ARTÍCULO. Relato literario: Tal como éramos…

   

 TAL COMO ÉRAMOS…

Aventajado de estatura, cráneo calvo y brillante, algo cargado de espaldas y bigote fino y oscuro, el licenciado Bernia atendía la botica con la ayuda de un mancebo   especializado  en extirpar granos, callos y durezas. Emergía tras el mostrador,  entre pomadas y calmantes, con su chaquetilla blanca,  ávido de administrar  consejos y  fomentar chismes, tertulias y rumores. A tal punto se habían  acostumbrado sus parroquianos a las chanzas y bromas sobre su soltería, que el pueblo entero se alborotó de arriba abajo ante el repentino anuncio de que Eutimio Bernia se casaba.

Se había acercado a las fiestas de una aldea cercana y había sacado a bailar a una chica poco conocida. . Fue visto y no visto. Como si ambos solateras hubieran esperado a que en el tapiz de sus vidas se desplegaran inverosímiles carambolas, el flechazo amoroso se presentó centelleante cuando ya, en su fuero interno, uno y otro habían admitido que había pasado el tiempo de encontrar un nido en el que aposentar su herido corazón. Y en el otoño de mil novecientos cincuenta y ocho se casaron.

Tan de pleno atinaron en el débito conyugal, con pulcritud y devoción, que Candela, treinta y dos años cumplidos, piel lechosa y pelo negro ensortijado, mostró muy pronto los signos externos de su maternidad y se aprestó a dar a luz a su único vástago. Ni día más ni día menos, nueve meses exactos. El dieciocho de julio del cincuenta y nueve.

Eutimio Bernia saltaba loco de alegría. Era natural. En la rancia sociedad de aquellos años, un mundo estricto  en el que curas y soldados marcaban el camino, el boticario Eutimio, empedernido soltero de la quinta del treinta y seis, había desarrollado un modo harto peculiar de imitar las acciones de su mito. Qué suerte, qué ventura la mía, escribió a los amigos con quienes había compartido el servicio a las armas, le voy a llamar Francisco en honor al Caudillo.  Ni que lo hubiera preparado. El chico había ido a nacer en el aniversario del por siempre glorioso alzamiento nacional. No contaba, sin embargo, con la fortaleza inusual con la que Candela impondría finalmente su criterio: el niño se llamaría Ricardo, como su abuelo.

Hija de ferroviario, la infancia de Candela había transcurrido entre la garita del cambio de agujas y los apeaderos del ferrocarril. Todavía años más tarde, sin poder evitarlo, se lanzaba a mirar por la ventana cuando oía el lejano pitido de algún tren. Un mundo imaginario, invadido por locomotoras ennegrecidas y los retratos de un padre ataviado con los nobles atributos de un jefe de estación, quepis rojo y rodillo enfundado del mismo color. Rememoraba también su colección de estampas con las vidas de santos, unas historias pías de las que se colgaban en la infancia ella y su hermana Inés; un planeta mágico que se abría ante ellas  en las tardes de su juventud, ahítas de silencio y soledad, cuando entre los pinos y encinas que rodeaban su casa se colaba un vientecillo frío que las recluía en el desván. Luego murió su padre tras una pulmonía provocada por los fríos del ferrocarril. Loado sea Dios, exclamó entonces la madre al ver  ingresar a  sus dos hijas en el mismo convento. Exacerbados sus místicos fervores por la cruel indigencia, una con diecisiete años, con catorce la otra, vivirían historias verdaderas de piadosas heroínas y  se harían realidad sus beatíficos sueños.

Inés comenzó a perder vista tres años más tarde y la ceguera terminó con su aventura monástica un lustro después. El día en que la madre priora invitó a la ciega a abandonar la orden, el convento empezó a parecerles diferente a las hermanas, más lóbrego e inhóspito. Perdieron la esperanza, después la caridad y desaparecieron también los gramos de fe que necesita una monja para cumplir con su oficio. Candela se dio cuenta pronto de que su vida vagaba sin rumbo.  Extraviado el timón que la había guiado hasta entonces, le quedaba solo  el recuerdo soñado de sus fantasías juveniles. Aprovechó, pues, el incidente de su hermana y, en vez de mostrar que no le apetecía continuar en la orden, que detestaba tanta falsa sumisión y que comenzaba a no aceptar que sus arranques de ardor fueran motivo suficiente para la autoflagelación, presentó su salida del claustro como un gesto solidario con la ceguera de Inés. Estudió magisterio, lo más socorrido por entonces, y quedó a la espera de hallar al hombre de su vida o  de dedicarse a vestir santos en la vida civil. Al poco  conoció a Eutimio y le cercó obsequiosa, una rara joya metida en los cuarenta, de vuelta de casi todo y un tanto autoritario. Y así fue como, durante una época, se convirtieron ambos en la comidilla y la novedad de aquel pueblo aletargado.

