ARTÍCULO: La Viena Fin-de-Siécle

                           En torno al 1900 Viena era un fastuoso escenario.

A comienzos del nuevo siglo se producía en la ciudad una incomparable concentración de creatividad en el arte, la música, las letras, la pintura o la arquitectura.  Las viejas fortificaciones alrededor de la ciudad con sus enormes bastiones de cientos de metros en algunos casos habían sido muy eficaces durante el asedio de la ciudad en 1683, pero en el siglo 19º habían perdido toda su significación militar. El emperador Francisco José, por tanto, decidió en 1857 derribar las ruinosas murallas y conectar el centro de la ciudad, el corazón del Imperio Habsburgo, con los suburbios colindantes. La construcción de la gran avenida Ringstrasse que se llevó a cabo en las siguientes décadas se convirtió en uno de los proyectos más ambiciosos de planeamiento urbano en el mundo y cambió totalmente el rostro de la ciudad. La inmigración y dos fases de ampliación urbana contribuirían a lo largo del siglo XIX a su notable crecimiento.

Viena hervía inmersa en una búsqueda esteticista que la mostrara al mundo como  ciudad moderna, tolerante, liberal y progresista. Abundaban las sociedades secretas, místicas, teosóficas, rosacrucianas, cabalistas o neopaganas  que prometían la ruptura con el mundo del pasado. En la esfera política, al tiempo, conspiraban las ideas comunistas, las anarquistas y las de origen ultranacionalista. Se levantaron  numerosos edificios públicos edificados al mismo tiempo a lo largo de novedosas avenidas, la Universidad, el Ayuntamiento, el teatro de la Ciudad, los dos ambientes dedicados a museos, la Academia de Bellas Artes, la Opera, el Museo de Artes Aplicadas o un sin número de grandes palacios de la burguesía y de diversos miembros de la familia imperial y brillantes edificios de apartamentos. Diseñados por los mejores arquitectos del país, Otto Wagner, Josef Hoffmann, Adolf Loos, Semper, T.Hansen, Friedrich von Schmidt o Heinrich von Ferstel, con la misma base constructiva, todos cercanos en su estilo, una mezcla de clasicismo, romanticismo y renovación, la almendra central de Viena presenta hoy en día, 152 años después, lo que en todo el mundo se conoce  como el “estilo Ringstrasse”. Un brillante período de la historia colmado de contrastes en el que se enfrentaban los últimos restos de la burguesía decimonónica existente y nuevas y prometedoras vanguardias artísticas. La primera sección del gran bulevar fue solemnemente inaugurada por el emperador Francisco José en presencia de su esposa, la emperatriz Elisabeth (Sissí) y de  numerosos invitados de honor el 1 de Mayo de 1865. El gran proyecto solo podría terminarse, irónicamente dada la cercanía del comienzo de la I Guerra Mundial,  hacia 1913, con la finalización del último edificio, el Ministerio Imperial Real de Guerra.

Muchas cosas iban a cambiar, pero nadie imaginaba ni el cómo, ni el cuándo. Y muchos de los ciudadanos ni el por qué. El garante y símbolo de aquel tiempo era el emperador Francisco José y el eficiente aparato administrativo del imperio. La capital recibía oleadas de inmigrantes provenientes de todos los confines y de diferentes grupos étnicos y religiosos. Prosperaban los movimientos obreros, la formación de organizaciones sindicales y una incipiente corriente socialdemócrata. La problemática resultante del conflicto entre las diversas naciones en el ámbito internacional se resumía en el apodo que los habitantes eslavos le daban al Imperio, el calabozo de los pueblos. A caballo entre ambos mundos, un Imperio que se desmoronaba y una Viena pujante donde florecían nuevos modos de entender el mundo, el centro de Europa se preparaba para derrocar la decadente vigencia del Imperio Austrohúngaro.

La familia de S. Freud vivía desde 1860 en Viena. Sigmund había nacido en 1856 en Moravia y estudiado medicina en su nueva patria. El término psicoanálisis, empleado por él por primera vez en 1896, daría lugar tres años después, en 1899, a la publicación de La interpretación de los sueños (aunque con fecha  de edición de 1900). Normalmente sus sesiones de psicoanálisis duraban mucho tiempo y se llevaban a cabo sobre su famoso diván en su consulta de la calle Berggasse. Un aspecto de las teorías de S. Freud que causaba irritación en los vieneses era su visión de la sexualidad como origen de muchos actos y deseos, una teoría que  molestaba especialmente a sus coetáneos porque en Viena imperaba la doble moral en las relaciones  matrimoniales y todo lo referente al sexo era un tabú que provocaba curiosidad y miedo a la vez.

