ARTÍCULO: La utopía – (Las huellas de la vida IV)

 

 

El diccionario define UTOPÍA como el diseño de un sistema de vida justo y agradable, presentado en forma de cuento, novela elaborada, ensayo teórico o tratado filosófico.

Lewis Munford, en su libro The story of utopías, escribe al respecto: “En la primera utopía construimos castillos imposibles en el aire; en la segunda consultamos con un maestro de obras, un arquitecto o un albañil y procedemos a construir una casa que colme nuestras necesidades esenciales, hasta donde es capaz de llenarlas, un edificio hecho de piedra y de mortero”.

En la antigüedad Utopía era un sueño imposible, casi místico. En la Edad Media se asemejaba al paraíso terrenal. A partir del siglo XVIII, sin embargo, el concepto de utopía se aleja de todo lo celestial y aparece en experimentos de convivencia comunitaria y de educación o bajo el paraguas de la ciencia.

Utopía es un No Lugar. O un lugar perfecto. O, si se quiere, un paraíso que se piensa pero que nunca podrá llevarse a cabo, un anhelo que ha existido siempre en el fondo del pensamiento de todo hombre, si no como irrealizable  sí, al menos, como un modo de entender el mundo al que deberíamos tender.

Tres son las bases que más se repiten en la mayor parte de las utopías en la historia: la desaparición de la justicia social, el rechazo de la tiranía y el creer en la ciencia como solución para todo en el devenir de la humanidad. Si tratamos de llevar a cabo un repaso a la historia de las grandes utopías podemos poner en marcha un intento de clasificación.

1.Hay utopías que podríamos llamar RELIGIOSAS. El cielo cristiano, el wahalla nórdico, la yanna musulmana, son una especie de sueño utópico. Dentro de este tipo en nuestra civilización occidental podríamos hablar de Platón (el gobierno de los mejores, la propiedad colectiva), San Agustín (sociedad regida por los principios y virtudes cristianas) o Tomás Moro (el origen de la miseria radica en la propiedad privada) o del inglés Milton, una utopía de tintes religiosos encaminados a lograr una revolución espiritual.

2. Otras se basan en los AVANCES CIENTÍFICOS. Un buen ejemplo es el Nuevo Organon, del empirista Bacon, frente al Organon aristotélico, y La Nueva Atlántida, frente al ejemplo de la Atlántida en que se había basado Tomas Moro; también una buena parte de La Ciudad del Sol, del italiano Campanella (una república universal y católica, en la que reina la concordia, la comunidad de bienes y de las mujeres). Incluso la utopía francesa de Cyrano de Bergerac, un sueño de ciencia-ficción que sitúa la acción en una luna llena de extraños artefactos.

3. Entre las utopías que podríamos denominar de carácter COSTUMBRISTA se inscriben las que tratan de reflejar mundos imaginados en los que la vida sería más fácil para todos y el mundo mejor. La Edad Media, época de guerras, graves epidemias y milenarismos, fomentó la imaginación de la existencia de un lugar en el que no había sufrimientos y los placeres para todos se hallaban al alcance de la mano. Un país ideal llamado Cucaña en Francia, El país de los niños, en otros países y Jauja en España. Utopias populares que prometían la existencia de un mundo mejor y una acerba crítica de la sociedad injusta en la que se vivía por entonces. También, tras el descubrimiento de América, la Oceana, del inglés Harrington, que en 1656 aconsejaba a Cronwell la instauración de una república libre con la propiedad distribuida entre los estamentos sociales y el poder ejercido en un parlamento soberano.

Dentro de este tipo, aunque ya en el siglo XX, se sitúa el psicosociólogo Skinner, fundador de las teorías psicológicas agrupadas bajo el nombre común de Behaviorismo o Conductismo, quien en su obra Walden 2, siguiendo las ideas de Thoureau en su obra Walden, presenta una sociedad en la que todo el mundo es feliz, científicamente construida mediante la ficción de un viaje a un pequeño grupo social en el que no existe la envidia, se fomenta el cooperativismo y sus componentes se alejan de la maldad y el egoísmo.

Thoureau es famoso y venerado como antecedente del movimiento Hippie por su ideario filosófico cercano al anarquismo, al ambientalismo y la desobediencia civil frente al cúmulo de leyes a las que acusa de impedir al hombre vivir a su aire conforme a la naturaleza. “Fui al bosque-escribe- porque quería vivir con un propósito; para hacer frente solo a los hechos esenciales de la vida, por ver si era capaz de aprender lo que aquella tuviera por enseñar y para no descubrir, cuando llegue mi hora, que ni siquiera había vivido”.

