ARTÍCULO: Varanasi (o Benarés)

 

Dicen que es una de las ciudades más antiguas del mundo, quizá porque en ella se enlazan el pasado y el presente, el bullicio de  la vida y la gravedad  silenciosa y espiritual de los ritos de la muerte. Varanasi es el mejor lugar para entender los mitos más profundos de la religiosidad hindú, un mundo de insondables creencias sobre el más allá.

 

 

 El Varuna y el Assi,  dos ríos menores, confluyen allí en el Ganges, ancho y caudaloso,  que surgió del dedo gordo de Vishnú y fue frenado por la ceja de Shiva para bajar a la tierra y purificar las cenizas de los muertos. La leyenda lo viste de ropas limpias y puras; la realidad lo muestra  contaminado en abundancia y plagado de desechos de toda condición. El creyente hindú cree que el Ganges lo purifica todo; la realidad es muy otra: desde su nacimiento en el Himalaya hasta su desembocadura en el país vecino, Bangladés, los vertidos químicos de las fábricas, las coladas de los hoteles, las aguas residuales de  multitud de poblaciones y las cenizas y el polvo de los miles de cremados en sus orillas, permiten  asegurar la agonía del gran río que presta  su identidad, su cultura y civilización al gran pueblo hindú. 

No parece bastar que el gobierno haya concedido al gran río y sus afluentes el estatus legal de persona, que contaminarlo o ensuciarlo equivale en la ley a agredir a un semejante, la dependencia religiosa, psicológica y emocional es tan alta que pesan más sus creencias y viejas costumbres que la evidente necesidad de recuperar el río moribundo.

Las abluciones en el Ganges son uno de los espectáculos más fascinantes que se puedan contemplar: cientos de personas  descienden cada mañana  hasta los escalones  del río  para cumplir con el precepto de bañarse en cinco lugares diferentes mientras pronuncian el mantra sagrado. La vida surge por doquier alrededor de los baños: tenderetes de fortuna bajo inmensos parasoles,  caravanas de lisiados y mendigos en busca de unas paisas, masajistas y astrólogos, santones y gurús que interpretan en público los libros sagrados por una cuantas  rupias.

Varanasi  permite comprender  el papel sagrado que representan  las vacas en la sociedad hindú. Están por todas partes,  tumbadas, rumiando, a las puertas de las casas, en las populosas calles o a las mismas puertas de los templos. La vaca no es algo folklórico, sino el mejor ejemplo de la profunda relación que el hindú mantiene con la naturaleza y con el más allá: es el animal que facilita al hombre tras su muerte  cruzar el río que le llevará al paraíso.

Observar en la negra noche el rito de la cremación  en los aledaños del Ganges es estremecedor. La familia y los sacerdotes cantan salmos y plegarias,  bajan al muerto al río y lo sumergen en las aguas para su purificación. El  pariente más cercano  prende la pira  mientras  da cinco vueltas alrededor de la hoguera. Los restos mortales se consumen con lentitud, unos chisporroteos apenas, entre el humo y el olor a carne chamuscada. Los ayudantes atizan el fuego con grandes cañas de bambú, espantan a los perros o añaden  troncos de  sándalo o maderas nobles en unos casos, vulgares  tablas  de leña para los menos pudientes. Finaliza el ritual cuando los familiares lanzan  las cenizas del muerto a las amarillentas aguas en las que se le purificó. Silencio y oscuridad.

Contemplar  al día siguiente desde los callejones del crematorio la salida de un  sol mortecino   sobre el sagrado río  Ganges   supone para el viajero una profunda experiencia y un impacto singular.

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