ARTÍCULO: Notas sobre el poder – ( Huellas de la vida, V)

El poder es el último afrodisíaco, decía Saramago. El veneno del poder enerva al déspota, sostenía H. Kissinger. El poder presenta dos formas que se suelen combinar, mantenía C. Baudelaire, una la coacción, la otra influir en las mentes, influir en lo que piensan los demás porque ello determina lo que hacen.

Leemos en el diccionario que Poder es sinónimo de energía, fortaleza, autoridad, ascendiente o fuerza. La palabra Poder viste un concepto de múltiples significados: poder de, para, contra, con, desde, tras; autoridad, poderío, potestad, presión, arbitrariedad, abuso, atracción, decisión, omnímodo, ilimitado, dictatorial, simbólico…

El poder es un imán que asombra, intriga y fascina.  La psicología reconoce que el ejercicio del poder puede llegar a generar diversas patologías. Cuando alguien de vida normal alcanza el poder puede llegar a tener dudas sobre su capacidad, si será capaz o no de ejercerlo para el bien; con lo que no suele contar es con las consecuencias de arrastrar una nube de seguidores y/o pelotas incondicionales que terminarán con volverlo loco con su revoloteo alrededor. Y entonces caben dos opciones: el aislamiento en sí mismo (que puede conducir a la depresión), o creerse omnipotente, lo que, además de ser también una forma de aislarse, conduce a un comportamiento tiránico en la relación con los demás.

210h

David Owen, neurólogo británico que ocupó en el pasado la cartera de Asuntos Exteriores, describió hace años el síndrome de Hybris, una patología que puede llegar a afectar a personas con altas responsabilidades y que implica megalomanía creciente y progresiva paranoia. De tanto creer que se tiene razón, se vive ciego ante el engaño, la corrupción y la deslealtad. Navegantes en la admiración, a menudo los poderosos se emborrachan con sus tareas y terminan por desparramar en torno a sí la arbitrariedad y las consecuencias de un amargo sentimiento de impotencia interior y de un miedo que a duras penas tratan de sobrecompensar. El poder puede poner de relieve aspectos irracionales, personalidades peligrosas que, incapaces de renunciar a sus prebendas sociales, utilizarán toda su capacidad destructiva para impedir cualquier cambio que signifique evolución.

Lucho a diario contra la tentación de aprovecharme de mi posición, comentó el Dalai Lama en una ocasión. Y es que el deseo de poder tiene mucho que ver con el prestigio y con el impacto que la persona poderosa causa en los demás.  Un exacerbado deseo de poder, las infinitas ansias que pueden llegar a sentirse por alcanzar poder, implican no solo una gran avidez por el hecho mismo de lograrlo, sino también un alto anhelo de afirmación ante los demás. La voracidad por el poder llega a resucitar en algunas personas la magia infantil de la gratificación que alcanzarán tras una de sus órdenes. El deseo de poder tiene mucho que ver con nuestras cuotas personales de avidez, impulsividad y éxito. Lo dramático para la relación humana es que hay muchas ocasiones en que el poderoso inocula en los demás cuotas de impotencia, temor y angustia, similares a las que siente él mismo en su interior. Es la llamada paradoja del poder: las mismas circunstancias que aúpan a alguien a situaciones de poder terminan por hundirlo moralmente durante el desarrollo de su labor; la misma determinación maníaca que ayuda al poderoso a subir y ascender, puede acabar cegándole y precipitando sus caída.

La neurosis narcisista es una de las enfermedades que puede llevar la posesión del poder: cuando el poderoso mantiene una visión de la realidad que le devuelve solamente imágenes positivas de sí mismo y de su actuación,cuando la atención a los problemas y las circunstancias de los demás es solo instrumental, cuando ante el menor obstáculo siente que su elevada autoestima está en trance de extinción, cuando por no ser de su interés se sirve de toda su capacidad para frenar el sentido de alguna decisión y cuando precisa sentir la omnipotencia de sus pensamientos y sus actos. Pero es sabido que, en ocasiones, cuando una persona narcisista detenta el poder  no llega a ser consciente de lo que va mal, no se deja asesorar o no busca ayuda a no ser que las circunstancias sean tan graves que superen su capacidad.

Así podemos preguntarnos que significa disponer del poder en la relación con los demás. Aceptada la dificultad de la pregunta y sin disponer sobre el asunto  de una teoría universal, podemos recoger algunas claves de la literatura especializada sobre esta cuestión: Aceptar que el poder procede de los demás, ciertas dosis de autocrítica, sentirse comprometido al servicio de los otros, huir de engaños y chantajes emocionales, de sospechas infundadas, de los secretismos y la coacción y tener claros los límites propios para tener en consideración los límites de los demás.

Y en relación con su propio yo interior, el poderoso puede aplicarse la reflexión que ha dejado escrita el filósofo Cioran: No son los males violentos los que arruinan nuestro interior, sino los males sordos, los insistentes, aquellos que forman parte de las rutinas diarias y que nos minan tan minuciosamente como el paso del tiempo.  

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