ARTÍCULO: Sobre la falta de ética social. (Repetición)

 

Aristóteles lo dejó escrito hace más de 2000 años, cómo nacen, crecen, enferman  y desaparecen monarquías y tiranos, aristocracias y oligarquías, dictaduras y democracias. La historia de Occidente esta plagada de ejemplos que ilustran su pensamiento: imperios, monarcas absolutos, repúblicas, generalotes, dictaduras, reyes ilustrados, parlamentarios, ministros, predicadores de  democracias, todo tipo de sistemas político-sociales.  Veintiún siglos después llegamos a lo mismo: entre el poder y el servicio a los demás, en la cosa pública aparecen más veces la perversión del primero que el segundo. ( Un ejemplo de la Historia de España  que tomo de un reciente artículo de El País: Entre 1837 y 1911 solo fueron aprobados 45 de los 1277 suplicatorios para procesar a parlamentarios electos, un 4%!!!).

Qué ocurre si descorremos el telón de nuestra situación actual :

Habíamos pasado de una herencia de cuarenta años de miedo a la libertad, de una masa aborregada tras un salvador caudillista que, inspirado por Dios y por una ideología paternalista y benefactora, tomaba por nosotros cuanta decisión afectaba a nuestra vida diaria y a nuestra capacidad de elección. Dejábamos, pues, atrás una dictadura, lo que hacía que mucha gente tuviera ilusiones y alguna parte también mala conciencia. Pero llegó la democracia y con ella la posibilidad de alcanzar el bienestar económico; se tendería a beneficiar a todos cuando las cosas fueran bien y no se miraría a otro lado cuando las cosas fueran mal. Parecía que el progreso era imparable, que todos y cada uno llegaríamos a más, más arriba, más lejos, más alto, el viejo mito social. Habíamos puesto tantas ilusiones y esperanzas en el cambio político que ahora hemos bajado a ras del suelo y se ha paralizado la creencia de que éramos un país con un futuro sin fin. Varios cientos de años después, tras guerras civiles, localistas o regionales, (REPITO: CIENTOS DE AÑOS DESPUÉS), el país se halla inmerso en un alboroto sideral.

¿Cómo hemos llegado a esta situación desilusionante? ¿Por qué se escucha tan a menudo eso de “vaya porquería de país”?

Hace tiempo que había mucha gente que no hacía más que repetir que la cosa no iba bien, los de la tercera edad, sin ir más lejos, gentes que, tras vivir una vida de esfuerzos y escasez, no podían entender ni la escasez de sus pensiones ni la falaz apariencia de nuevos ricos en que sus hijos y nietos parecían vivir. La borrachera extendida de que todo iría a más, la idea ilusa de que las oportunidades no tendrían fin, estaba asentada, sin embargo, sobre los pies de barro de una existencia engañosa y mixtificadora. Y claro, el tortazo mayúsculo que nos ha dado la realidad nos ha dejado turulatos. La picaresca desmedida, la insolidaridad regional y la reaparición de los nacionalismos, todos los viejos fantasmas de nuestra sociedad, habían permanecido ahí, ocultos bajo la alfombra y a la espera de volverse a activar.

Quizá fue la complicidad entre el especulador inmobiliario, el paso de una economía productiva a otra financiera y, por supuesto, la existencia de unos partidos políticos, ayuntamientos o comunidades, que para llevar a cabo esos mil y un proyectos nacidos la mayoría de las veces más de su necesidad de sentirse únicos, diferentes, sublimes y poderosos, que de una auténtica realidad social. Quizá no conocíamos la pecaminosa relación que suele establecer la vida pública estatal, autonómica o local, con el dinero. Quizá desconocíamos las inmensas cantidades que manejaban nuestros representantes en los tres poderes democráticos tanto fuera como dentro de los cauces reglamentarios. Es posible, también, que los controles  de nuestra democracia fallaran, entre otras cosas porque no pocas veces sus titulares son los mismos que crearon y los pusieron en marcha. No supimos descubrir a “los listos”, personajes e instituciones políticas nacionales o autonómicas sin escrúpulos, capaces de aprovechar cualquier ocasión para infiltrarse en todas partes en pro de sus intereses bastardos y separadores.

