ARTÍCULO: EN TORNO A LA COMPETITIVIDAD.

Recientes publicaciones en los foros internacionales acerca de la Competitividad recogen la información de diferentes países para listarlos por orden acerca de sus niveles de competitividad económica según varios centenares de índices. España suele ocupar los últimos lugares en algunos de esos criterios y de la media hacia el final en otros muchos (puesto nº 35 en concreto). No salimos bien parados en motivación de los trabajadores, libertad de los directivos para ajustar el número de éstos ante los cambios de tendencia, calidad de los servicios y modificaciones de cara a la exportación. El elevado tanto por ciento que suponen las pequeñas y medianas empresas en nuestro PIB nacional se explica porque muchas de esas firmas están especializadas en sectores de baja demanda. Los últimos informes de Davos constatan nuestro avance en algunos aspectos del marco laboral y en la contención del déficit – aunque haya aún 120 paises mejor situados que nosotros- pero también han crecido los casos de corrupción y la ineficacia de las Administraciones, la local, las autonómicas y la nacional. Vaya pues lo uno por lo otro.
Lamentarse porque en España no hubo un sólido avance económico durante la Ilustración o sencillamente porque no hemos tenido una revolución industrial, solo reestructuraciones, generalmente escasas y a destiempo, puede servir para mostrar nuestras incapacidades históricas , pero no para mejorar nuestros actuales índices de competitividad. Perder un tiempo precioso  entre la mar y los peces, como habitualmente suelen hacer nuestros partidos políticos, no sirve para otra cosa que para ofrecer al mundo económico una sutil paradoja: mientras unas pocas empresas grandes compiten con éxito a nivel internacional, nuestro tejido empresarial, adolece, sin embargo, de innumerables problemas, arrastrados muchos de ellos desde tiempo inmemorial.
Los empresarios europeos opinan que el I+D, la Formación Profesional, la formación de los Cuadros y la Productividad, son los cuatro retos principales que deben afrontar las empresas de la UE para competir con eficacia en la economía global. Las dos velocidades de la Unión Europea (algunos hablan de tres o cuatro) se hacen notar de manera sensible en el proceso de uniformización de la economía de cada país. Esta situación le ofrece al nuestro un reto y un obstáculo a la vez: la dificultad inherente a tratar de llegar a los niveles de riqueza de los líderes europeos y el desafío de asumir algún tipo de liderazgo ante los países más retrasados de la Unión.
¿Quiénes son los interlocutores en España cuando se habla de competitividad? El gobierno, las autonomías, los sindicatos y los representantes de las organizaciones empresariales y altos cargos de las mayores empresas de la industria, el comercio y la banca del país. En otras palabras, los mismos que generan la situación. Pero la política, en realidad, suele tener escaso impacto en los entornos financieros. Es la economía quien manda, un mundo con muchas reglas y leyes, pero en el que no suele ocurrir nada si se traspasan sus límites; su poder es el que de verdad manda aquí . Lo estamos viendo cada día: los ciudadanos son quienes pagan al final los errores y latrocinios de los intermediarios financieros y de los pseudo-banqueros (ellos siguen en sus puestos o los dejan atrás con suculentos premios a su pasada labor).

Competencia/Competitividad
Competencia/Competitividad

Por otra parte, si el mercado se encuentra copado por las empresas más cercanas al poder de los gobiernos autonómicos o del nacional, se limita el crecimiento de los nuevos emprendedores y de los pequeños empresarios. Sucede que, además, al decir de unos u otros, los gobiernos hacen leyes con criterios electoralistas, los empresarios son unos explotadores o son los trabajadores quienes no colaboran en la mejora de los índices de productividad. Los dirigentes, empresarios y los sindicatos, en concreto, parecen a menudo estar más ocupados en competir entre ellos que en mejorar su competitividad con las empresas rivales en su sector. Además se suele olvidar que, si se considera a los trabajadores una masa obediente y sumisa al servicio del empresario y si las empresas no emprenden políticas laborales que lleven a sus empleados a sumarse al reto empresarial, no podrán obtenerse la libertad de mercado, la igualdad de oportunidades y el necesario aumento de la productividad.
Parece evidente y lógico que el modelo de competitividad debería ser elaborado atendiendo a las características de nuestra economía; los métodos aplicados con éxito en otros países para la mejora de la productividad pueden no resultar eficientes si se prescinde de la realidad que comporta el tejido social y económico de nuestro país. Pero no todos los gobernantes, los líderes políticos y los grandes empresarios parecen comprender este elemental principio de sentido común empresarial.

Nuestro país atraviesa una crisis moral, social y económica, cuyo efecto más claro son los casos de corrupción, pero ya va siendo hora de que los políticos y dirigentes de uno u otro signo dejen de ocupar sus horas en la búsqueda de chivos expiatorios. Dejen a la justicia actuar, a pesar de su lentitud, y dediquen sus esfuerzos a diseñar el futuro con diferentes claves a las que nos han traído hasta aquí. Más allá de las diferentes opciones políticas, la competitividad de nuestra economía debe plantearse en términos de acuerdo global y a nivel estatal.

¿Para cuando, por tanto, la búsqueda de un acuerdo para las cosas verdaderamente importantes entre los partidos políticos en nuestro país?

 

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