ARTÍCULO: Unamuno, el fuerteventuroso.

 

El 28 de febrero de 1924 (algunas fuentes hablan del 12 de marzo de ese mismo año), un filósofo eminente y polifacético escritor vasco, vicerrector de la Universidad de Salamanca y dueño de unas prosa y poesía particulares, llega a Fuerteventura, una isla del archipiélago canario cuyo mayor reconocimiento para el caso parece ser4 el haber sido elegida como el lugar más distante y distante para vivir un exilio sin salir del territorio nacional. El general Primo de Rivera y Orbaneja, jefe del Directorio Nacional Militar, ha desterrado a la isla a Miguel de Unamuno, por sus acerbas críticas y denuncias por escrito en relación con la confusa situación que el país vive bajo su mandato y el del rey.

Para el destierro, un decreto. Para su cátedra, una suspensión, para su cargo de vicerrector, un cese. Una condena en toda regla: Su Majestad el rey se ha servido disponer: Primero: que el referido señor cese en los cargos de vicerrector de la Universidad de Salamanca y decano de la Facultad de filosofía y Letras de la misma; y segundo: que queda suspenso de empleo y sueldo en el de catedrático de dicha universidad.

En una carta conocida hace poco tiempo (gracias a las publicaciones de un par de hispanistas franceses) fechada en 1924 tras su llegada a la isla, se recoge la opinión que Unamuno sustentaba acerca del dictador Primo de Rivera y del propio rey Alfonso XIII. En ella puede leerse: El Primo de Rivera pasa las noches en prostíbulos, es a la vez un borracho y lo que más le preocupa es tener que entregar a sus dos hijas, es viudo, la herencia materna que él se jugó …..es una triste mezcla de loco y mentecato. Es de los que primero disparan y después apuntan…

Similares lindezas dedica al rey de España, biznieto del inefable e infausto Fernando VII.

El destino del escritor es la localidad Puerto de Cabras( toda una definición del lugar), que años más tarde pasará a denominarse Puerto del Rosario y hoy día, ciudad moderna y abierta, ostenta la capitalidad de la isla.

Puerto y embarcadero de la bahía natural que forma allí la isla, la pequeña ciudad vive unos momentos económicos algo mejores a lo habitual a causa de las buenas cosechas de cereales de los ´`últimos años y al haberse convertido en el punto de partida de los cargamentos de la barrilla (cuyas cenizas se emplean para preparar sosa cáustica tan usada por entonces  en la fabricación de jabones y tintes, pero también de un cristal de calidad utilizado en la construcción y en la fabricación de objetos de decoración) hacia los mercados europeos.

La idea que existe en la península acerca de la isla es, en ese tiempo, la de una zona desértica, de vegetación escasa, un secarral abierto al mar en todos sus confines y con una pluviosidad tan mezquina que la tierra solamente admite arbustos pequeños y alguna especies de árboles de carácter subtropical. No resultaba extraño, por lo tanto, que para los insulares de las otras islas y para los escasos peninsulares que la visitaban, la leyenda negra de Fuerteventura se acercara a la verdadera realidad.

Fuero solo cuatro meses pero el filósofo, hombre de impenitente actividad, tendrá tiempo para llevar a cabo múltiples cosas: desterrar de su ánimo la idea de la isla que hubiera podido formarse de ella previamente, mantener reuniones con un grupo de prohombres isleños en torno suyo con los que llegará a trabar una profunda y duradera amistad, de salir a pescar a menudo con un joven pescador, de hacer excursiones a pié, en coche, en burro y hasta en camello, de dar largos paseos, pensativo, por la Playa Blanca, de conocer de verdad la isla y de aprender a amar las aguas de su mar.

La casa en la que vivió aquellos cuatro meses de destierro, construida en 1877, era propiedad de una señora de Tetir, población cercana a la capital; una casa con patio central resguardado por cristaleras, maderas de tea en los techos y azulejos decorados en suelos y frisos. Ampliada y modificada a principios del siglo XX, se la destinó a casa de hospedaje bajo la denominación de Hotel Fuerteventura. La redecoración realizada posteriormente en ella trataría de mostrar el ambiente que rodeaba al escritor mientras la ocupó; diferentes elementos dan cuenta de ello hoy en día, convertida ya en museo: muebles de estilos Alfonsino e isabelino, cuarto de baño de la época, los cuadros, el dormitorio, la cocina con una pequeña exposición de la alfafrería popular majorera, las lámparas, la máquina de escribir, incluso la mesa y otro mobiliario del despacho en el que don Miguel escribía durante su estancia allí. Y, por supuesto, detalles como el orinal, un maletín, el crucifijo a la cabecera de la cama o el teléfono candelero.