Admira contemplar la insólita manera con la que el calendario dispuso el reparto de la dicha en la familia Bernia a partir de entonces. A la emoción de Candela por haberse casado el mismo nueve de octubre en el que Juan XXIII iniciaba su pontificado, se añadían por partida doble la felicidad que Eutimio mostraba todos los dieciocho de julio y que su hijo Ricardo, jugador de chapas en la calle con la efigie de los héroes ciclistas del momento, alardeara con sus amigos de haber nacido en la fecha exacta en la que el gran Bahamontes había ganado el tour.

Pocos años más tarde, con el uso de razón, el niño inició el necesario viaje que hacen todos los chicos al tratar de entender los matices de sus padres. Empezó a entrever las metódicas costumbres de su progenitor y su figura se fue empequeñeciendo mes a mes, año a año. Junto a aquel bigote grisáceo que envejecía a diario en la botica y que Eutimio regaba generosamente cuando salía de bares, un mostacho fino y recortado que lo único pragmático que había hecho en la vida eran las cosquillas que le había obsequiado a Candela durante su noviazgo, el niño solo se extasiaba ante aquella calva lisa que destellaba blancos. Le veía desayunar despacio y desaparecer sin cruzar palabra, abrir la farmacia, clarete y pincho hacia el mediodía, cerrar la botica y atizarse una caña rápida de camino a casa, antes de comer. Vino en la comida, un chupito y un puro, rematado todo con una buena siesta y un café. Abrir de nuevo a las cuatro y media para cerrar a las ocho, partidita de mus, si no tenía guardia, y una copa o dos para acompañarla. Vino para cenar y un coñac abundante antes de irse a la cama. Su padre se acostaba literalmente cocido. Minutos más tarde se le oía roncar. Su madre, entretanto, trajinaba en la cocina, instruía a la criada y se iba a la cama con el fiel acompañamiento de una botellita  de agua caliente envuelta en una toalla para la ocasión.

Ello explica que el chico no tardara demasiado en aceptar con dolor que su padre era un rancio corazón de férreas costumbres y hábitos reiterados. Cuando ya en edad mayor le preguntas a Ricardo por los afectos de su niñez, te contesta que a qué te refieres con eso, que él puede hablar del trato tierno y suave que su madre le otorgaba y de las mañanas cantarinas en que ella y la tía Inés entonaban maitines mientras arreglaban la casa,  pero que jamás había sentido que su padre le amara; que con su severidad y  lejanía ni le había ayudado a  ser niño,  ni casi adolescente.

Echa la vista atrás y le parece mentira ser el mismo que el chiquillo que consumía los días corriendo tras la bola desde la mítica posición de extremo izquierdo. Sacaba carretillas de aprobados sin esforzarse mucho a pesar de que un atrevido maestro  hubiera diagnosticado que el chico tenía talento pero que a él le parecía un poquito vago. Y evoca también la mirada extraviada de don Jeremías el día en que le  preguntó que si los Cristos estaban siempre escuálidos, ya  fueran yacentes y exangües o joviales y con la sonrisa del resucitado, por qué quienes atendían su iglesia, fueran obispos, frailes, curas o  canónigos, aparecían siempre tan gordinflones y panzudos.   Dios mío, repite Ricardo hoy, con qué pocas cosas se es insuperablemente feliz.   ¡Bendita infancia!