  1. La utopía EXPLICATIVA-PEDAGÓGICA sería una nueva modalidad. El Emilio, de J. Rousseau pasa por ser la gran utopía del siglo XVIII al partir de la búsqueda de un sistema educativo que enseñe al hombre la bondad, la inocencia y otras virtudes humanísticas para la vida en sociedad. Cuando Emilio ha alcanzado ese estado natural, podrá empezar a aprender todo lo relacionado con la cultura, la filosofía, la religión y el uso de su libertad en el seno de la comunidad. Su doctrina del estado natural del hombre tropezará, sin embargo, con los primeros teóricos anarquistas en las que el hombre natural que Rousseau pinta en sus escritos aparece amenazado y vencido por el poder político y las diversas estrategias de la sociedad. Jovellanos, fiel seguidor de las doctrinas comunitaristas de Rousseau, escribirá sobre los malignos efectos de la propiedad privada en la sociedad: “Ojalá que jamás la hubiéramos conocido”; mientras tanto, el escritor y ensayista asturiano espera la llegada de una Edad de Oro en la que todo será común, la tierra, el reposo, las penas y las alegrías, el trabajo, las artesanías.
  2. El siglo XIX es, en el repaso que estamos haciendo, el de la UTOPÍA SOCIAL/EL SOCIALISMO UTÓPICO. Una de las visiones del mundo que, junto a la de carácter religioso de un Tomás Moro, por ejemplo, será la utopía que más ha llegado a influir en la cultura occidental.

La revolución americana y, posteriormente la francesa, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, darán lugar a la aparición de los llamados socialistas utópicos (Henri de Saint-Simon, Babeuf, Enfantin, Fourier, en Francia, pero también nombres como los de Cabet en Escocia o William Morris en Inglaterra). Un grupo de pensadores, literatos, y visionarios capaces de renovar el género utópico tras la  fuerte influencia experimentada por los cambios sociales producidos por la industrialización.

Saint Simon pasa por ser el reconocido iniciador del utopismo de carácter socialista. Su proyecto de un vivir futuro diferente en el que el orden social pudiera eliminar las desigualdades existentes, su defensa de la propiedad pública de los medios de producción, pero no de los del consumo, su propuesta de repartir equitativamente el fruto del trabajo común en función de las capacidades y el trabajo de cada uno, sus ideas acerca de la emancipación de la mujer y, en definitiva, su intento de explicar cómo los hombres llegarían a la Armonía tras haber dejado atrás las etapas de barbarie y salvajismo, calaron con inusitada rapidez en innumerables países.

El socialismo utópico brota en España hacia 1835, durante la guerra carlista y en medio de las agitaciones obreras del verano de ese año en Barcelona. Mientras Fernando VII trataba de consolidar la vuelta al orden constitucional anterior, comienzan a apreciarse el saintsimonismo y el fourierismo en algunos núcleos reducidos  de intelectuales pequeño burgueses, cercanos, la mayoría de ellos, al periodismo. Los nombres de Abreu, Sixto Cámara, Garrido o Beltrán, son algunos de los teóricos españoles utópicos de esa primera época (1835/1850).

Sin embargo por las mismas fechas, y a pesar de la defensa saintsimoniana de la liberación del papel de la mujer, la práctica del amor libre y la progresiva desaparición del esquema familiar conocido hasta entonces, un reconocido seguidor del socialismo utópico, el famoso e influyente literato, ensayista y crítico de arte inglés, John Ruskin, define así la asignación que la naturaleza hace del papel del hombre y de la mujer en la sociedad:  “El hombre es sobre todo un creador, un defensor. Su intelecto le predestina para la especulación y la invención; su energía para la aventura, la guerra y la conquista. Las tendencias de la mujer se desarrollan, en cambio, en el mantenimiento del orden, no en la batalla, su lugar está en la casa, donde ella es la reina”. Eso dicho después de proponer que la educación de la mujer debe ir encaminada a la renuncia a sí misma: cuando la mujer se limita a adquirir nociones generales del mundo, pero sin profundizar, es cuando ella se da cuenta de la pequeñez de su horizonte y de su nulidad ante el papel creador.