¿ Y los medios de comunicación? Los unos, los independientes y privados, no tienen paciencia (el share y la cuota de pantalla no se lo permiten) y  se aprovechan del barullo; los otros, cercanos a una u otra filosofía política y/o social, se dedican a vivir de la información, falsa o real, concedida o filtrada por  uno u otro poder.

Después llegaron los viejos mitos de nuestra historia: los “descamisados” de aquí, la honradez de los pobres frente a la deshonestidad de los ricos, las diferencias regionales, y, al fin, los nacionalismos, el mito de la tribu y de la horda primitiva que, o bien impiden construir con los demás los valores comunes o alimentan la sinrazón, la  violencia y su propia autodestrucción para que unos cuantos de ellos se libren de sus felonías o consigan sus intereses.

Se ha perdido la confianza, ha aumentado la mala educación y han aparecido los insultos, en la calle, en la tele y la radio, en el parlamento. La violencia verbal y el relativismo, en fin, se han instaurado en la sociedad, disfrazados, la mayor parte de las veces, bajo una idea sumamente laxa de la libertad y del derecho a la libre expresión . Las virtudes públicas brillan por su ausencia, especialmente entre los referentes políticos (los nuevos y los de antes),  y las virtudes privadas, individuales, se ven amenazadas continuamente por la falta de ejemplaridad. En esas estábamos desde hacía cierto tiempo cuando nos llegó la crisis: la economía atacó nuestros bolsillos y  la caza y búsqueda de los culpables afectaron también a nuestra visión del mundo, a la ética pública y a la moral.

Cuando en una sociedad se traspasan los límites, terminan por darnos asco los actos de los demás, la ética brilla por su ausencia en los comportamientos sociales y son la mentira, la ocultación y el engaño, la violencia incluso, los que  echan por tierra nuestra confianza en el ser humano, en el país en que vivimos y en las instituciones encargadas de gobernar. La corrupción de unos pocos se ha multiplicado hasta tal punto que nadie avista en el horizonte político un plan capaz de aplicar la cirugía necesaria a la crisis económica y moral en que vive nuestro país.

El actuar en los límites y al borde del sentido común, el amor por el riesgo y la sensación de poderío que ello transmite, ejercen una poderosa atracción sobre cierto tipo de individuos cuyas vidas, vacías, se ven colmadas por la autoridad que les confiere un cargo  político, un puesto decisorio  en las instituciones  o una responsabilidad social. Entonces dejan de ver que disfrutan de esa cargo por delegación y se imbuyen de la idea de que son ellos, y solo ellos, los que saben, conocen, dominan y deciden, cómo han de ser las cosas: eso sí, siempre por el bien de los ciudadanos y al servicio del bien público nacional o local. Una vez perdido el norte les es fácil desechar la idea del servicio a los demás y disfrazar sus decisiones y alegatos en beneficio propio, sin remordimiento alguno por el menoscabo de los demás.

La tendencia a la corrupción está en la naturaleza humana y moverse por interés nos es consustancial, pero ahí está la conciencia, la ética o la moral, para levantar barreras. Y siempre está la Justicia, cuando ella misma no se ve (cosa que también ocurre) infectada por el mismo virus que pretende justiciar.

¡Qué razón tenía Aristóteles, más de 2000 años atrás!: cuando un sistema gobernante no cumple con su función es misión del pueblo soberano reformarlo y hasta llegarlo a cambiar. Pero en el mundo de hoy ¡ es tan fácil cerrar los ojos, quejarse, pero dejarse engañar!

(REPETICIÓN DEL ARTÍCULO PUBLICADO EL  6/04/2018.  SIGUE DE PLENA ACTUALIDAD)

2 Comentarios Agrega el tuyo

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    Me gusta

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