ARTÍCULO: El ejercicio del poder

Existe en el ser humano una cierta capacidad para influir en los demás a través de la bondad, de la ética o con arreglo a la ley no escrita de una conciencia universal. Tales recursos, sin embargo, quedan lejos de aquellos individuos que traspasan con su omnímodo poder las fronteras de los demás y conducen a las personas como si no hallaran límites en su propia actuación.

El prestigio como jefe o líder procede de los demás. ganárselo en la acción diaria supone poner al servicio de los otros sus mejores cualidades y mayor capacidad. Por eso, cuando en cualquier grupo humano u organización se respira la desconfianza, el miedo, un absoluto individualismo , la esquiva de las tareas desagradables o hasta la propia responsabilidad, el observador atento no tarda en atisbar el grado de toxicidad que emana de ese líder o autoridad. El temor y la ansiedad paralizan los cerebros y aparece la mentira, el sálvese quien pueda, disimulos y engaños, la falta de energía en el grupo y la escasa productividad. El secretismo, el incumplimiento, el chantaje, la amenaza y los prejuicios, son algunas otras actitudes hijas de ese tipo de personalidad.

El deseo de poder, escribe Piero Rocchini en su libro La neurosis del poder, implica una particular avidez frente al mundo exterior, la cual se traduce, por una parte, en constante preocupación por el impacto de las propias acciones que afectan a los demás, y en el ansia de prestigio como público reconocimiento del poder detentado. Por otro lado, a menudo esa misma avidez se expresa mediante comportamientos más arcaicos, menos elaborados, con sutiles características de desorden e impulsividad. 

Hay dos tipos, al menos, de jefe o líder autoritario: el que lo es por sí mismo, por carácter, y el que se mueve por la reacción que le produce su propia inseguridad. Sea por uno o por otro, la presión que llega a ejercer puede ser tan contundente, constante y sometedora, que el subordinado encuentra solamente dos salidas, huir de esa persona, con lo que nunca prestará de buen grado su cooperación, o situarse en posición de ataque, bien contra otras personas bajo la atenta mirada del superior, bien contra el propio autócrata, en cuyo caso el subordinado, de una u otra manera , dará con sus huesos fuera del grupo, de la empresa o de la organización.

El Autócrata
El Autócrata

Es una lista muy larga la de los aspectos más irracionales de esos jefes autoritarios: imponer a su alrededor un estricto orden jerárquico, del más joven al más veterano. Quien tiene el favor del jefe puede decir casi todo y extender sus opiniones sin temor; quien se halla en el caso contrario verá que le quitan la palabra con alguna expresión enérgica proveniente de la autoridad. La independencia de pensamiento ante ciertas situaciones no será aceptada nunca por quien confunde el uso del poder con la autoridad auténtica que emana de su modo de ejercer, una muestra de la delgada frontera existente entre el despotismo y el uso sereno de aquella.

A ese modelo de líder no le interesa escuchar ni que aparezcan conflictos a su alrededor. paraliza a los demás para no sentirse amenazado, dedicándose más a mirar hacia arriba, al estrato superior, que a fomentar un buen entorno entre los subordinados que dependen de él. Anula la iniciativa sin tolerar el menor atisbo de creatividad ajena a él,  no incita al compromiso sino al acatamiento, no distribuye adecuadamente los tiempos , todo ha de hacerse ahora, se coloca ora arriba, ora en medio, fiscalizando siempre y emitiendo a menudo órdenes contradictorias.

La autoridad omnímoda de un líder o jefe se ve favorecida en las situaciones de crisis o de escasez de recursos; controlarlos y rodearse de un escogido grupo de aliados, servidores ( y “pelotas”), dominar la información y los canales de comunicación para erigirse en indispensable, son otros de los argumentos que le favorecerán. Un fenómeno curioso, pero muy repetido, es que quienes viven bien y prosperan bajo su autocracia suelen ser, en muchos casos, tan autoritarios como él. Nada que ver, pues, con lo que dicen los expertos, que el poder, bien entendido, significa tener un gran conocimiento de uno mismo, capacidad de autocrítica, eficacia, empuje, competencia personal, capacidad para influir con una disciplina serena y cierto grado de flexibilidad; la jefatura cuanto más débil más necesitará oprimir a la gente para mantener su confort y seguridad.

Así cabe preguntarse, ¿tiene valor la calidad de las tareas, la eficacia, la eficiencia y los resultados, en un entorno de inestabilidad emocional y de escasa motivación? Hay expertos que  opinan que el liderazgo /autocrático/autoritario es el más efectivo en una crisis puntual; otros piensan , en cambio, que el autócrata es el principal agente de la aparición de crisis justificadoras de su actuación. Lo cierto es, sin embargo, que si las personas no creen en lo que hacen en su actividad, lo más probable es que dejen de hacerlo o que no lo hagan bien. Es por eso que resumen que si no todos logran en la vidalo que esperaban ser, al que lo consigue y llega alto habría que exigirle la comprensión suficiente para facilitar el cumplimiento de los objetivos organizacionales poniendo su talento al servicio de los demás.

Aviso, pues, para todo tipo de organización humana: una empresa, un grupo, una asociación, una sociedad, un negocio, un país, cuyos líderes y jefes dediquen todo su tiempo a luchar contra posibles competidores descuidando el desarrollo del resto de los subordinados, irá perdiendo energía en medio del politiqueo que considera necesario para sobrevivir ; entretanto a su alrededor, la pasividad o el pesimismo del resto de sus componentes reducirán probablemente la cantidad o la calidad de sus esfuerzos y su grado de colaboración. No se tratará entonces de lamentarse por la inoperancia de los que mandan o por su falta de honestidad, sino por la incapacidad de los grupos humanos para poner al frente de los puestos de mando a líderes que no confundan el poder que ocasionalmente detentan con el sano ejercicio de una sana autoridad.

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