ARTÍCULO: El poder y la política. II ( Los partidos y los representantes políticos)

(Continuación del artículo El poder y la política  I, publicado el 17/02)

Los partidos políticos son, en su conjunto, un emergente del país que representan; el análisis de su actuación no puede sustraerse al margen de aquel. Bien puede decirse que una sociedad está enferma en la medida en que algunos de sus componentes y grupos sociales lo están. El colectivo que forman nuestros representantes políticos, locales, autonómicos o nacionales, transmiten en sus apariciones una buena parte de los aspectos negativos que se pueden rastrear en nuestra propia realidad.

La personalidad limitada y pobre de muchos de nuestros representantes es, a  mi juicio, pues, un reflejo incuestionable del estado real de muchas capas sociales de nuestro país. Personalidades débiles y de trágica simplicidad cuya mediocridad les impulsa a unirse a una idea, una ideología, un sectarismo o a un determinado partido. Con tal de entrar a formar parte de alguno de ellos, vadean todo tipo de obstáculos para arrimarse a quienes en cada momento ostentan, o son firmes candidatos a ello, mayores cuotas de poder.

La avaricia, la utopía en algunos casos, cuando no una vida entendida bajo la ley del mínimo esfuerzo, les llevan a insertarse en algún partido que refuerce su personalidad individual.

No es difícil rastrear en muchos de ellos  los síntomas clásicos de algunos síndromes psicológicos:    [el de Eróstrato – no importan los medios con tal de distinguirse y que se hable de ellos- el Matrioska– engañar a los demás  con varias capas de personalidad con el fin de compensar lo que en realidad se es-, incluso el síndrome  de Münchausen– compensación para sentirse superiores  por no soportar su íntimo sentimiento de inferioridad mediante mentiras, historias inverosímiles e invenciones].

MÁXIMO
MÁXIMO

No tardarán mucho en desarrollar los mecanismos adaptativos que han de proporcionarles seguridad y estabilidad. La cultura interna del partido forma parte, así, de la coraza defensiva que precisan para vivir. Más tarde llegará el momento en que, ya instalados en el Partido, sabrán cómo manejarse, quién es quién, lograrán ascensos sucesivos y aprenderán a evitar las situaciones y problemas que podrían complicarles la vida en el seno de aquel.

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Claro es, por supuesto, que no todos los políticos son así( a ello apelan muchos de ellos en su propio descargo), pero sí una mayoría suficiente para que los ciudadanos pensemos que el retrato aquí expuesto es el que mejor responde a la realidad. Miramos a nuestro alrededor, observamos sus comportamientos y llegamos a una penosa conclusión: mandar en este país resulta fácil en verdad, desde el sillón, desde el poder, desde los códigos de supervivencia del Partido, desde la cercanía y el compadreo del político que ocupa el sillón principal. Es así como tantos de ellos  se asoman a la corrupción. Su evidente falta de identificación con el verdadero liderazgo provoca nuestra percepción de que a muchos de nuestros políticos lo que les va es la mentira, los mensajes confusos y las falsas declaraciones. Ser popular, además, se ha convertido hoy en día en una necesidad para muchos de ellos, les  facilita las cosas frente a la hostilidad. Ninguno quiere ser uno más, así que cualquier cosa les vale excepto un sincero compromiso con sus representados y una labor basada en la responsabilidad.

¿Qué sucede en los partidos políticos cuando aparece lo no previsto, una crisis, un cambio drástico o una debacle electoral?

MINGOTE
MINGOTE

Tratando de repetirse acuden en primer lugar a las mismas tretas y manifestaciones que solucionaron los problemas en alguna ocasión anterior. Después, si ello fracasara, comenzarán en su seno la huida y el temor; la verdad y la mentira aparecerán de nuevo confundidas y se verán acosados por las  ansiedades de pertenencia, de pérdida, de desintegración, de pasar al olvido, de llegar a verse salpicados por los cruces de culpabilidades. De saber que hay que hacer algo, pero no saber qué hacer.

Mientras tanto nosotros, los  ciudadanos comunes nos  seguiremos preguntando para cuándo la llegada a nuestra sociedad de unos políticos decentes y con limpieza moral.

 

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