Así transcurrió su niñez, falta de equilibrio, pues sabido es que las madres cuidan y acunan a los hijos, pero es el padre quien ha de aparecer ante ellos como el heraldo del deber. Luego avanzó el calendario y resultó inevitable que su padre y su madre empezaran a distanciarse. Hacía mucho tiempo que doña Candela había aceptado que no se había casado con el príncipe azul, bastante había tenido con cazar a aquel hombre que le había otorgado una segunda vida, pero se les había terminado el gas del himeneo, le sentía muy lejano y no daba para más la escasa ración de rozagante amor que suele acompañar a las parejas maduras.

Sin embargo, la naturaleza dulce y apacible de doña Candela no estaba exenta de un ánimo vehemente cuando se trataba de cosas importantes. Y el futuro de Ricardito lo era. Y así, llegado el momento en que Eutimio anunció a la familia que iba a apuntar al chico en las Juventudes de la Falange y de las Jons, ella se cerró en banda y se fortificó.

_ Mira Euti – arguyó con voz firme – la base del Movimiento es reclutar españolitos de bota negra de media caña, mejor desde la infancia. Los chicos a la falange y las niñas a esa odiosa sección femenina, esa especie de secta que agrupa en sus filas a las mujeres más feas del país. ¡Y tú quieres meter a nuestro hijo en ese crisol!

_ Pero Candela, mujer, cómo puedes decir eso, si resulta obvio que el Movimiento reúne a lo mejorcito de la nación. Vas a hundir al niño de tanto protegerlo; tanto distribuir la hoja parroquial, tanto rezar el rosario pegados a la radio, solo pueden conducirle a contestar amén. La Falange, en cambio, es más universal, sus rituales fomentan el vigor de espíritu, enseña a respetar los valores patrios y dota de un aire marcial que puede facilitar el futuro del chico. Y además ¡qué coño!- aquí se engallaba-, es mi hijo y ya va siendo hora de que se evada de ese brumoso mundo de faldas y sotanas.

Y para fortalecer su posición, un día de aquellos tomó a Ricardo de la mano y se lo llevó al cine, a ver “Franco, ese hombre”, la única ocasión en su vida en la que el chico vio a su padre llorar.

Que lo diga el chico, gritaba doña Candela. No tiene ni voz ni voto, clamaba un Eutimio altanero y bravo, como al mocoso este se le ocurra abrir la boca, por el Generalísimo que le suelto un sopapo. Más de dos meses largos duró aquella reyerta, una de las raras ocasiones en que Ricardo recuerda haber visto a sus padres despotricando a gritos el uno contra el otro.

El reverso de los acontecimientos de aquella discusión fue el profundo cisma que se originó en la familia. Mientras su madre le cercaba y le regalaba libros sobre la castidad, su padre le atisbaba en la distancia con una insufrible combinación de arrogancia y pena, pero sin osar  hablar con él de las cosas más recias de las que hablan los hombres. Mientras don Eutimio, un viejo prematuro de vida monologada y carácter violento, ganaba autoconfianza en los bares (que ni sindicato nacional ni  concubinatos que hieden a marxismo, defendía) y extendía la buena nueva del nacionalcatolicismo,  doña Candela, la criada y la tía ciega asediaban a Ricardo, rezaban juntos el rosario y se entretenían escuchando el consultorio de la señora Francis, que llenaba las ondas de humildad y recato, y alertaba de las aviesas intenciones de todo ser viviente que fuera portador de un colgajo entre las piernas.

Edelmira, la criada, feúcha pero muy buena chica, decía doña Candela, cariñosa, leal y llena de alegría, era la única base firme que todos respetaban. Poco proclive desde siempre a salidas y devaneos, a la chica no se le conocían sofocos ni suspiros así que les sentó como un mazazo que, de la noche a la mañana, les comunicara que dejaba de servirles porque se marchaba para casarse con el  maestro de su pueblo. Un problema no menor que resolvió ella misma el día en que les presentó a Celesta, una chica de la montaña, diez años más joven que ella, que sin que Ricardo lo imaginara por entonces, iba a desempeñar un papel decisivo en su despertar.

