ARTÍCULO: A vueltas con la moral y la ética.

 

                                                                             ¡QUE EL PRÓXIMO 2020 TE VAYA TODO BIEN!

 

 

Vemos la serie Los Vikingos (Netflix) y descubrimos, entre otros muchos elementos, un ambiente tribal unido por fuertes lazos atávicos (familia, grupo, particulares códigos de honor, tribu, sentimiento de pertenencia a un clan…) que envuelven el devenir de los personajes, factores mucho más sólidos y permanentes que el ansia por vivir y por la libertad.

El emperador romano Marco Aurelio, en su obra Meditaciones( 170/180 d.C.), un hermoso conjunto de reflexiones sobre una vida conforme a la moral y la ética de su tiempo, describe entre otras características las siguientes: el buen carácter y la severidad, generosidad y abstenerse de obrar mal, frugalidad en el modo de vivir, evitar trabajos inútiles, tener en cuenta las envidias, la astucia y la hipocresía de los tiranos, el amor a la familia, a la verdad y a la justicia, el dominio de uno mismo, no dejarse arrastrar fácilmente y, una más, darse cuenta por uno mismo de cómo es el mundo al que se pertenece. De ahí parte la importancia de mantener una posición moral , único modo a su juicio de frenar en lo posible el endurecimiento del corazón ante los sucesos de la vida,

Somos homínidos (aunque nos llamemos homo sapiens), seres con instintos, pasiones y sensaciones, cuyo especial distintivo es la inteligencia; a lo que nos humaniza lo llamamos socialización. La evolución de nuestra especie ha dado sentido a nuestra necesidad de pertenecer a un grupo, manejar de un modo u otro la hostilidad hacia los otros y poner en funcionamiento diversos modos para sobrevivir. De ahí nos viene la tendencia a dulcificar nuestras ideas y pasiones con tal de no quedar desplazados y fuera del grupo al que deseamos pertenecer.

Lo que no beneficia al enjambre tampoco beneficia a la abeja. (Marco Aurelio dixit, 170/180 d. C).

Es la eterna pelea del hombre entre su individualidad y el formar parte de un grupo en el que depositar su identidad. Si repasamos nuestras propias vidas muchos convendremos en que nunca nos hallábamos mejor, más felices, que cuando cooperábamos con otros para pasarlo bien. Por ejemplo en la infancia. Qué ocurre, pensamos y descubrimos más tarde con el paso del tiempo; cómo nos convertimos en individualistas e inaccesibles para los demás.

Existe un cierto tipo de hombre que cuando hace un favor está dispuesto a cargarle en cuenta al otro el favor. (Marco Aurelio dixit).

En la infancia se busca una definición exacta de las grandes palabras que oímos a nuestros mayores: el deber, la justicia, la religiosidad, la buena ciudadanía y los buenos modales. Y así. Más tarde se descubre la realidad, que la mejor solución, en la mayoría de los casos, es aferrarse a lo que resulta de uso general. En resolver el conflicto entre las normas que imponen cada uno de nuestros mundos está el origen de la conciencia moral.

Cava en tu interior. Dentro se halla la fuente del bien, que será capaz de brotar mientras no dejes de excavar. (Marco Aurelio dixit).

Frente a la moral de los valores, frente a la ética tradicional de corte aristotélico, aquiniano, agustiniano, luterano quizá, se han presentado a lo largo de varios siglos  diversas corrientes de pensamiento sobre el modo de vivir. La Ilustración, más tarde, predicó que el ser humano tenía que crear por sí mismo un mundo de igualdad y libertad, alejado de la ignorancia y de la tiranía del poder (en España nos lo perdimos, como es bien sabido, y hemos tardado demasiado tiempo en comenzar a vislumbrarlo). Tras el arrollador paso de la Ilustración por la Historia frente al encajonamiento del mundo anterior en un orden, un estilo, un reparto desigual de los papeles que las personas ocupan en la sociedad, se propagaron más tarde la defensa de la libertad individual y novedosos códigos de derechos y obligaciones. La libertad creadora del ser humano aparecía entonces como  factor fundamental frente al código de valores éticos sustentado hasta entonces.

Las pequeñas virtudes, las verdades a medias, la sobreabundancia de dogmas políticos y religiosos de los siglos anteriores, saltaron por los aires a partir de mediados del siglo XIX, cuando cobraron fuerza nuevos modos de ver el mundo y la búsqueda de modos de expresión  alejados un buen trecho de la Costumbre y de la Tradición.

Y el Hombre empieza a darse cuenta de que las ideologías, los dogmas y pronunciamientos, las doctrinas, sean militares, religiosas, políticas o de otro cariz, a menudo son solo trampas para arrastrar al ser ignorante y burdo a seguir sin el más mínimo análisis a quienes dicen predicar la verdad. El mundo se divide entonces en dos mitades culturalmente distintas: las izquierdas (término general) hablan desde la superioridad moral que se conceden a sí mismos; las derechas ( término general) lo hacen desde un conservadurismo que enlentece el progreso y fomenta la desigualdad.

