ARTÍCULO: La UE, euroforia o eurofobia

 

En mayo de 2019 se celebraron elecciones europeas en los 27 países de la UE, uno menos de los esperados tras el Brexit de la Gran Bretaña. Si repasamos la nómina de los Estados votantes, se percibe que la mayoría de ellos le deben a esa institución de Derecho Internacional los años de mayor nivel de vida que han podido disfrutar hasta la fecha. No todos lo ven igual; los ciudadanos europeos presentan diferentes opiniones dependiendo del país (y su fecha de incorporación a la UE), sus clases sociales y sus geografías. Mientras los recién llegados acogen la novedad con entusiasmo, algunos otros, en cambio, piensan con reticencias que todo nuevo ingreso les costará dinero a sus arcas.

El proceso de construcción europea es un sueño, una aventura, un éxito, quizá, pero también un cierto fracaso. Tal relato exitoso está dejando de serlo poco a poco. Se entra para participar del éxito pero la idea de un posible fracaso planea en los últimos años sobre la UE.

Socialdemócratas y democristianos se esforzaron en crear en Europa una especie de estado de bienestar general bajo el influjo de la burocracia alemana y del racionalismo positivista cartesiano. El paso de los años, sin embargo, nos ha mostrado cuanto había de  utopía en pensar que el conjunto de países europeos podrían llegar en un plazo corto a un sistema homogéneo y unitario. Hoy se echan en falta mayores mecanismos para controlar su funcionamiento. La falta de una Constitución Europea, además, produce un conglomerado de países artificial en la apariencia y un tanto artificioso en los procesos de  gestión comunitarios.

EUROPA SEGÚN EE.UU. (2012).

En el proceso de integración europea aparecen tres tendencias:

  1. A favor de la unidad bajo alguna autoridad supranacional.
  2. A favor de acuerdos de gobierno. Intergubernamental.
  3. En contra de todo proceso de integración.

La adscripción ciudadana a una opción u otra viene condicionada por la filosofía de cada país, por las tendencias profundas (religiosas, culturales…) y por el interés de los diversos grupos políticos. Hay países, por ejemplo, en los que muchos de sus ciudadanos piensan aún que el formato puede llegar a ser una amenaza a sus derechos democráticos locales; tal opinión se siente apoyada por el hecho incuestionable de que un elevado tanto por ciento de las leyes comunitarias han sido dictadas por las instituciones europeas con escaso control democrático de los diversos países.

Luego están los nacionalismos tradicionales y el creciente aumento en otros de los populismos. Todo ello avalado porque el Parlamento Europeo carece de jurisdicción para intervenir en tales casos, tanto a través de unas elecciones como en los presupuestos nacionales y en los sistemas impositivos. Tales restricciones se basan en que el proyecto europeo actúa con mayor interés y propósitos en los aspectos económicos que en cuestiones de otro tipo.

Es así como han aparecido diversos desencuentros entre Estados, se ha empezado a hablar de diferentes velocidades y se ha hecho más difícil cada día el equilibrio entre ellos. Comenzamos a oír hablar de jerarquías y dependencias entre países, de corrientes de pensamiento, cobran vigor viejos egoísmos y se extienden tantas opiniones que aumenta el euroescepticismo. La euforia (euroforia) anterior y el optimismo ante el futuro principia a ser sustituido por el desaliento, la desconfianza y el pesimismo. Como escribe Orlando Figes (El País, septiembre 2020), la UE tiene hoy día dificultades políticas para hacer frente a los desafíos coincidentes del cambio climático, la globalización, las crisis migratorias, sanitarias y monetarias.

