artículo, aparecido en La Vanguardia, que tras la pandemia Covid-19 aumenten los viajeros concienciados de que deben colaborar en la conservación ambiental y desarrollo socioeconómico de las áreas que visiten en sus viajes turísticos. Un novedoso concepto que planea ya sobre el sector turístico: el “viaje regenerativo”. Se trataría de dejar el paisaje de destino no solo igual de cómo se encontró, sino mejor para sus habitantes, para el medio ambiente y para otros turistas que decidan viajar al mismo lugar. Se trataría de preservar los ecosistemas de los pueblos y ciudades que tanto pueden ofrecer al turista ocasional. Se trata, en definitiva, de que el turismo evolucione hacia una idea sostenible que transforme el continuo deterioro de los atractivos turísticos en mejoras y beneficios para los residentes del lugar. A la luz de las múltiples quejas de los habitantes que se sienten afectados  en algunas  grandes y pequeñas  poblaciones por todo el mundo, se podría contestar afirmativamente acerca de la necesidad de tal cambio.

A la euforia provocada por los millones de viajeros que surcaban el mundo cada año en busca de la novedad, el descanso estival o cambiar de aires, empezamos ahora a  leer y escuchar críticas, quejas, oposición o rechazo contra diversas costumbres del turisteo actual. La pandemia ha reducido el turismo en destinos sobresaturados, de modo que  no es raro encontrar  un alivio  o  verdadera turismofobia porque en algunas zonas se ha multiplicado el  fenómeno de la aparición de marabuntas humanas sin sentido. Al turismo de sexo y mar que en los últimos veinte o treinta años ha transformado hermosos destinos en  enormes  lupanares, se ha unido en la epidémica época en que vivimos un incremento desmesurado del llamado turismo de Naturaleza, con conductas insensibles, irresponsables o, pura y simplemente, destructivas. Y   así crece la fobia hacia ese tipo de  turismo, el denominado turismo de rebaño.

El prototipo de viaje de los siglos XVIII o XIX, (Clasicismo y Romanticismo), avanzadilla del turismo moderno, era un mero pretexto para expandir la mente, ejercitar comparaciones, descubrir algo desconocido y poner en marcha  el espíritu crítico que todo viajero llevaba dentro de sí cuando la duración de su viaje le permitía la reflexión sosegada, la charla con los compañeros de viaje, quizá incluso la relación pausada con los lugareños. Para qué documentarse antes si precisamente se viajaba para ello. El exotismo, el pintoresquismo, los coloridos locales, los clichés fantaseados (odaliscas, panderetas, gitanillos, domadores de serpientes…), dejaban escaso espacio y tiempo para admirar la naturaleza y refrescar el espíritu. A menudo se viajaba con ánimo apasionado, solitario o melancólico, a la búsqueda de paisajes libres de la impronta humana.

 Poco a poco aparecieron fenómenos, ideas, instrumentos y soluciones que acapararon y dieron vida al nuevo concepto. A partir de los años 50 del pasado siglo surgieron las agencias de viajes, las cadenas hoteleras, las revistas especializadas, los clubs de vacaciones, la multiplicación de máquinas y métodos de transporte, y toda una serie de elementos que han transformado la idea del viaje convirtiéndola en lo que llamamos turismo de masas. Una transformación más del mundo. Si al mundo de la Ilustración le bastaba el viaje mental, si  la época del Romanticismo buscaba la seducción, el turismo de hoy día fragmenta el mundo, lo simplifica, lo etiqueta, lo llena de estereotipos, lo hace previsible. Los avances sociales, la rápida disminución de las diferencias de clase, los adelantos técnicos y mecánicos, incluso la instauración de las vacaciones anuales, supusieron un salto cualitativo a lo largo del siglo XX, un cambio que disminuía la concepción de aquel tipo de  viaje mientras avanzaba raudo ese nuevo y  propalado término: Turismo.

Dondequiera que hay algo extraño, algo bello o nuevo la gente querrá verlo, escribía Arthur C. Clarke

El turista de hoy busca acceder a lo novedoso sin renunciar a lo que soñó. Sabe lo que va a ver, lo que quiere encontrar, como va a ser su encuentro con una distinta realidad; y, como es natural, valorará su inversión según el cumplimiento y el hallazgo de los modos y las preconcepciones que albergaba en su mente cuando partió. Para millones de viajeros el turismo actual por todos los rincones del globo consiste en  ver mucho, fotografiar mucho, comprar mucho y alardear a la vuelta con colegas y amigos de lo mucho que vio, fotografió, compró o probó. No debe haber sorpresas. Solo hallar lo contratado, lo leído en libros y folletos y lo digerido en el sofá de su casa frente a la pantalla de televisión.

Y cuando el producto turístico adquirido no “goza” con las sorpresas que al viajero le esperan en sus destinos: aglomeraciones, infraestructuras escasas, un número de viajes desmesurado, hervideros de vehículos a motor, sean barcos o automóviles, largas colas y tiempos de espera, calles y aparcamientos abarrotados, caos circulatorio…aparecen las quejas, las exigencias, las denuncias, el malestar, los cabreos…

El mayor perjudicado de tal trajín es la Naturaleza, el medio natural, algo que es, y está ahí, a la vista de las generaciones actuales y de las generaciones venideras. Pero si no se le pone coto al inmisericorde uso de sus recursos, algún día se abrirán una a una sus costuras y derramará sobre nosotros todo tipo de calamidades. Hay científicos que piensan que ya ha empezado a  hacerlo, pero los habitantes del planeta no nos distinguimos precisamente por estar dispuestos a leer los avisos que nos envía el mundo que nos rodea.