Véase la infinita ironía con que narra tan fausto acontecimiento: Tenía yo doce años cuando llegó Celesta y no fui consciente al pronto de sus innegables dotes. No estaba preparado. Pero dos años después empecé a espabilarme ante aquellos ojos grandotes de largas pestañas que me miraban a hurtadillas, las falditas cortas que escandalizaban a mi madre y el par de poderosos montículos que la adornaban y que  terminarían por convertirse  en el primer icono lúbrico de mi adolescencia.  Mi madre se olió algo, o quizá le llamara la atención mi nerviosismo; el caso fue que, unos días después,  descubrí las maletas  de Celesta en el zaguán de nuestra  casa.

Indignado en exceso por las maneras dictatoriales con que su madre le había hurtado su erótico juguete, “tu madre tiene razones que tu razón ignora”, le decía autoritaria, Ricardo se transformó en un déspota doméstico, un adolescente vanidoso más partidario de negarse a toda orden que de seguir los consejos de quienes convivían con él. Con un padre desligado de la ley familiar y una madre clueca que le protegía, resultaba harto sencillo que Ricardo ahondara más y más en su inconsciente enmadramiento.

Alarmada, doña Candela fue a confesarse con el cura párroco. Se acercó llorando al confesionario y con rostro espantado le preguntó  a su director espiritual:

_ Padre Jeremías, ¿no he hecho bien en echarla de mi casa?

_ ¿Quién lo sabe, hija mía? Si Ricardito es propenso y ha descubierto ya el nauseabundo horror de los tocamientos impuros, encontrará el modo de salirse con la suya.

_ ¿Qué puedo hacer padre?… Si yo lo que quiero es que consagre su pureza a la Virgen María.

_ No sé, Candela, no sé. Quizá podrías hablar con el director de las Juventudes Marianas y pedirle que te ayude. Que le enseñen a guardarse para la esposa que Dios le haya preparado y que aprenda a actuar con limpieza moral cuando sienta que a sus jóvenes carnes le atacan los gérmenes de la lascivia y de la sensualidad.

_ Tiene usted razón, padre, si no canalizamos sus bajas pasiones se me echará a perder con tanta pelandusca como anda suelta.

Sin embargo, los planes y designios de la familia Bernia estaban destinados a venirse abajo poco tiempo después.

En el mes de septiembre de 1975 el país entero amaneció crispado tras unas ejecuciones llevadas a cabo sin que el Caudillo ejercitara las medidas de gracia que más de medio mundo le había solicitado. Sorprendido  en extremo por los espasmos que una decisión tan lógica y razonable llegaba a provocar, Eutimio Bernia se mostraba humillado, desolado y abatido. Ahora que el Caudillo le necesitaba a su lado aquel uno de octubre, ahora que él mismo habría agradecido sentir de nuevo la comunión de ideales, hombro con hombro con los viejos camaradas, le tocó estar de guardia en la farmacia. Pero nada iba a pararle: si Mussolini tenía su plaza de Venecia y Franco la de Oriente, Eutimio tenía el salón de su casa. Y así, en los días siguientes, tras aprenderse el discurso de memoria, se enfrentaba al espejo y lo reproducía  imitando la vocecilla débil y  meliflua con la que peroraba el general:

” Españoles, gracias por vuestra viril adhesión y por esta serena y digna manifestación pública que me ofrecéis en desagravio a las acciones de que han sido objeto nuestras representaciones diplomáticas en Europa.”

Una mano en alto, la otra en la cintura como si sujetara un imaginario fajín, Eutimio seguía con el discurso mientras rompía a llorar.

“Todo obedece a una conspiración masónica e izquierdista, en contubernio con la subversión comunista en lo social que, si a nosotros nos honra, a ellos les envilece…Evidentemente, el ser español vuelve a ser una cosa seria en el mundo. Arriba España.”

Y luego, mientras la prensa mala hacía las cuentas y concluía, jocosa, dónde coños estaban metidos los otros novecientos mil de que hablaban los medios oficiales, Eutimio reprochaba:

_ Ese príncipe, ¡será mequetrefe! Ahí le tienes. Firme, pero sin levantar el brazo ni siquiera sonreír. ¡Menudo futuro nos espera!

El Caudillo enfermó a los pocos días de aquello y Eutimio, mitad por simpatía, mitad marcado su ánimo por la enfermedad terminal de su guía y faro, empezó también a quejarse del abdomen y a manifestarse fuertemente fatigado. Se encontraba tan mal tras el más leve esfuerzo que tuvieron que ingresarle de urgencia en el hospital. Desde allí seguía las noticias por la radio mientras transcurrían los análisis en pos de un diagnóstico que los galenos emitieron rápido en cuanto supieron de la afición del enfermo a conocer botellas y a recorrer los bares.