Solo tenemos el presente. El pasado y el futuro no lo podemos perder. (Marco Aurelio dixit, 170/180 d.C.).

Uno escruta el pasado con mirada investigadora y observa cuánto y qué rápido cambian nuestros modos de vivir. Pero la evolución moral y ética parecen ir siempre  a rastras, desgraciadamente, de los cambios del mundo.  Y a menor velocidad. Los nuevos códigos éticos tardan mucho en crecer porque la sociedad, en gran parte, ha perdido la brújula moral. En ocasiones , en sus reflexiones íntimas, el ser humano vuelve a los mismos valores de antes, pero se olvida de ellos en cuanto entra en contacto con cualquier grupo social en cuyas filas es aceptado y le es permitido convivir.

¿Qué ocurre con los valores?, le preguntan a  Alfredo Sanfeliz,  experto en Facilitación, en reciente entrevista en la revista digital La Fronterad . Y él contesta: “El respeto por las personas de sus principios y valores tiene bastante relación con el nivel de satisfacción de sus necesidades. Cuanto más satisfechas estén y mayor la holgura para satisfacerlas más fácil nos resultará ser fieles a nuestros valores. Pero cuando nos aprieta una necesidad es probable que, de forma consciente o inconsciente, estemos más dispuestos a saltarnos nuestros propios límites. Y en esta sociedad de creciente creación de necesidades sociales en la que casi todos vamos con la lengua fuera, los valores se han aparcado más de la cuenta dejándolos únicamente en su aplicación superficial o estética.”

Ser auténtico, actuar por principios, vivir en la obediencia a un código personal de conducta y a una conciencia moral escogida libremente, son líneas que pierden prestigio ante una archirepetida moral del cambio que se convertirá en irreversible a medida que el desarrollo de las ideologías y el uso indiscriminado de las tecnologías se expandan por doquier. El aislamiento del hombre moderno y su sensación de soledad frente a un mundo incontrolable de alianzas, núcleos de poder y tiranías camufladas,  nos crean, no obstante, la sensación de vivir en un mundo aparentemente feliz; un entorno, sin embargo, tan poblado de individualidades, soledades y depresión, como ebrio de pertenencia a creencias, sectas, ideologías políticas, grupos económicos dominantes y otras jerarquías sin fin.

Hoy en día lo que más une a la gente son las vidas inadaptadas y los complejos. (Declara Hércules Poirot en una de sus películas).

Para sentirse adaptado   a la Ética y la Moral  nuestra libertad personal exige, hoy en día, criterio, independencia de pensamiento, racionalidad, fortaleza de ánimo, conocimiento y aceptación de uno mismo y de la propia identidad, algo complejo y desconocido para muchos y vilipendiado por lo general. Un esfuerzo personal, difícil e inexplicable, si se compara con el confort y el buen ambiente de la pertenencia a la tribu, al Partido, al colectivo económico, a la diócesis o a cualquier otro grupo que exija en sus fundamentos una sumisión completa y sin ambages a la filosofía grupal.

Leí hace tiempo que existen una moral inflamable, una moral censora, una moral vigilante,  y la de la traición delatora; pero que también existe la moral pública, la de la ética social, la moral de las conciencias, la de la solidaridad con los afligidos, la de la educación y el respeto. Una moral exenta de prejuicios e ideas preconcebidas sobre los demás. La ética, añade la renombrada socióloga Victoria Camps, consiste en aprender a gobernar nuestra ira, la indignación y la cólera ante el devenir. Aunque a veces, ante la injusticia, por ejemplo, tales comportamientos lleguen a ser emociones necesarias para actuar en sociedad.

Es tan delgada la línea que separa lo moral de la inmoralidad que los predicadores de hoy día han patentado el concepto de a-moral; algo parecido se hace con la acepción de lo justo: entre lo legal y lo ilegal, los predicadores sociales han dado a luz lo a-legal.

La MORAL y la ÉTICA siguen siendo en cierto modo, pues, una incógnita incapaz de aunar la evolución de los tiempos del ser humano con el feliz reconocimiento de los mejores modos de vivir. Sin una moral de Cooperación (a nivel individual pero también grupal), será muy difícil prevenir malignos usos nucleares, afrontar las consecuencias de un cambio climático que todo el mundo siente menos el que no lo quiere ver, regular la veloz capacidad de los ámbitos científicos para introducir con sabiduría el extraordinario avance de las nuevas tecnologías, las políticas basadas en el egoísmo de unos cuantos, el mundo de los robots, la bioingeniería y las biociencias, la inteligencia artificial o simple, y llanamente, el avance de unos usos sociales que nos conducen a la paradoja de sentirnos cada día más solos cuando proliferan y aumentan las posibilidades humanas de sentirnos en comunicación.

¿La Moral?, ¿La Ética?:   El dueño de su interior, cuando está de acuerdo con su naturaleza, presenta una actitud capaz de adaptarse a  las posibilidades…..(MARCO AURELIO, dixit, 170/180 d.C.).

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