Otro británico, William Morris, influido tanto por J. Ruskin como por Karl Marx, funda hacia 1890 la Liga Socialista en Inglaterra. Hombre de espíritu renacentista, dominado por la nostalgia de la vida rural y las tradiciones artesanas locales ( es digno de destacar su gran influencia en el desarrollo de las artes visuales, su interés por toda obra artesanal o su esfuerzo por popularizar el pre-rafaelismo pictórico inglés y nuevos enfoques sobre el diseño industrial), Morris abrazó el socialismo utópico como modo de terminar con la fealdad y el despilfarro, la alienación y el individualismo del hombre, la contaminación del aire y del agua, proteger el campo, evitar el crecimiento urbano desmesurado y restaurar los edificios históricos respetando sus materiales originales. Asimismo terminar con la explotación laboral y los perversos efectos de la industrialización.

En su libro “Noticias de ninguna parte”, Morris duerme en 1890 a su protagonista en plena época victoriana y lo despierta en el año 2000 para comprobar que se ha cumplido la utopía socialista: ha desaparecido la industrialización abusiva en favor del regreso a la vida rural, no hay clases sociales ni autoridades y el capitalismo ha cedido ante una sociedad comunitaria y libertaria. Un libro escrito para contrarrestar otro de Edward Bellamy (“ Mirada retrospectiva 2000 a 1887”) , en el que el futuro se presentaba en forma de estabilidad social garantizada por el desarrollo tecnológico y una organización estatal eficiente, único modo de impedir el paso de un sistema monopolista al comunismo.

  1. Otro tipo es el de la utopía LITERARIA. La ya citada Atlántida, un paraíso de vida idílica similar al estado natural de los indígenas del Nuevo Mundo. La leyenda de El Dorado, que serviría de base a Tomás Moro para inventar una isla que llamó Utopía, donde no existía el dinero y el hombre viviría rodeado por la justicia y el bienestar. Y el mismo Cervantes, hacia finales del siglo XVI, exalta en sus Novelas Pastoriles un mundo bucólico en el que reina la paz y el ambiente de vida sencillo; la ínsula Barataria será la isla de los utópicos, un mundo feliz en el que predomina la justicia, la verdad dicta el poder y la benevolencia entre los hombres imprime a sus habitantes un halo de solidaridad.

En el siglo XVIII, el francés Diderot defendía la vida del hombre en estado natural y el propio Voltaire destacaría en su obra Cándido que solo una utopía traería al mundo la desaparición de las guerras y peleas religiosas, el triunfo de la tolerancia y de la libertad de ideas.

A finales del mismo siglo los poetas ingleses Wordsworth y Taylor Coleridge publicaban sus Baladas Líricas, una exaltación de la naturaleza y del ambiente campestre y bucólico en el que los cambios que se iban acercando pronosticaban el final de una utopía con la que soñaba aún mucha gente:

“Aunque mis ojos ya no pueden ver ese puro destello

que en mi juventud me deslumbraba….aunque nada

pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba,

de la gloria en las flores, no debemos afligirnos,

porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo”.

Su leguaje poético, sencillo y directo, revela la nostalgia por un  tiempo pasado y soñado.

  1. Las utopías del SIGLO XX.

Las utopías del pasado eran imágenes literarias de una sociedad justa, solidaria y feliz, que, en numerosas ocasiones, proponían cambios en aspectos políticos, sociales, económicos y religiosos cuya consecución llevaría al ser humano a un paraíso social. Sin embargo, es el pasado siglo el más rico e influyente en la aparición de utopías literarias, algunas de ellas de otro cariz.

Entre las muchas utopías publicadas a lo largo del siglo, especialmente en la órbita de los utópicos británicos, destaco los tres casos que, a mi parecer, más han influido hasta nuestros días en el devenir cultural y de sensibilización social en los países de nuestro entorno.

H.G.Wells escribe varios libros de carácter utópico (La utopía moderna, El nuevo Maquiavelo) en los que defiende un modelo filosófico de utopismo, pero sin cambiar apenas el sistema social en el que aquel se inscribe.

Aldous Huxley, unos años más tarde, comprobará que la utopía que presenta en su novela “Un mundo feliz”, fracasa durante un largo tiempo tanto en la crítica literaria como en la aceptación de los lectores.

G. Orwell, por último, publica en 1949 una novela de carácter antiutópico titulada “1984” cuya dureza conmueve a la sociedad de entonces. Tres estados regidos por una filosofía comunitarista aparecen en guerra continua a lo largo de toda la novela; los hombres viven como esclavos, el hambre y la desolación reinan por doquier, la guerra es permanente y se producen purgas y encarcelamientos continuos. Definida por muchos críticos como una novela anticomunista pero también anticapitalista, su acción muestra a las claras los efectos sobre el hombre de un poder peligroso, y de un estado controlador, de un régimen de violencia y de sus aparatos de propaganda.