De su estancia en la casa, se recuerda en la isla una humorística escena: Unamuno, al parecer, disfrutaba de tomar el sol desnudo en la azotea, como Dios le trajo al mundo; se cuenta que ante las quejas de algunos vecinos, el filósofo contestó rotundo yo no les miro a ellos, que no me miren ellos a mí. De su vida en ella, por otra parte, y de su pensamiento sobre la isla a medida que la iba conociendo, dan buena cuenta hoy en día varios sonetos escritos en su despacho, enmarcados , bien conservados y colgados en la actualidad en las paredes de los pasillos de la casa. He aquí alguna estrofa de uno de ellos:

Es una antorcha al aire esta palmera,

               verde llama que busca al sol desnudo

               para beberle sangre; en cada nudo

               de su tronco cuajó una primavera…           ……………………

No se retuerce ni se quiebra al suelo;

               no hay sombra en su follaje, es luz cuajada

               que en ofrenda al amor se alarga al cielo….

Hoy en día es sencillo seguir el rastro del filósofo en diversas poblaciones de la isla; una tierra en la que solo se veían cabras, ni vacas ni ovejas hallarían en ella la hierba verde y jugosa de los pastos. Su excursión a Betencuria, antigua e histórica capital de la isla en el tiempo de la estancia en ella de los normandos (600 años antes), con la iglesia de Santa María con exterior de aspecto colonial y un interior exquisito y colmado de sencillez, arte sacro, silencios y solemnidad, las ruinas conventuales, en las cercanías, que hacia el 1400 era ya un lugar de oración de los frailes franciscanos que tanto impresionaron al escritor por alguna íntima razón, y el valle verde en la hondonada en el que la palmera y el pino canario pugnan por hacer olvidar al paseante la aridez del terreno que ha contemplado en los montes mientras se dirigía hacia allí. A buen seguro que su temperatura ambiente, más fresca por su ubicación en los días de más calor, animaría al escritor a buscar detalles misteriosos y recónditos y paisajes vírgenes apenas explorados hasta entonces.

En la localidad de Tindaya (La Montaña Quemada), un lugar simbólico para los isleños desde antiguo, puede aún contemplarse la escultura en piedra que la isla le dedicó a Unamuno tras su marcha, clara señal de que si la isla había entrado en el alma del escritor, su personalidad y ejemplo habían calado también muy hondo en el espíritu isleño. Dicen que allá, en la cumbre, a la vista de aquellos volcánicos paisajes, el filósofo llegó a decir que si moría en la isla querría ser enterrado allí.

No llegó a conocer, en cambio, otras hermosas atracciones, las monumentales esculturas de Guise y Ayoze, caudillos aborígenes, o la Casa de los Coroneles, arquitectura civil y militar del siglo XVIII, en La Oliva, un palacio fortaleza, felizmente restaurado, hermosísimo ejemplo de la arquitectura colonial canaria. El cambio espiritual que en esa época inunda el corazón del filósofo le lleva a escribir en el periódico madrileño Nuevo Mundo: A esta afortunada isla de Fuerteventura, de clima admirable, qué sanatorio, en mi vida he digerido mejor mis más íntimas inquietudes. Estoy digiriendo el gofio de la historia.

 

Pero el 9 de julio, cuatro meses después de su llegada, don Miguel de Unamuno camina tres kilómetros desde Puerto de Cabras a Caleta Fuste. En la playa le espera el bergantín goleta L´Aiglon, un barco francés que le saca de la isla, una huida en toda regla pues solo al llegar a Gran Canaria se entera de que ya ha sido liberado por el dictador, pero que no está dispuesto a restituirle en su cátedra de Salamanca. Dejé esa roca llorando, manifestará más tarde.

Y desde Gran Canaria, a bordo del Zeelandia, que le llevará a Lisboa, escribe:

Raíces como tú en el océano

               echó mi alma ya, Fuerteventura,

               de la cruel historia de la amargura

               me quitó cual si fuera con la mano…         …………

               un oasis me fuiste, isla bendita;

               la civilización es un desierto

               donde la fe con la verdad se irrita;

               cuando llegué a tu roca llegué a tu puerto

               y esperándome allí a la última cita

               sobre tu mar vi el cielo todo abierto.

Desde Lisboa a Cherburgo, Francia, adonde él mismo se autoexilia dada la situación de España, no deja de mantener el recuerdo de la isla, como lo demuestra un nuevo libro de poemas De Fuerteventura a París, y la fértil correspondencia que seguirá manteniendo con los amigos que ha dejado en ella. El 29 de diciembre de 1924 escribe a uno de ellos: Me preocupa mucho esa isla, me preocupa mucho lo que tengo que hacer para pagarle mi deuda de gratitud.

Hoy en día el antiguo Hotel Fuerteventura , albergue del destierro de don Miguel de Unamuno, ha sido convertido en un coqueto y retrospectivo edificio, la Casa Museo de Unamuno. A dos pasos de la puerta en entrada, en la acera, dando vista a la calle, una estatua de don Miguel de tamaño natural recuerda al filósofo, ensayista, vicerrector universitario, catedrático, escritor y hombre comprometido con el devenir de España. Con toda justicia, por tanto, le podremos llamar Unamuno, el fuerteventuroso.

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