ARTÍCULO: EL VENENO EN LA HISTORIA

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Egipto, la antigua Persia, Grecia, Roma, los árabes y diversos otros países a través de la Edad Media y de la alquimia medieval, el Quattrocento italiano, el Renacimiento, el Versalles de Luis XIV, la Revolución y el Imperio, la Argentina del siglo XIX, la Rusia de Rasputín, los efectos de la química durante la llamada Gran Guerra(1914) y en las posteriores contiendas hasta la actualidad, todos ellos son ejemplo de cómo el paso del tiempo no solo une a los pueblos, las civilizacio0nes y las culturas, a través de la lengua, la geografía o las contiendas, sino también, y es el caso, por las muertes producidas por la evolución y sofisticación de los hallazgos químicos, médicos y curanderos, que consideramos Veneno.

Es así cómo descubrimos la importancia de este fenómeno en la historia, es así cómo entendemos que no solo las flechas, el arcabuz o los cañones explican los giros de la Gran Historia de la Humanidad. Es así como aprendemos que el uso de las mismas hierbas que han dado lugar a tantos avances científicos puede hacer avanzar también la perversión y la maldad.
Se cree que Tutankhamon murió envenenado con ácido cianhídrico, el mismo que aún hoy día se usa en dar muerte a los condenados en algunos estados de los Estados Unidos de América.
La leyenda de Parisatis, princesa de los persas, habla de que frotaba con venenos los cuchillos que ofrecía a sus víctimas para que los usaran en los banquetes.
Se especula con que el veneno llamado sangre de toro fue lo que terminó con la vida de algunos célebres personajes, Temístocles o Aníbal entre ellos.
¿Y qué decir de la cicuta, mezclada con opio para evitar el sufrimiento, que acabaría con la vida de Sócrates, Demóstenes, Teofrasto o el mismo Séneca? Se dice que en algunas partes de Grecia se le ofrecía a los viejos para liberar de sus achaques a los demás miembros del pueblo.
El romano Séneca, ya mencionado, cuenta que Roma era feudo de grandes artistas del veneno; para confirmarlo, basta observar en los museos numerosos objetos, pulseras, sortijas, asas de vasos y copas, preparados para administrar venenos sin temor a ser descubierto.


Roma ofrece dos vías para comprobar el uso abundante que se hacía en la época de pócimas, tóxicos, ácidos y otras sustancias venenosas: el mercurio, el arsénico, la cerusa, el opio, la mandrágora, el litargo o el acónito aparecen referenciados en escritos de Tácito, Cicerón, Juvenal, Horacio o Tito Livio. La otra vía es el asombroso número de emperadores y altos dignatarios que adelantaron su entrada en la tumba con la compañía del veneno. Augusto, Claudio, Domiciano, Cómodo, Calígula, Caracalla, Heliogábalo, Druso, Británico o Nerón, entre otros fueron víctimas bien del hallazgo de sofisticadas fórmulas mortales, bien del sistema mitriadista, inocular poco a poco en las víctimas pequeñas dosis de veneno, inapreciables al momento pero letales por la saturación. Quienes hayan leído Yo Claudio, la hermosa novela de Graves, o hayan visto la magnífica adaptación televisiva del libro que produjo hace varios años la cadena BBC, recordarán la profusión de escenas de la familia imperial en las que el veneno ocupaba un papel principal ( el árbol de los higos espolvoreado con arsénico que acaba con Augusto, las intrigas de Livia, completadas con diversas muertes por envenenamiento o la dureza de Locusta, eliminando con veneno a cuanta persona pudiera preceder por su linaje en el trono imperial a su hijo Nerón.
Resulta fácil rastrear en bibliotecas y códices los inventos y avances en las formulaciones de venenos aparecidas durante el largo período histórico que va desde la caída de Roma hasta el final de la Edad Media. La eclosión de la alquimia, los médicos y curanderos árabes, los escritos de San Alberto Magno, alquimista asimismo, las intrigas de la Curia romana y los vicios papales, elevaron al arsénico, al mercurio y al fósforo, a la cima de la elaboración de venenos, solos o en combinación.
Se considera el Quattrocento y el Renacimiento, final y dignos herederos de las oscuridades medievales, como uno de los períodos más álgidos de la Historia en los usos del veneno. Entre la enorme cantidad de envenenadores, de propia mano o por encargo, que produjeron esos intrigantes siglos, hallamos a Cesar Borgia, con su madre “la Vanozza, llamada “La Sepulturera”, preparando su maná: orínese sobre una tortera para obtener las sales, combínense con las del cobre y mézclense con el arsénico; ya tenemos la cantarella, un veneno secreto transmitido a los Papas por un monje español.
El arsénico era una variante habitual de la política de aquellos siglos, hasta el punto de llamar la atención erudita y científica de los intelectuales de la época. El principal, Leonardo da Vinci, especialmente tras leer de su biblioteca privada el Libro secreto de virtudes de hierbas, piedras y animales de Alberto Magno.

