ARTÍCULO: MAUTHAUSEN, en territorio austríaco

Ahora que circula por diversos puntos de España una exposición sobre el campo de exterminio de Auschwitz (Polonia), desarrollo este artículo sobre el campo y los subcampos de Mauthausen(Austria).

Mauthausen es una pequeña población austríaca situada en la falda de una montaña no demasiado baja, para no hacer visible lo que ocurre alrededor, no tan alta como para hacer imposible el levantamiento de una extensa y enorme construcción fortificada: el campo de concentración de Mauthausen. Tras sus altos muros se desarrollaron unos acontecimientos tan siniestros cuya mera visión nos hace fácil comprender el significado de la palabra INHUMANIDAD.

1933. Incendio del Reichstag alemán. La derecha triunfa en las elecciones municipales españolas. Fundación de la Falange. Hitler toma el poder.    

1936. Estalla la guerra civil española. 

1938. El III Reich se anexiona Austria. El 8 de agosto llegan a Mauthausen los primeros 300 prisioneros: trabajan en la construcción del Campo de Exterminio y en la producción de obras monumentales para la Alemania nacionalsocialista. 

1939. Termina la guerra civil española. Hitler invade Polonia. En el mes de diciembre ya hay en Mauthausen 2772 prisioneros, criminales muchos de ellos y opositores políticos y religiosos. El Campo es catalogado con la Categoría III, condiciones extremadamente severas y alta mortalidad. 

1940. Las tropas alemanas entran en París. Llegan al Campo de Mauthausen un elevado número de prisioneros polacos y un gran contingente de republicanos españoles que habían huido a Francia con el fin de la guerra civil.

A finales de 1942 había más de 14 000 prisioneros entre el Campo principal de Mauthausen y varios subcampos aledaños( Gusen, St. Valentín, Enns y varios más). Trabajan a un ritmo muy fuerte para la industria bélica nazi. Hay grandes grupos de presos alemanes, socialistas, comunistas, anarquistas, homosexuales y gitanos; también austríacos y checoeslovacos. Tres años más tarde, 1945, hay ya más de 84 000, procedentes muchos de ellos de los campos de concentración del Este (Hungría o Auschwitz), judíos muchos de ellos. Hombres, mujeres y niños de más de 40 naciones.

Sus condiciones de vida y de muerte, de trabajos y ocupaciones en el Campo son inhumanas e insalubres, abusivas y mortales. Allí no falta ninguno de los ingredientes de un solvente campo dedicado al exterminio: una cantera de granito, profunda y oscura, de la que los presos extraen bloques de piedra que tendrán que subir después a mano salvando los 186 escalones de una escalera infernal; golpes continuos y palizas gratuitos, al servicio, la mayor parte de las veces, de cubrir las sádicas necesidades psicológicas de sus carceleros SS; una cámara de gas que suministra gas letal Zyklon 3, muros para el ejercicio de los pelotones de fusilamiento con el execrable recurso de dar ejemplo al resto de los prisioneros; alambradas electrificadas, crematorio de dos hornos o dejar morir sin ningún auxilio a los enfermos. El hacinamiento en los barracones, construidos cada uno para 250/300 presos, llegaba en ocasiones hasta los 2000 alojados. Desde el así llamado “muro de los paracaidistas”, situado a gran altura por encima de la cantera, los guardias SS lanzaban al vacío a los presos con el único propósito de matar su propio aburrimiento… Y el hambre, siempre presente hasta extremos inconcebibles. La compasión, la piedad, la mera lástima, nunca tuvieron hueco en aquel terrible lugar.

Se dice que desde 1938 hasta mayo de 1945 por Mauthausen y los subcampos agregados pasaron más de 190.000 prisioneros. Los archivos de las instalaciones de la zona, aún estando incompletos, hablan de más de 39 000 asesinados: 22000 polacos, 7000 españoles, 3000 soviéticos y hasta 7 500 procedentes de diversas nacionalidades. Cerca de la mitad de los presos que murieron en el Campo lo hicieron en los cuatro meses que precedieron a su liberación.

