ARTÍCULO : Descubrir un cuadro: “Caronte cruzando la laguna Estigia”

CONMEMORACIÓN DEL DÍA DE DIFUNTOS 

Hay un pintor en el Museo del Prado que pasa desapercibido para la mayoría de sus visitantes.Es Joachim Pattinir (1480 – 1524), un pintor flamenco de paisajes y temas religiosos a quien se considera precursor del paisajismo como género independiente. En sus pinturas, el tema principal suele quedar relegado a un segundo plano ante la importancia concedida a la Naturaleza y el ambiente. Utiliza mucho la gama de verdes y las composiciones de horizonte alto.
Los primeros 35 años de la vida de Pattinir, incluida su formación, siguen siendo una incógnita. Ha quedado registrado que ingresó como miembro de la cofradía de pintores de Amberes en 1515, ciudad en la que pasó el resto de su vida. Se le considera discípulo de Gerard David en Brujas, antes de que, el mismo año, ambos se registrasen como cofrades en Amberes. La principal referencia a la biografía de Pattinir se encuentra en el libro de Karl Van Malden Libro de pintores, biografía de artistas escrita en 1604. En ella hallamos que nuestro pintor entra en contacto con Durero, hacia 1520, autor que hablará de él en su diario con el término de paisajista, lo que daría a nuestro pintor la condición de verdadero introductor del paisaje como género. Se sabe pues a ciencia cierta que mantuvo una larga y amistosa relación con Durero, fue uno de los invitados de su segunda boda y es autor del dibujo- retrato que se conserva de Pattinir.
Aunque con diferentes grados de certeza se le han atribuido muchas obras, sólo existen cinco cuadros firmados por Pattinir. Aún así es considerado el padre del paisaje por el extraordinario protagonismo que le otorga en sus cuadros. Sus inmensas vistas combinan la observación del detalle naturalista con la fantasía lírica y el conocimiento de temas religiosos, alegóricos y de la mitología cultural típica del Renacimiento.
En Pattinir hay un cierto parentesco pictórico con su amigo y maestro El Bosco. Ambos pintores obsesionaban a Felipe II, hasta el punto de adquirir varias obras de ambos. Quizá sea esa la razón de que sea el Museo del Prado la institución que posee el mayor número de sus cuadros. Después de Pattinir, paisaje nórdico, flamenco, de su tierra natal, cerca del Mosa, perfecto ejemplo de los pintores que pintan lo que ven con su especial forma de captar, se abriría una época de evolución hacia el paisaje ideal, clásico, en el que se pinta lo cotidiano pero se hace a través de la historia y de los mitos; el paisaje clásico durará casi tres siglos en la evolución de la pintura, hasta finales del Romanticismo, siglo XVIII, que alumbrará el paisaje independiente.
Los cuadros de Pattinir se caracterizan por el uso progresivo de los colores, que sirven para acentuar la sensación de distancia en los grandes espacios que pinta. Así, en la parte inferior de los cuadros, donde se encuentra el primer plano, predominan el marrón y el pardo. Según se va alejando el paisaje se va imponiendo el color verde y, en las zonas más lejanas, es el color azul el que predomina. La línea del horizonte suele estar situada en la zona más alta del cuadro (“horizonte alto”), lo que permite la representación de un espacio muy amplio. Por encima de esta línea suele pintar parte del cielo con un blanco brillante que hace intuir que el espacio prosigue detrás y que sugiere la curvatura de la Tierra. La evocación fantástica la consigue también con un determinado tipo de formaciones rocosas, casi siempre las mismas en todos los paisajes del autor.
Dos obras tempranas, <San Jerónimo y la Huida a Egipto aparecen firmadas con su nombre. En otras tres tablas (El Bautismo de Cristo, Paisaje con san Jerónimo y Las tentaciones de san Antonio) sólo se aprecia la inscripción (una especie de cuño con las iniciales de su taller a modo de sello). Otras dos tablas de Pattinir, no firmadas pero unánimemente consideradas suyas, son “San Cristóbal con el Niño Jesús” (Monasterio del Escorial) y Caronte cruzando la laguna Estigia” (Museo del Prado), cuadro en el que ahora nos centramos:

Caronte cruzando la laguna Estigia representa una mezcla de la imagen del Averno de Virgilio con el infierno de la tradición cristiana. Un barquero rema en el río llevando en su barca el alma de un recién fallecido. A la derecha del cuadro aparece un bosque en el que el perro Cancerbero y las llamas por encima nos sugieren el Infierno; a la izquierda se ve en blanco la figura de un ángel y un paisaje paradisíaco que llaman hacia ese lado al alma del difunto. Y el barquero no sabe a ciencia cierta para donde remar. La postura de Caronte y sus miradas parecen dirigirse hacia el Averno haciendo caso omiso a los gestos del ángel. Sin embargo, el alma ya ha sido juzgada según la mitología clásica y el rito cristiano, por lo que parece contradictorio que el barquero dude entre llevarla al infierno ú obedecer los gestos del ángel.
El detalle más llamativo del cuadro, al margen de su fresco colorido, es la representación del río: esa masa de aguas azules que parecen derramarse en curva hacia el espectador. Es como si el río en su curva esférica demostrara que la ciencia ya había alcanzado por entonces el conocimiento de la esfericidad de la Tierra.
Azul de abril y de añil, cielo índigo, cielo intensamente azul…Río añil en el horizonte, oye en las palabras que se agolpaban en su memoria…Se dejó caer como una piedra, riéndose, el agua del río francés le llenó la boca, se ahogaba….se esforzó por permanecer inmóvil y escupiendo agua y limo surgió de nuevo agotado, y supo que se ahogaba en el río de Pattinir…. El agua del río Estige se lo llevó en sus ondas”.
Así escribe Jorge Semprún el final de su libro La Montaña Mágica. El cuadro de Pattinir debe haber cautivado a Semprún hasta convertirlo en protagonista de su novela; su experiencia de vida y el azul fijo, loco, del cuadro quedó impregnado en la retina del autor. Debió de recordarlo sin duda en aquellos días aciagos en que, prisionero en el campo de concentración de Buchenwald, esperaba el destino final que tantos de sus compañeros (56000) hallaron, el horno crematorio. El cuadro de Pattinir se despliega como telón de fondo a lo largo de toda la novela, otorgando un colorido melancólico y turbio a una historia cargada de infortunios y desgarros.

( Para escribir este artículo el autor se ha basado en el experto conocimiento del profesor y erudito en Arte  D. Antonio Manuel Gonzalez).

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