ARTÍCULO: Las acuarelas de J.M.W.Turner

                                      

Recorre por algunos de los principales museos de varias ciudades del mundo (hasta febrero 2019 ha permanecido en Buenos Aires),  una magna exposición de la obra menos conocida de Joseph Mallord William Turner, pintor del siglo XIX inglés, incomprendido al principio, más tarde reconocido, enriquecido y famoso, que vendió gran parte de su obra en vida. Las ochenta y cinco acuarelas de diferentes épocas del pintor cedidas para la ocasión, forman parte del legado que el propio artista guardaba para sí y que donó  poco antes de morir (1851) a la Tate Gallery londinense y a la National Gallery.

Qué es el Romanticismo, se pregunta Baudelaire en su libro Curiosidades estéticas: quien dice romanticismo, habla de arte moderno- es decir, de intimidad, de espiritualidad, y de color, de ambición de infinito- expresado por todos los medios que poseen las artes.

El romanticismo de Turner se basa en su mítica concepción de la naturaleza como un paraíso perdido. En el variado universo de sus acuarelas, sus trazos representan el triunfo de la naturaleza, incluso cuando, sublime y tormentosa, se venga del hombre. Maestro acuarelista y dibujante durante toda su vida ha pasado a ser también uno de los más talentosos dominadores del óleo de su generación. En la época de sus grandes éxitos, concentró sus esfuerzos en dominar el óleo, pero nunca cesó de usar la acuarela, tanto como una ayuda para su memoria retentiva como para las numerosas ilustraciones de libros con grabados.

Acuarelas fantaseadas cuyos trazos, ligeros y difuminados, expresan la lucha de barcos, puentes y similares elementos de la Revolución Industrial que vivía a su alrededor, con las furias desatadas del medio natural, como si este tratara de defenderse de aquella invasión de hierros y amasijos. Tormentas, huracanes, brumas y nieblas, neveros, cumbres rocosas, pero también, castillos, barcos, paisajes campestres y las aguas de ríos, lagos y del mar. Aguas, praderas verdes y soles se transforman en sus acuarelas en activos protagonistas. La luz, el color, los fenómenos atmosféricos, la riqueza de las arquitecturas, la lucha del progreso industrial contra la naturaleza, nada escapa al ojo y los pinceles del Turner pintor, observador y admirador de la naturaleza y de los cambios que le rodeaban. A ello se aplica Turner, a la contemplación de la belleza, esencialmente romántica, cuando afirma que “el romanticismo es hijo del norte y que el color, los sueños y la magia son hijos de la bruma”.

 

Su modo de pintar era innovador; eso de abandonar el estudio y dedicarse a observar el paisaje y sus cambios, hacer dibujos y esquemas, tomar notas sobre los efectos de la luz y sus efectos. Mientras muchos de sus contemporáneos se ocupaban de otra estética, Turner viajaba para mantener una relación apasionada con el paisaje, dejándose fascinar por esos fenómenos sublimes, la aurora, el ocaso, que causaban miedo o admiración por su carácter novedoso, agreste u hostil. Ese parece el motor que le movía a evolucionar desde el paisaje clásico e ideal, mero decorado, a una visión más profunda, más humana si se quiere, en la que es el propio paisaje quien pasa a ser el protagonista. Se trataba de viajar hacia dentro, divagar, recrearse en la contemplación y mirar el paisaje para atraparlo con el pincel. Un artista solitario que contempla el entorno deleitándose en sus propios pensamientos. Para contemplar su obra hemos de convertirnos en espectadores activos si queremos sentir lo que el pintor sentía al pintarlo. Sus difuminados e imprecisiones no son otra cosa que el resultado de la detenida observación a la que somete a los fenómenos naturales. Lo suyo era un concepto de la pintura basada en las emociones, en lo fascinante, lo asombroso y en la naturaleza fuera de control;  tan revolucionario que haría de él uno de los precursores de los impresionistas.

                                   

Turner consagró su vida a dos objetivos principales: aspirar a que su creatividad fuera reconocida por las gentes del arte y adquirir una personalidad propia en su pintura de paisajes, diferente aunque heredera, tanto de la tradición naturalista italiana como de la del arte nórdico holandés.

En el folleto divulgativo de la exposición leemos: John Ruskin, unos de los primeros expertos en estudiar el legado de Turner en su totalidad, observó cuántas de estas piezas habían sido realizadas para el propio deleite del artista; íntimas, expresivas y experimentales, ofrecen una aproximación  única al pensamiento, la inventiva y el mundo interior del gran pintor romántico.

 

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