ARTÍCULO: La siesta

                                                         Muchedumbres de sol

                                                             bloquean la casa

                                                    y el tiempo acobardado

                                    se remansa   detrás de las persianas

                                              verdes como cañaverales.  

                                                  (Borges, LA SIESTA).

El sol cae a plomo. En un retrato intimista, el pintor valenciano Sorolla pinta en Alcira (Valencia), en el verano de 1904, a sus hijas, María y Elena, adormiladas por la calorina de la tarde en unas hamacas a la sombra del emparrado de un patio florido. El cuadro recrea a la perfección la atmósfera perezosa de una tarde de verano en las que se busca la sombra para pasar el sopor en el que se entra tras la comida.

SOROLLA
SOROLLA

 

La siesta forma parte de la tradición de España, Filipinas, Oriente Medio, el norte de África y algunos países de Latinoamérica. Cuando el calor aprieta a mediodía, los habitantes de esos países disfrutan de la costumbre de recluirse en su casa y echar una cabezada a la espera de que pase el bochorno.

La palabra siesta parece provenir del siglo XI, de una regla de la orden monástica de San Benito Abad. Deriva de la expresión latina horam sextam, la hora sexta, justo tras el medio día, el momento más caluroso. Entre el mediodía y las tres de la tarde los monjes debían de acostarse en completo silencio para descansar y recuperar fuerzas para las tareas del resto de la tarde. Nadie discute hoy día sus beneficiosos efectos aunque, como ocurre a menudo, también pueden darse malas prácticas que a la larga podrían afectar negativamente a algunas personas.

Así la canta José Zorrilla en su poema La Siesta:

 Son las tres de la tarde, julio, Castilla.

El sol no alumbra, que arde, ciega, no brilla.

La luz es una llama que abrasa el cielo,

ni una brisa una rama mueve en el suelo.

Desde el hombre a la mosca todo se enerva,

la culebra se enrosca bajo la yerba,

la perdiz por la siembra suelta no corre, y

el cigüeño a la hembra deja en la torre.

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La “presión” de la troika europea sobre el Gobierno español tras el rescate bancario solicitado hace unos años, eliminó la siesta en España (informaba en plena crisis económica, el diario alemán Der Spiegel  al subrayar las diferencias culturales entre países como España e Italia y Alemania). De hecho el rotativo alemán escribía que el ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero había  restringido la siesta ya en 2005 al suprimir tal costumbre a los empleados públicos con el fin de impulsar la productividad. Según el ex presidente hoy en día los aires acondicionados facilitan  el trabajo pese al calor.

El “acoso” a la siesta debe estar dando sus frutos en el seno de la mentalidad española; solo así puede entenderse el dato que arroja una muy reciente encuesta: solo el 18 % de los españoles siguen disfrutando de ella, el 60% restante no puede, o no tiene la costumbre, de echar la cabezadita cuando aprieta el calor. Tengo para mí que los cambios sociales que se vienen produciendo en nuestro país, conciliación familiar, contratos con diferente temporalidad, el turismo, los cambios en las costumbres y la conexión creciente con cada vez más países de nuestro alrededor, son los principales agentes que actúan en la creciente disminución del sueño de mediodía  desde hace unas docenas de años. Creo que esto es así salvo en las vacaciones, días en los que más de uno recupera la siesta como un ejemplo más de que el descanso tras el almuerzo, aun habiendo perdido terreno, sigue estando  inserto en lo más profundo de nuestro ser.

La siesta es una de las tradiciones españolas más fuertes, y una de las que más fácilmente adoptan los extranjeros. Una costumbre más propia del verano y una genuina expresión cultural de los países mediterráneos. El sueño no entra a medio día por consumir una comida copiosa, sino porque el cuerpo reclama su descanso tras siete u ocho horas de actividad. Afirmación que no todo el mundo acepta; en los países en los que se almuerza tarde a mediodía, por ejemplo, resulta recomendable dejar pasar al menos una hora tras el almuerzo y de este modo evitar una pesada siesta plagada de pesadillas a causa de la digestión. La siesta, pues, la de los países calurosos, se suele dormir tras la comida; la siesta entendida de modo general (porque hay otra siesta, la que algunos duermen antes de la comida central que se conoce como siesta del carnero, un ratito de descanso que muchos expertos del sueño dicen que es la más sana (en otros lugares se la conoce como siesta del burro, del borrego, del gorrino, del galgo, del cura o del obispo).

Sea cual sea la siesta a la que nos refiramos, ha tiempo que la ciencia ha demostrado sus enormes beneficios: previene el agobio, la presión o el estrés y mejora la circulación sanguínea y la salud en general. En realidad es el cerebro el que necesita un descanso para volver a recuperar sus mejores niveles de atención.

Así la cantan estos versos de los Hermanos Álvarez Quintero:

                                   En un rincón de un patio fresco y ameno,     

                                       que alegran y perfuman aves y flores,

                                         una niña morena, que tiene amores,

                                   duerme, puestas las manos sobre su seno.

                                                              ………………     

                                   Murmura luego su nombre: nadie contesta…    

                                      Abre sus ojos negros con mudo espanto,     

                                        y al ver de sus quimeras roto el espanto

                                      volviendo al sueño dice: ¡Bendita siesta!

Tan cercanos estos versos a los acordes de La siesta del fauno; basado en un poema escrito en 1876 por S. Mallarmé, el músico Claude Debussy construye una hermosa y deliciosa música, coreografiada más tarde para el ballet ruso, que describe la sensualidad y el goce de un fauno que acaba de despertarse de la siesta.

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Se habla del mal humor tras la siesta y, también, de que su práctica puede romper  la inercia del sueño creando dificultades para dormir por la noche; pero también se arguye que la siesta contribuye al aumento de la productividad. Quizá sea esa la razón por la que se sugiere que, para su mayor eficacia,  el sueño del mediodía no debe pasar de media hora. Lo de la siesta de pijama y orinal no deja de ser un privilegio de quienes son capaces de dormir a todas horas y que disponen de todo el tiempo del mundo y de una inusitada libertad.

La privación del sueño se manifiesta en somnolencia, cierto grado de desconcierto, fallos de memoria e irritabilidad; de ahí las bondades de un dormir reparador hacia la mitad del día. Visto lo cual, pros y contras, se puede apostar por que la cabezadita después de comer arroja más beneficios que pérdidas. Existen, por otra parte, dos alteraciones del sueño muy frecuentes , la apnea y el insomnio, que conllevan tanto  desgaste que han de ser tratadas por especialistas médicos; sería un error, por tanto, automedicarse con la siesta con la vaga esperanza de que pudiera resolver un problema de ese tenor.

Todo  ello, sin embargo, no ha de impedir la confianza  en un principio básico: no todos somos iguales ni todos los cuerpos responden de la misma manera ante la actividad diaria.  Relajarse a mediodía, desconectar del mundo, enlentecer el ritmo cardíaco y la respiración, es una excelente práctica para mantener el tipo en el tráfago  y sostener una vida activa en medio de las exigencias de nuestro mundo actual. Que lo disfrute, pues, en paz y en silencio todo aquel que pueda hacerlo.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Aurora Jiménez Solano dice:

    Jose María me confieso una frustrada defensora de la siesta. De esas, de las media hora. De las que mi profesora de Filosofía recomendaba hacer en el sillón con las llaves en la mano. De manera que cuándo caían al suelo, ya puedes continuar con la actividad del día. Practícala, tu que puedes.

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