Como si una vez más hubiera elegido con aguda certeza la fecha postrera de su existencia, el licenciado en farmacia Eutimio Bernia entró en coma y, en la madrugada del veinte de noviembre, abandonó este mundo en los mismos instantes en que, kilómetros más lejos, expiraba también aquel caudillo que durante toda su vida había iluminado sus escasos ideales y dado fuerza  a los retazos más altivos de su personalidad. Allí estaba Ricardo, al lado de su madre,  esforzándose el pobre para que nadie notara que desviaba la vista para no verle morir.

Se llenó, entonces, de nuevo la Plaza de Oriente. Nadie osaba perdérselo y todo el mundo quería participar. Era aquella una rara oportunidad para un país al que siempre han fascinado las muertes ilustres y los grandes entierros. Acosados por la simultaneidad, los vecinos y amigos de la familia Bernia se mostraban dubitativos entre ambos sepelios, pero, una vez más, allí estaba don Eutimio; rindiendo quizás un último servicio, el boticario cedió el protagonismo al que tenía derecho en su pueblo. Así fue como sus paisanos peregrinaron a la capital y pudieron dar su último adiós al eximio dictador.

Los pocos hombres recios que habían quedado en la localidad le llevaban a hombros. Detrás desfilaban su familia cercana, sus parientes políticos, dos cojos, un borracho rumboso, algunas vecinas y unos cuantos perros. Con el argumento solidario de asistir al entierro de uno de su misma rama y dedicación, el médico del pueblo, y también el practicante, se libraron de mostrar en público su íntimo desagrado con la vida y la obra  del guerrero  a cuyo ataúd se asomaba, en aquellos momentos, una ingente muchedumbre en la capital.

El camino del cementerio cruzaba un prado acotado en el que unos chotos pastaban, cansinos y apacibles. El crepúsculo era brumoso y gris. El otoño estaba servido. Una bandada de grullas oscureció el cielo y acribilló a la comitiva con sus locos graznidos. Cruzaban el pastizal cuando, inopinadamente, se arrancó un becerro. Primero a tirones, que voy que no voy, después al trotecillo, se vino hacia el cortejo con la cara alevosa y la testuz erguida. La gente lo vio venir y no tardó en desperdigarse en medio de la barahúnda. Los que portaban el féretro lo lanzaron por los aires y salieron de naja en trepidante carrera hasta subirse a una tapia que marcaba la linde con el camposanto. La caja cayó a tierra con tamaña brusquedad que  la tapa saltó de sus goznes y allí quedó don Eutimio, con el rostro impávido y los ojos cerrados, como si no quisiera contemplar el morrudo careto del irrespetuoso eral que se atrevía a arrimarse al cajón para joderle de paso su paseo postrero por la faz de este mundo.

Compareció el mayoral y solucionó el entuerto. Los asistentes recompusieron la figura, el médico echó un vistazo, certificó el suceso y ordenó que cerraran el féretro de nuevo. Le llevaron en volandas hasta depositarlo al lado de la que iba a ser su última morada. Se rezaba el responso cuando empezó a chispear. El cura miró al cielo, calibró la situación y ordenó al monaguillo que guardara el hisopo. Los enterradores lo bajaron deprisa y aumentaron el ritmo de sus paladas al ver el frío diluvio que se desplomaba sobre ellos. La viuda besó un gladiolo y lo lanzó a la fosa. Ricardo se envolvió en un gesto dramático y deslizó un pegote de barro que rebotó en el ataúd como si fuera una pedrada.  Asco de día y asco de oficio, farfulló el sepulturero mientras se quitaba la gorrilla y se cuadraba ante la familia con cara de pésame y gesto petitorio.

Sic transit gloria mundi, musitó la ciega.

(Este relato propio, premiado en un Certamen Literario de Relatos en 2015, cobra nueva vida en este blog el 20 de noviembre de 2019. ¡ Una fecha significativa, a todas luces, en la historia de nuestro país!

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