Las ciudades y pueblos de muchos países del mundo no forman parte de la vida de ese turista visitante que solo va a hacerlos suyos por unos días u horas.  Pero sí deberían ser parte de su responsabilidad. Son de sus habitantes, de sus vecinos, sus agricultores y ganaderos, de sus escuelas de niños, centros sanitarios y de otros servicios. La turismofobia crece en la misma medida en que el turista ocasional deteriora los paisajes, los campos y las bellezas del lugar. Senderistas, paseantes, aficionados al descubrimiento de otras formas de vivir, no  deberían transformarse en ojeadores de gangas, irrespetuosos con los trabajadores del lugar, salteadores a la torera de las señalizaciones, lanzadores de residuos a su alrededor y otros comportamientos similares. La educación del turista consiste en ver, admirar, degustar, deleitarse, sin destruir ni molestar al que vive y trabaja en su medio de vida habitual.

Pero al turismo de hoy se le han empezado a acabar los horizontes. Sí, dice el turista, pero ¿hay algo más?

Hace no mucho tiempo leíamos en un periódico nacional que una empresa española trabajaba con la idea de transportar diez mil personas al espacio en esta década. El primer viaje tripulado tendría lugar en 2021 y el primer vuelo comercial en 2023. Que el espacio, declaran sus promotores, se convierta en una nueva industria turística en sí misma. La mayor parte de los viajes realizados hasta ahora por otras empresas pionera han tenido la duración de unos cuantos minutos. Esta empresa habla de viajar durante horas, cinco pasajeros por vuelo y hasta una altitud de 40 kilómetros. Para ver, admirar y sentirse inmersos en la oscuridad del espacio, la atmósfera azul y la curvatura de la Tierra.

Otra empresa, Space Adventures, por otra parte, ya ha puesto en órbita a varios turistas más y es larga la lista de espera pese al alto coste de la experiencia turística sideral.  Llamativo que los que ya lo han vivido manifiestan no sentirse cómodos con la expresión turista espacial. Más de veinte empresas trabajan actualmente por consolidar los vuelos suborbitales o incluso orbitales, antesala, a buen seguro, de un futuro turismo espacial, incluso planetario.

A medida que la ciencia y la tecnología sigan (y seguirán) ofreciendo posibilidades de calmar la curiosidad humana, el afán por ver y conocer llevarán al Hombre a descubrir nuevos destinos. Dos buenos ejemplos de ellos son el turismo orbital y el turismo submarino. Quizá en pocos años el turismo planetario. La historia del hombre en la Tierra está llena de ejemplos de cosas que parecían  imposibles hasta que aparece la posibilidad.

Dennis Tito fue el primer turista que pagó por viajar al espacio. A finales de abril de 2001, a bordo de un satélite y acompañando a un pequeño grupo de astronautas,  practicó con el sistema de comunicaciones de la nave, contempló el funcionamiento  del equipo de energía y, sobre todo, se “hinchó” a sacar fotos, filmar película  y mirar por las escotillas hasta agotarse. Una actitud parecida a la del viajero que, dos siglos atrás,  contemplaba  por vez primera las maravillas del Taj Mahal, la Gran Muralla China, la Alhambra de Granada o las  Auroras Boreales  de la Laponia escandinava. Cuando regresó a la Tierra unos días después, solo pudo declarar: “acabo de regresar del paraíso pese a estar agotado, sudoroso y tan débil, que no pude salir de la cápsula por mi propio pie como sí lo hicieron mis compañeros“.

Luego está el llamado turismo submarino. Reminiscencias del Triángulo de las Bermudas, de las investigaciones  del comandante Cousteau, incluso de la leyenda de la Atlántida, el turismo submarino siempre ha despertado un interés especial. Por si no fueran suficientes los fondos marinos, flora, rocas, llanuras, montañas, animales acuáticos en su propio hábitat, el turista desciende entre las aguas ansioso por conocer ciudades, navíos, ánforas   y objetos sumergidos,  dispuesto a descubrir la clave de los míticos nombres y sucesos históricos y legendarios de los que tanto ha oído hablar (Ulises, Marco Polo, Nemo, el mítico Simbad…).

   

Las ruinas de ciudades milenarias (Pavlopetri en Laconia, Grecia, Shicheng en la China antigua, Kingston en Jamaica, en la costa napolitana, y otras más) atraen la imaginación del turista que bucea las profundidades marinas tratando de descubrir ocultos tesoros de valor incalculable. Su inmenso atractivo arqueológico e histórico ofrece un viaje a un pasado inescrutable pero soñador.

Las generaciones de turistas de la Ilustración o del Romanticismo buscaban lo mismo dos siglos atrás; ojalá que el viaje orbital y el turismo submarino no caigan en el futuro en los mismos vicios y pecados que el turismo actual. La turismofobia solo se puede combatir con el sentido común, el respeto al pasado, el cuidado de la Naturaleza y un deseo profundo de que las maravillas de nuestro mundo puedan ser conocidas y apreciadas por las inevitables masas de de viajeros y turistas de las generaciones futuras. Para que lo puedan apreciar quienes nos  seguirán en la Historia del futuro es necesario, urgente y  exigible hoy día, el cuidado, respeto y mejoramiento por parte de quienes ahora las podemos disfrutar.

 

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