Mauthausen, a lo que se ve, es un museo al aire libre de la barbarie humana pero, a mi juicio, es un museo “muerto”. Impresiona las construcciones que ves y lo que cuentan las guías y manuales  de turismo. Todo está allí (cantera, barracones, edificios, hornos crematorios, cementerio…);  todo apela a hacer el ejercicio mental de lo que allí ocurrió. Sin embargo, es solamente mi opinión, no aparecen por ninguna parte  los pequeños detalles de la vida cotidiana, esos  toques humanos que llevan al visitante a empatizar con la más profunda emoción sobre lo que allí tuvo lugar (con la excepción, quizá, de los miles de nombres cuidadosamente ordenados de los presos que dejaron allí su vida o sufrieron el calvario en aquel monte desolador). Al contrario de lo que sucede en Auschwitz, territorio polaco, un campo alimentado por los ciudadanos del país, judíos la mayoría de ellos, Mauthausen fue el destino final de presos de múltiples países. Si en el campo polaco te sobrecoge  ver toneladas de pelo humano, millares de pares de botas y zapatos, miles de gafas o de cepillos de dientes, camastros, jergones, montones de bolsas y maletas o cubos llenos de dientes de oro u otros metales, signos de la vida  de sus conciudadanos, de su propia gente, de sus familiares y amigos, en el campo de Austria son las piedras, las barracas  vacías, el actual paisaje verde que rodea la cantera lo que te altera el ánimo tratando de imaginar.

 

El 5 de mayo de 1945 el Campo de las SS de Mauthausen fue liberado por el ejército americano y en junio de 1947 la autoridad soviética entregó el campo a la República de Austria con la única condición de que se erigiera un memorial que recordara al futuro lo que había sucedido allí. En la primavera de 1949 se inauguró el memorial bajo la leyenda de Monumento Público de Mauthausen. En el otoño de ese mismo año Francia levantó su propio monumento nacional en recuerdo de sus ciudadanos muertos. Hoy día son decenas los monumentos nacionales erigidos por diversos países en memoria de sus caídos, Italia, Hungría, Polonia, Israel, Alemania, Reino Unido, Checoeslovaquia, Urss…

Y también España, en memoria de los republicanos españoles enviados a Mauthausen entre 1940 y 1941 (muy pocos de ellos sobrevivirían a la mortandad).

En mayo de 1975 se inauguró el Museo de Mauthausen. Desde entonces alberga dos sencillas exposiciones permanentes: Mauthausen, lugar del crimen  y El campo de concentración de Mauthausen, 1938-1945. Y también un nuevo espacio llamado De los nombres en el que aparecen inscritos sobre placas de vidrio los nombres conocidos de 81 000 de las víctimas del Campo y de los subcampos dependientes de Mauthausen. Al lado pueden verse varios libros conmemorativos en los que aparecen los nombres por orden alfabético.

En mayo de 2006 el Presidente del Gobierno español, J.L.R. Zapatero, acompañó a los republicanos españoles supervivientes del campo en los actos conmemorativos de la liberación. Poco honor y escaso reconocimiento al recuerdo de los 927 españoles cuyo convoy llegaba 66 años antes a la estación del pueblecito de Mauthausen.

Nuestro país, en efecto, no se ha distinguido especialmente en homenajear a los caídos en ese lugar de desolación y crueldad. Dos ejemplos sintomáticos del olvido español de su heroísmo:

  • José Alcubierre, el niño prisionero de Mauthausen, fallecido recientemente a los 90 años en Angulema, Francia. Fue uno de los tres reclusos (junto a Jesús Grau y Jacinto Cortés) que lograron sacar del Campo cientos de fotografías. Fue declarado Caballero de la Legión de Honor francesa en 2016.
  • El catalán Francesc Boix, muerto en 1951, conocido popularmente como el fotógrafo de Mauthausen por su trabajo en el laboratorio fotográfico del campo, recibió también en Francia el honor postrero de que sus restos mortales fueran trasladados al cementerio Pére Lachaise de París, el lugar en el que tradicionalmente han sido sepultados una gran parte de las celebridades heroicas francesas.

Solo en fechas muy recientes también el Parlamento español celebró, por fin, un acto de reconocimiento a la memoria del fotógrafo y de sus tres compañeros presos cuya determinación y arrojo logró sacar a escondidas del Campo (con la inestimable ayuda de Anna Pointner, una vecina austríaca del pueblo) los cientos de negativos que servirían como concluyente prueba en los procesos de Nuremberg y Dachau contra los mandatarios nazis.

Hace muy poco tiempo también que los diarios españoles se hacían eco del comienzo del rodaje de “El fotógrafo de Mauthausen”, un film que contará la triste y amarga historia de Francesc Boix. Espero que también recoja, aunque tardío, su final reconfortante.

En el sarcófago erigido en piedra en la plaza central del campo de Mauthausen, donde se reunía a los prisioneros para pasar lista tres veces al día, aún puede leerse la siguiente inscripción latina: DE LOS MUERTOS DEBERÍAN APRENDER LOS VIVOS.

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