ARTÍCULO: Los mecanismos para la adaptación

Toda conducta humana se halla condicionada tanto por nuestro interior como por la realidad. La cantidad de energía del ser humano es limitada; también lo es la capacidad de su Yo para volcar su actividad en el mundo real. Si nos volcamos mucho hacia un lado, a buen seguro que habrá otro aspecto que se resentirá; si hipertrofiamos un rasgo de nuestro carácter o una manera de ser, será a menudo para tapar algo que permanece hipotrofiado en nosotros. Esto nos obliga a elegir, a afrontar o a defender; se es más fuerte y sólido en tanto en cuanto elegimos, afrontamos o nos defendemos con un mejor ajuste y mayor adaptación.

85h

No vemos las cosas como son, las vemos como somos nosotros, dice el Talmud. Es por eso que vivir se convierte en un continuo aprendizaje: el presente nos enseña, el pasado ya lo hizo si fuimos capaces de aprender. El malestar emocional, la insatisfacción profunda, quizá el disgusto por nuestro modo de ser solo llegan a curarse cuando uno mismo es capaz de integrar las diferentes cosas que existen dentro de sí, aquellas de las que se está orgulloso y de las que no queremos reconocer.

Si entendemos el Yo como la experiencia interna de uno mismo y de un modo de ser individual, si pensamos que ese Yo está compuesto: por la representación de la realidad que aportan nuestros sentidos, por las memorias del pasado, y por el aprendizaje del mundo real producido en nuestro interior por las distintas influencias de nuestros impulsos, llegaremos a reconocer unos sutiles mecanismos defensivos, involuntarios o inconscientes, que nuestro Yo adopta para protegerse a sí mismo del dolor que nos produce una difícil situación física o mental.

Piensa en cómo te defiendes y sabrás cómo eres en realidad, es un viejo principio basado en lo que los psicólogos llaman mecanismos de defensa, unos procesos defensivos que las personas utilizamos para solucionar el habitual conflicto entre las exigencias de nuestros instintos y la necesidad de adaptarnos al mundo real.

Así escribe Anna Freud en su obra capital, “El Yo y los mecanismos de defensa”:

El yo triunfa cuando sus funciones defensivas cumplen su propósito, cuando con su ayuda logra limitar el desabrimiento de la angustia y el displacer, cuando asegura a la persona, incluso en las circunstancias más difíciles, alguna satisfacción por medio de los necesarios cambios instintivos; cuando en la medida de lo posible logra satisfacer una armonía entre su conciencia propia y las fuerzas del mundo exterior.

Así hablamos de Disociación (defensa inconsciente para mantener fuera de nosotros algo que molesta nuestro interior; lo negamos, lo ignoramos en nuestro comportamiento, pero está presente en nosotros e impide nuestra maduración). O el de Racionalización (disponer nuestro pensamiento al servicio de la ocultación de nuestros motivos internos dotándole a cambio de una explicación intelectualizada y racional). O, quizá, de Introyección (inocular dentro de uno mismo aspectos idealizados o denigrados que copiamos de nuestro alrededor). O del mecanismo de Represión, o el de Inhibición, o de Regresión o el de Sublimación, o de otros varios ampliamente definidos por el ejercicio de la psiquiatría y de la psicología clínica. Hasta el sentirse inútil en lo más profundo de uno mismo podría llegar a pensarse a veces como un mecanismo de defensa más frente a la realidad.

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Los mecanismos de defensa, pues, presentan una dualidad: son buenos cuando nos ayudan a adaptarnos a la realidad, son malos cuando se convierten en un cliché. Un Yo fuerte se adapta al mundo real; un Yo débil solo llega a adaptarse mediante el uso de algún mecanismo de defensa que, a fuerza de repetirse, termina por convertirse en un rasgo distintivo del carácter o la personalidad. Así podemos decir que la falta de tales mecanismos de defensa, o la cronificación de alguno de ellos, es un síntoma de una difícil adaptación a la realidad. Entender bien la acción de tales mecanismos sirve al ser humano para comprender mejor la vida, la propia y la de los demás.

Nosotros y el afuera. Donde está lo bueno y donde lo malo. Dónde nos ponemos psicológicamente nosotros. Qué somos y qué proyectamos, con qué nos identificamos. Integrar lo bueno y lo malo dentro de nosotros mismos nos produce a un tiempo agobio y ansiedad. Tenemos pues que aprender a canalizarlo so pena de que el mundo externo colonice nuestro interior.

Conviene también aprender a diferenciar lo que es nuestro de lo que no lo es para no cargar con la ansiedad. Diferenciar nuestra vida interior de los problemas relacionales con el contexto en el que vivimos para poner cada cosa en su sitio justo e identificar mejor la procedencia de las ansiedades que sufrimos. Esa es la batalla que cada día hemos de librar con nuestro enemigo interno, transformar nuestras utopías en conocimiento cabal, aprender a dejar atrás partes de nuestros idealismos y jirones de nuestra ambición. Eso es madurar; eso, y no otra cosa, es la adaptación.

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Aprovecho el artículo para informaros de la publicación en papel de mi última novela LOS INDIANOS INVISIBLES. La tenéis, si os apetece leerla, en Amazon.es. Os adjunto la portada y una breve reseña:

LOS INDIANOS INVISIBLES no es una novela histórica ni la Historia novelada, sino una mezcla de ambas, la realidad y la ficción. Cuatro relatos que recogen cien años de emigración desde el Oriente asturiano;  una narración que avanza entre brumas de leyenda, el inexorable paso del tiempo y la evidencia de unos años sofocados por revoluciones, guerras y miseria económica y social. Desde el siglo XIX (1839 y 1862) hasta mediados del XX (1907 y 1956), un cronista local describe la aventura indiana de tres jóvenes emigrantes a ultramar, una crónica de éxitos infaustos y de fracasos heroicos, de triunfo en ocasiones, en otras de inutilidad. El mar y Asturias, México y Cuba, son los paisajes de fondo en los que transcurre la acción.

Un libro que ayudará al lector a comprender y recrear nuevos matices sobre la aportación del indiano asturiano a la modernidad y al progreso de su tierra natal. Una novela ágil e insólita que merece ser leída sin prisa y con atención.

Gracias.

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