ARTÍCULO: Cambio y/o desarrollo

El sociólogo Bauman lo expresa claramente con su concepto de la Modernidad Líquida: la realidad se nos escurre, las cosas son inestables, los valores efímeros, de usar y tirar; el matrimonio, el trabajo, las amistades, la familia, todo parece hacer aguas, nada dura lo suficiente.

La palabra cambio no significa en estos días nada especial por sí misma y parece que eso lo saben bien los políticos de turno. La palabra les llena la boca en sus declaraciones, porque suena bien, porque exalta al orador y no conlleva un compromiso después. A la palabra, además, le han salido varias hijuelas: renovación, renovación, reforma,revolución, mejora, rebaja, modificación, renacimiento, reajuste, enmienda, eufemismos todos ellos más o menos afortunados que someten a los ciudadanos a un constante vaivén de incertidumbres y a una continua readaptación. La pregunta que podemos hacernos es hasta qué punto esa palabra  y sus sucedáneos contribuyen al desarrollo y el progreso de la sociedad.

Al revés delo que sucede en el mundo vegetal( las plantas crecen y se desarrollan de forma predeterminada), o en el mundo animal(estímulo/respuesta y también predeterminación), en los que el cambio no significa tanto desarrollo como crecimiento natural, el ser humano es abierto, dinámico, tiene ideas y valores, pasiones, deseos, voluntad y se relaciona así con el entorno. En él se dan también algunas leyes biológicas, como en el animal, pero presenta un yo particular y propio, un yo que puede elegir.

Un vistazo a la historia nos muestra que los gobernantes han contribuido con sus decisiones a configurar el mundo tal y como lo conocemos hoy. Si solo hubieran dispuesto de un comportamiento predecible, muchas de sus decisiones habrían sido iguales; la historia del hombre no ha avanzado de forma predeterminada, sino que ha mostrado ser creativo y capaz de desarrollarse de diferente manera a la de los mundos vegetal o animal. Entonces, si llegamos a la conclusión de que el ser humano se desarrolla y progresa de ese modo, si miramos a la sociedad como algo vivo, no como algo biológico sino como una comunidad, la dirección y gobernanza de los grupos humanos y el arte de gestionar el desarrollo de los demás, parecen entrañar una especial dificultad. Es por esa razón por lo que resulta difícil entender la existencia de gobernantes, empresarios, directivos, incluso padres de familia, que toman sus decisiones bajo una idea  predeterminada o de  estímulo/respuesta.

Muchas de nuestras organizaciones nacieron hace cien años o más en un ambiente estático y podían remitirse a la costumbre y a la fuerza sin que se produjeran en ellas cambios sustanciales. Vino un tiempo después en el que el mundo empezó a moverse a mayor velocidad, pero, conociendo hacia dónde lo hacía, aún se podía controlar. Y de repente se nos ha echado encima un entorno de cambios imprevistos y múltiples, erráticos a menudo, turbulentos a veces, que aceleran las soluciones y dificultan el análisis y la reflexión.

118h

 

Los entornos locales se han convertido hace tiempo en ámbitos nacionales y todo hace presagiar que nos dirigimos hacia la globalización. Cuanto mayor ese espacio, más dinámico y menos predecible el entorno, más sujeto a las urgencias, a las transformaciones y los cambios. Ya no nos podemos permitir la permanencia de una sociedad estática e incapaz de reaccionar; la única manera de sobrevivir en el futuro es el desarrollo interno de los grupos humanos en armonía con el cambio que viene del exterior. Muchas de las organizaciones humanas son sometidas o absorbidas por otras no por su falta de fortaleza, sino porque no supieron cambiar a tiempo, con rapidez y facilidad. Y es que la competencia hoy día, sea personal, empresarial o estatal, se basa sobre todo en la velocidad del cambio. Es decir, el desarrollo del individuo, de los trabajadores y de los ciudadanos de un país se ha convertido en crucial para la supervivencia general. La reciente crisis nos ha enseñado, además, que el poder y la gestión deben permanecer en el ámbito de la Política, con mayúsculas, en su más pura acepción, so pena de caer en el uso de la fuerza, en los lobbys financieros internacionales  o  en el zigzagueo de la indefinición.

Y entonces, en consecuencia,  qué se puede hacer, qué opciones podemos adoptar: pensar que no es para tanto, que sabremos sobrellevarlo, o ajustarnos a la situación e irnos adaptando-con la dificultad que entraña el no hacerlo con rapidez- o también apostar con fuerza, anticiparse a los cambios y aplicarse a ello con energía y voluntad.

Que la gente y las organizaciones logren anticiparse a los cambios y asimilarlos debería ser bien entendido por las organizaciones políticas, los jerarcas empresariales o los jefes al mando de cualquier tipo de asociación. Las personas necesitan una explicación certera y una cierta preparación; en ciertos ámbitos, incluso, un tiempo para equivocarse mientras aprenden practicando. Un tiempo en el que más que exigirles cambios rápidos lo tengan para un desarrollo interno que les prepare y faculte para la nueva situación.

Así pues, administrar y gestionar ese tiempo  debería ser la principal ocupación de cualquier alto gestor en el ámbito político, económico y social, en el que vivimos hoy.

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