En la UE existe el mismo esquema de separación de poderes que en cualquier estado democrático, ejecutivo, legislativo y judicial, pero son el Parlamento, el Consejo Europeo y el Consejo de Ministros los que llevan la voz cantante. Todo ello funcionaba bien, sin problemas aparentes, hasta que el aumento de países socios, las diversas crisis de la globalización, monetarias, agrarias, de repartos de poder, incluso la pandemia Covid y el aumento de la emigración a escala mundial han elevado el número y el nivel de los desencuentros en torno a su papel y su funcionamiento. Con la llegada de sucesivas crisis ha emergido con fuerza otro factor: la desigualdad social. Tony Judt, el gran historiador tristemente fallecido en 2009, ya pronosticó hace tiempo la capacidad corrosiva de las desigualdades entre los propios países y/o diversas clases sociales dentro de ellos: Europa– decía- enfoca un época de desigualdad creciente, una difícil situación de los más débiles, el desapego de los más jóvenes y zonas que subsisten en grave estado de pobreza…Hay que moverse para salvaguardar el modelo social europeo.

Europa, la UE, no es un tapiz en estos tiempos, más parece un mosaico bien compuesto pero lleno de agujeros entre países, uno a uno, o  grupos de entre ellos. La UE  hoy en día está  más unificada pero también más dividida. A ello ha contribuido, y no poco, la apertura hacia las naciones del este europeo. No hay una cultura europea ni se ve fácil su logro. La UE es, más bien, la suma de diversas culturas nacionales con un leve toque globalizador: permanecer en la Unión Europea pero seguir  siendo ellas mismas; son europeas, por eso están a la vez dentro y fuera.

Ese es el triste panorama actual: lo que no hace muchos años era todo euroforia y orgullo se va  transformando poco a poco  en denigración y eurofobia.

Y en lo que respecta a España, tal y como van las cosas en los aspectos políticos, económicos, de desigualdades sociales y de rumbo confuso en la gobernanza, en algún momento tendremos que consensuar cuáles son los valores que nos unen: ¿una historia común?, ¿la suma de nuestras partes?. ¿Tan difícil nos resulta coincidir en valores democráticos y en el reconocimiento de la necesidad de vivir en paz tras el grato recuerdo de lo construido en los últimos cuarenta años hasta la actualidad?

Ahora que la UE ha logrado ponerse de acuerdo en la concesión de una importante ayuda monetaria al Estado español, ( y a otras naciones particularmente tocadas por la pandemia), produce un gran pesar ver a nuestros representantes políticos dedicados a atizarse unos a otros, cavando para sus intereses particulares, creando disfuncionalidades y haciendo ruido.

Por el momento, sin embargo, solo se otean dos aspectos que parecen gozar entre nosotros de cierta estabilidad ante el incierto porvenir: una creencia social generalizada en el sistema democrático como mejor medio para organizar nuestra sociedad y la UE, sí, la Unión Europea como organización supranacional en la que, aciertos o errores aparte, conviene permanecer (hace menos frío dentro que fuera de ella). No parece factible  que los estados nacionales puedan afrontar por si solos la suma de crisis que vivimos en estos tiempos. De esa evidencia parte nuestra necesidad de arrimar el hombro para la consolidación de ambos aspectos.

El ser europeo es una característica más de los ciudadanos de nuestro país, pero no parece que, por ahora, sea nuestra identidad; esta sigue basándose, en este momento de nuestra historia, en una cruda realidad: el batiburrillo en que nos hallamos entre la armonización o no entre las Comunidades Autónomas y el Estado-Nación al que pertenecemos. La UE, vista desde ese punto, adopta una función reconfortante: fortalecer a las naciones que la integran cuando parecen entrar en alguna crisis institucional, como le ocurre a la nuestra en los momentos que vivimos. Por ello, a pesar de todo, como advertía Enzensberger hace tiempo: los ciudadanos europeos (los españoles entre ellos) seguirán eligiendo Europa aún sentirse disconformes con la opción Bruselas y las decisiones de los eurócratas comunitarios”.

       EL ORDEN FUTURO SERÁ TANTO MÁS SÓLIDO CUANTO MÁS NOS SACRIFIQUEMOS HOY POR ÉL. (Hermann Hesse).  

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