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Da Vinci descubrió la filotaxis, señaló la importancia de la ordenación de las hojas y estudió la acción de los venenos sobre la vida de las plantas. Es en el Codex Romanoff donde, en medio de las recetas de cocina, mostró tener un conocimiento escaso acerca de ellos pero un alto interés. Se sabe que, a tal efecto, trató de entrevistarse con Cesar Borgia y con el maestro Maquiavelo, pero lo más inaudito son sus experiencias con el mitridatismo, incluir poco a poco cantidades progresivamente mayores de estricnina y belladona para llegar a inmunizarse. Tan interesado estaba en ello el sabio, por mor de la ciencia, se supone, que calificó de egoísta a su discípulo Salai al negarse éste a que el maestro prosiguiera el experimento de los efectos del veneno en su cuerpo.
Para la administración de los venenos Leonardo aconseja no confundi8r el acónito con el rábano picante y que si se ha de administrar un veneno, se haga al principio de una comida, pues actuará con más rapidez con el estómago vacío, mientras que “usado de esa manera beneficiará tanto al envenenado como al anfitrión, que no deseará que las diversiones que haya dispuesto ofrecer a sus invitados se vean estorbadas por la agonía de su víctima”.
En las obras de Shakespeare se revela una orgía del uso de los venenos, siendo Hamlet y Romeo y Julieta los dos dramas que mejor representan los conocimientos del autor sobre tóxicos y pócimas.
Se cuenta que en el Versalles de Luis XIV el llamado polvo de heredar zanjaba toda cuestión de derecho sucesorio cuando los ricos se pasaban en su longevidad; dos sesudos alquimistas arruinados tras la infructuosa búsqueda de la piedra filosofal, habían comprado a su inventora el secreto del agua toffana y alcanzaban un fulgurante éxito en la Ciudad de la Luz.
Un spot reciente de la televisión cuenta que se está investigando la muerte de Napoleón, si ingería arsénico por prescripción para calmar sus dolores o fue alguna mano amiga la causante de su defunción.
Y por no hacer largo y prolijo el artículo exponiendo muchos otros ejemplos del papel jugado en la historia por los venenos letales y su administración, dediquemos unas últimas líneas al envenenamiento colectivo, un arma de guerra con una vieja tradición que alcanzó su puesta de largo en abril de 1915 durante la primera gran guerra, cuando el ejército alemán empleó nubes de gas de cloro contra las tropas inglesas y éstos, en contraposición y venganza, utilizaron gas fosgeno un año más tarde. Quienes hayan visto en televisión la serie inglesa Arriba y Abajo habrán visto recogidas con admirable dramatismo la confusión originada en Gran Bretaña por aquel nuevo modo en el estilo de combatir. Los miles de heridos y muertos en la terrible guerra de trincheras sumados a los producidos por los efectos del gas, abrieron un nuevo capítulo los procedimientos de la guerra en el devenir de la humanidad.
Hoy día son más de cien los diferentes productos químicos mortales susceptibles de utilización, colectiva o individual. Y a partir de aquí la reflexión: de no existir la pequeña historia de los envenenamientos, ¿habría cambiado la Gran Historia, doliente, cruel, tormentosa, de la Humanidad?

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