Quizá por ello el filósofo Karl Popper afirmaba por las mismas fechas que todo intento de alcanzar la utopía se estrellaría siempre con el freno a la libertad individual; tras todo intento aparecería una nueva clase social privilegiada que detentaría el poder recurriendo al engaño o la violencia.

Si R. Waldo Emerson, el poeta Walt Whitman y el ya mencionado H. Thoureau pasan por ser los pioneros  en la manifestación de un cierto anarquismo pacifista, su estela será recogida, tras el final de la Segunda Gran Guerra, por un sinfín de movimientos; una sucesión repetida de distintos modos de vida emanados todos ellos de los sueños utópicos aparecidos a lo largo de la historia y de unas corrientes filosóficas de corte moderno que se venían fraguando y que, generalizando,  pueden resumirse con la acepción de ecologismo libertario:

  • El Movimiento Hipster de la década de los años 40, copia del particular estilo de vida del músico de jazz de entonces, incluyendo la manera de vestir, el humor sarcástico, la pobreza autoimpuesta y la libre sexualidad sumado todo ello a nuevas corrientes como una nueva espiritualidad, el redescubrimiento de las culturas orientales y la búsqueda de la salud por medios “naturales”. Un modo de entender la vida que terminaría integrándose en el Movimiento Hippie, un fenómeno de masas que en los años siguientes se extendería rápidamente a escala mundial.
  • La Generación Beat, que floreció durante los años 50, con sus tres grandes popes, Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs. Un fenómeno social que más allá de orgías, alcohol y desinterés por lo que veían alrededor, daría lugar a una estela  contracultural cuyos dos símbolos principales serían el nacimiento del rock y del punk  y la  necesidad de expresarse con actos y manifestaciones contrarios a la cultura dominante en la sociedad.

El capitalismo avanzado ha generado en Occidente un estado de bienestar y una mejora en el nivel de vida a la vez que una disminución en la lucha de los movimientos de rebeldía juvenil o los proletarios. La mayoría de las necesidades que siente el hombre occidental de nuestros días tiene más que ver con el consumismo y la propaganda comercial que con la conciencia misma. En no pocas ocasiones subsiste en el ser humano una alienación más sutil que las que pervivían en siglos pasados. Los movimientos de indignados, las promesas de algunos movimientos políticos o nacionalismos modernos, las prédicas sobre la sostenibilidad, la solidaridad, la aceptación de otros pueblos, otras razas y otras formas de vivir, incluso la cuestionable idea de un crecimiento económico y tecnológico indefinidos, parecen tener mucho que ver en el pensamiento utópico de nuestros días..

Eso es lo que va desde el pensamiento de William Morris en el siglo 19: “El verdadero secreto de la felicidad reside en sentir un interés genuino por los pequeños deberes de la vida cotidiana”……“( o esta frase de Thoureau: “La riqueza de un hombre se mide por la cantidad de cosas de las que puede privarse”), al  del consumismo de hoy, que ha convertido el poder adquisitivo, la competitividad y los niveles de compra de los ciudadanos de un país en la mejor medida de su grado objetivo de felicidad y de proximidad a la utopía. Hoy la utopía ha cambiado, salvo quizá para las gentes del llamado tercer mundo.

Negar, pues, la necesidad de la UTOPÍA, legítima aspiración a una sociedad más justa, sería resignarse a las injusticias sociales que nos rodean, a la opresión encubierta de unos pueblos sobre otros, a la corrupción de los Estados y de quienes manejan en ellos los tentáculos del poder económico, político y social.

La Humanidad vive hoy en una gran parte del globo terráqueo en un entorno en el que cobran un sentido realista las palabras Solidaridad, Sostenibilidad, Derechos Sociales, Libertad Individual…Una sociedad en la que el ejercicio de los derechos y obligaciones de todos debería ser  el principal motor de la organización social. Así pues mantengamos la Utopía contra los sistemas y pronunciamientos  regresivos de quienes quieren inventarse la historia y el pasado de sus pueblos, excluir por género o raza, meter el miedo en el corazón del hombre con amenazas de hecatombe o moverse por ideas ultranacionalistas o unilaterales (muchos nacionalismos no son otra cosa hoy en día que discursos y rituales destinados a legitimar sus flagrantes injusticias). La mayor parte de laHumanidad está hoy día más preparada que nunca para abordar LA UTOPÍA DE UNA ÉTICA UNIVERSAL.

“Al fin y al cabo– leí hace tiempo- la Vida es añorar la utopía, soñar con la fortuna y vivirla con realismo y voluntad”.   

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