ARTÍCULO: Los mecanismos adaptativos de la agresividad – (Huellas de la Vida) VII.

LOS MECANISMOS ADAPTATIVOS DE LA AGRESIVIDAD.

Ante el complejo panorama sobre nuestra sociedad actual que veíamos en la primera parte de este artículo (en la entrega anterior del blog),  es difícil estar contento con uno mismo a pesar de ser este un requisito necesario para prestar atención a nuestra relación con los demás. Vivimos rodeados de seres como nosotros, por eso es tan necesario saber si lo hacemos junto a los otros o contra ellos. Como Erich From dejó escrito en Ética y Psicoanálisis, “sentirse a gusto con uno mismo es la condición necesaria para relacionarse con otros”. En ocasiones, sin embargo, no resulta fácil controlar los propios impulsos y nuestra agresividad.

La frustración, las conductas contradictorias, nuestras primeras reacciones, incluso el lenguaje no verbal de tan difícil ocultación, suelen ir aparejados en la vida diaria con variadas manifestaciones adaptativas de la agresividad, mecanismos que nos permiten echar fuera nuestros impulsos agresivos sin echar mano a la violencia interna o exterior. Así ocurre que nos pasamos la vida dándole vueltas a lo que nos conviene o  no hacer, pero  obramos con actitudes enmascaradas por los sistemas defensivos anclados desde la infancia en nuestros rasgos de carácter. Una actriz española declaraba recientemente  en una revista dominical: “Yo tengo carácter, intento suavizarme, pero en el fondo pienso que una cierta dosis de cabreo permanente es necesaria para vivir”.

Entre los mecanismos que la psicología distingue en los seres humanos para su adaptacíon están la ironía, el resentimiento solapado, la hipocresía, la envidia, la mala fe y la deshonestidad.

La ironía consiste en el uso de expresiones verbales que quieren significar lo contrario de lo que las palabras dicen. Bajo la apariencia del ingenio, hacer una gracia o el humor en muchas ocasiones se esconden la envidia y el sarcasmo, los sentimientos de inferioridad  y la vacuidad interior.

El resentimiento. Mecanismo adaptativo que consiste en mantener a largo plazo actitudes hostiles ante hechos  vividos como ataques, ofensas o humillación. Cuesta entenderlo como un factor de adaptación cuando uno aprecia el  odio inconmensurable que puede llegar a acumular una persona resentida por algún hecho o comportamiento de los demás. Antes que caer en el uso de la agresión violenta, la venganza y el daño físico contra tal conmoción interior,  el resentimiento se echa fuera con la crítica exagerada, la protesta, las manifestaciones arrogantes y de desvalorización y desprecio por el otro realizadas ante los demás.

 

La hipocresía es fingir o aparentar cualidades o sentimientos contrarios a los verdaderos que se tienen. Suele ser un rastro infantil del uso de la mentira cuando el niño no se atreve a oponerse para salvar una situación. El manejo hipócrita de la maldad por un lado y la bondad por otro convierte la vida de la persona en un constante tira y afloja de falsedades y aceptaciones ficticias de los hechos de la realidad. Hay un cierto grado de hipocresía social necesaria para funcionar en la vida de hoy, pero cuando afecta en demasía a una persona perturba enormemente la relación con los demás cuando estos detectan la insinceridad. Y en muchas ocasiones, al igual que hace el niño, cuando el hipócrita es descubierto  no tiene pudor en el autoreproche como muestra de una falsa sumisión.

Las actitudes envidiosas– La envidia es una especie de sentimiento profundo de destruir algo valioso de oros  o despojarlos de algo que hace especiales a los demás. La envidia denigra al otro para sentir resarcida la propia fragilidad. La calumnia, un cierto grado de hostilidad verbal destructiva, los celos por el bien disfrutado por otros, la rabia interna por desear aquello que tienen los demás solo suelen calmarse cuando quien los sufre se apacigua si llega a ver la caída en suerte o la ruina de los demás.

La mala fe. Actuar con engaño, doblez y alevosía. Más interesada y planificada que la simple mentira o el teatro para engañar. Implica un engaño consciente, jugar a lo que uno no es. La sensación de haber logrado algo con actuar de mala fe puede más que el posible arrepentimiento por tal acción. Al fin y al cabo, además, hay personas que piensan que la mala conciencia es lo único que hace interesante su existencia.

 

La deshonestidad. Sentimiento que  cabalga a lomos de la mentira, el disimula, el subterfugio, la negación,  con el fin de echar la culpa a otros, huir del resultado de las acciones propias o de la culpabilidad. Se opone  a la franqueza, al ser justos, rectos y equitativos, a un comportamiento íntegro y acorde con la moral y la imparcialidad. La falta de fortaleza en las  propias acciones y pensamientos  hunde al individuo deshonesto en un mar de mentiras ajeno a la estabilidad interior.

A los seres humanos nos convendría comprender el flaco favor que nos hacemos  cuando negamos  el uso petrificado en nuestras conductas de alguna o varias de estas manifestaciones adaptativas  de la agresividad. Un buen remedio, a veces,  es el remordimiento y la autocomprensión ante el descontento interior que sentimos con nosotros mismos por nuestros modos de proceder.

Y ahora hay que finalizar las dos últimas entregas aparecidas en el blog: “ Adios, amigo lector, intenta no ocupar tu vida en odiar y tener miedo”. (Sthendal, en su obra Lucien Lawen, tomado del libro Ética para Amador, de Fernando Savater).

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