Los pintores, músicos, arquitectos, poetas, periodistas y otros intelectuales se daban cita en el Café Griensteidl, en el Café Central o en el Café Museum ( lugar de reunión de Klimt, Schiele, Oskar Kokoscha, los arquitectos Wagner y Loos o el escritor Elías Canetti). Nombres distinguidos de tales corrientes eran Karl Kraus, Peter Altenberg, el más característico literato de café, conocido también como un artista de la vida, Arthur Schnitzler o Adolf Loos. El compositor Alban Berg, representante de una innovadora corriente de música contemporánea, anunciaba ya en parte el concepto de atonalidad, nacido por entonces, que causaba encontradas impresiones en los conciertos de Schönberg y de su círculo de discípulos, el propio Berg, Webern, Wellesz y otros, que formarían la  llamada Segunda Escuela Vienesa.

El Café Central, vivo recuerdo del ayer

Acostumbrados a la música del romanticismo tardío, los oídos vieneses no acababan de encajar aquellos sonidos tan alejados y diferentes a sus convencionales gustos burgueses. En la Viena de 1900 el culto dispensado a los artistas por la burguesía acomodada llevó a muchos de ellos a creer en la imaginación como la única fuente del arte en contraposición con la precedente, una representación  fiel y exacta de la realidad.

En la Viena Fin-de Siécle quedaba más claro que nunca que no sólo existía el pasado sino que un mundo joven y en rebeldía comenzaba a dar la espalda a muchas de las reconocidas instituciones de sus padres. Así surgió el famoso movimiento artístico de la Secessión en el que confluían al tiempo las corrientes alemanas de la escuela de Munich, el moderno estilo escocés, la interpretación del mundo que hacían los impresionistas franceses y la herencia simbolista del romanticismo nórdico. Dos de sus más destacados miembros serían Klimt y Schiele, más joven y alumno suyo durante un tiempo.

 Gustav Klimt

EGON SCHIELE

 

Estrechamente relacionado con la Sacra Primavera del 1900, Gustav Klimt fue un pintor de visión, comprometido tanto con su presente como con la libertad del artista romántico, mundo del que procedía. Su etapa dorada, inspirada en las texturas de oro y en los ricos ornamentos de los mosaicos del paleocristianismo y del Medioevo que había conocido en las ciudades italianas de Ravenna y Venecia, alcanza su coronación en su  célebre obra El beso, en la libre sensualidad que se percibe en muchas de sus figuras de mujeres en desnudez, o en las atrevidas posiciones de sus modelos que ilustran temas profundos como la muerte, el erotismo o el círculo de la vida. Temas todos ellos muy presentes en los espíritus despiertos de aquella época  y captados también  a su manera por Sigmund Freud. Y al mismo tiempo una nueva generación de jóvenes artistas volvía a sacudir la percepción visual vienesa, cuando Egon Schiele y Oskar Kokoschka, los más destacados representantes del expresionismo austríaco, tenían la oportunidad de exponer sus obras en 1908 y en 1909 bajo el patrocinio de Gustav Klimt.

“El mundo era inestable (así lo describe E. Ross), parecía que una idea colosal o una bomba certera podría hacer que se desmoronara todo aquello”.

Cuando A. Hitler aterrizó en Viena por primera vez, en 1906, asistió a diversas manifestaciones operísticas y quedo profundamente fascinado por el Tristán de Wagner bajo la batuta del judío G. Mahler, nacido en Bohemia y director de la Ópera de Viena desde 1897 a 1907. Solo tres años antes el filósofo Weinninger había exclamado que Wagner era el hombre más grande después de Cristo. Los triunfalistas discursos de los líderes políticos resonaban huecos en los oídos de los sufridos vieneses mientras comprobaban impotentes la otra parte de su pavorosa realidad.  Nada, sin embargo, que llegara a presagiar la hecatombe sobrevenida unos años después tras el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-18). Fue entonces, y de tal manera, cuando  la Viena Fin-de Siécle quedó anclada en la memoria de los supervivientes y de varias generaciones posteriores como símbolo de un brillante ocaso de la cultura europea.

En los discursos de Hitler de los años veinte, recién terminada la Gran Guerra, en la que combatió y fue herido, señalaba como uno de los síntomas del declive alemán la pérdida de prestigio de los grandes músicos como Wagner y de los clásicos de siempre, tras la aparición de los defensores de la otra nueva música basada en la disonancia y la atonalidad. Después insinuaría en varias ocasiones la existencia de un estrecho vínculo entre su música predilecta y su cada vez más agresiva política exterior. Unos años más tarde llegaría de nuevo lo que vino después. Y  en 1941 y 1942, en los campos de concentración de Auschwitz (Polonia) o de Mauthausen(Austria) y en tantos otros campos de exterminio,  la música que le gustaba a Hitler seguía sonando  en los altavoces colocados en cada pabellón de reclusos.

(Placa en el monumento a los 7.000 españoles muertos en el campo de Mauthausen)

 

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