ARTÍCULO: El cambio, poder y radicalidad

Uno de los aspectos más atractivos de los tiempos que vivimos es poder observar  las diferentes interpretaciones sobre el cambio social que vierten a diario los políticos y los medios de comunicación.

A medida que avanzan los años, todas las generaciones  tratan de fundir el futuro y el presente para  trascender el tiempo y el espacio. Y del choque de una generación y de la que le precede, de una cultura vieja a otra nueva, aparecen nichos en los que los recién llegados definen  al resto de los mortales con quienes conviven: la gente puede ser actual dicen, moderna o antigua.

Las personas mayores a menudo rebosan de nostalgias, de los buenos recuerdos de su vieja cultura: cine, canciones, conocimientos escolares, valoraciones morales y tradiciones venerables. Los jóvenes los contemplan, reflexionan sobre sí mismos y caen en el temor: tienen miedo de llegar a convertirse en lo que son sus padres. Y a medida que cumplen años, temen más aún no poder evitarlo. Al principio viven en la creencia de que las experiencias acumuladas cuando niños y adolescentes les guiarán y ayudarán a no caer en lo errores que aprecian en sus padres. Más tarde llega un momento en que, sin haberlo percibido antes, se descubren a sí mismos imitando muchas de aquellas conductas. Es difícil, se consuelan entonces, no repetir normas tan profundamente arraigadas en nosotros desde la infancia.

Vieja cultura
La cultura anterior

De ahí nace una de las situaciones que dificultan el advenimiento de un nuevo cambio social. El ser humano alberga la fantasía de que los cambios pueden llegar a producirse fácilmente en la sociedad, sin fisuras y sin dolor. Y cuando esa fantasía logra el éxito y se logra un cambio, no transcurre mucho tiempo sin que la novedad, ya institucionalizada, se transforme en la diaria realidad; tampoco tardará mucho tiempo, sin embargo, en que tenga que luchar contra el advenimiento de una nueva fantasía de otro cambio social. De ahí la recurrente repetición de los eslóganes del cambio en los discursos políticos previos a unas nuevas elecciones. Y es que ningún cambio real llegará a producirse si previamente no se analizan y transforman las bases institucionales existentes.

Como este proceso es siempre arduo, complicado y difícil, la sociedad suele oponerse con fuerza al cambio verdadero  tras elegir dar rienda suelta a pequeños cambios organizativos, administrativos o tecnológicos. Es un trueque sibilino: aceptar un cierto grado de inmovilismo social a cambio de poseer, adquirir, sentirse seguro y disfrutar de las bondades que aporta toda evolución parcial. ¿Cuánta?, podemos preguntarnos, para, a continuación, observar la importancia  de la envidia como un buen medidor de la importancia  real de los conceptos de  justicia y de igualdad:  el logro propio de lo que se envidia en otros actúa como placebo ante la dimensión de las dificultades propuestas por un cambio social mayor. Al fin y al cabo, se acepta, no todo el mundo llega a ser o lograr en la vida lo que esperaba.

Como el cambio social depende la mayoría de las veces de las élites que manejan el poder, el cambio solo encuentra dos caminos para asentarse: eliminar por la fuerza  a los grupos en el poder, o abrir las puertas de ese poder a los que permanecen fuera para que puedan entrar y participar en él (lo que se conoce como democracia real). Pero ninguna de esas vías podrá llegar a buen fin sin que la presión de otros grupos sociales, las élites de corte liberal, reformistas,  moderadas, y las de tipo radical, apresuradas y confrontadoras, las del  ¡cambio ya!, obtenga algún resultado que poder presentar como éxito de su acción.

El problema surge cuando los defensores de un cambio y de una nueva cultura se enfrentan con quienes hasta ese momento representaban la cultura social. Estos últimos, a buen seguro, pondrán continuas trabas, vías fáciles y soluciones blandas, a la espera de que se debilite el ideal de una nueva cultura y de que sus representantes entren en los cauces abiertos a tal propósito por la vieja cultura en el poder. Especialistas en el cambio ilusorio, los dirigentes de corte radical, por su parte, viven tan inmersos en el romanticismo político y en la ingenuidad, que, a menudo, lanzan sus programas y eslóganes más para crear la ilusión de que las cosas se van a mover que para el logro auténtico de un cambio en profundidad. Como bien decía Cioran: Protestar es una prueba de que no se ha atravesado ningún infierno. El resultado final de su esfuerzo no suele ser otra cosa que una versión ligeramente diferente de la que se predicaba con anterioridad.

Siempre habrá grupos de poder, sean políticos, económicos, trasnacionales, que sabrán adecuar sus decisiones al ritmo marcado por las airadas propuestas de esos grupos que nacen y se mueven en la radicalidad. Por eso son muchos más los ejemplos históricos en los que las culturas existentes logran impedir los cambios (o transformarse en la nueva sin demasiados contratiempos), que los casos en que se han logrado en base a la fuerza de las armas o por medio de una revolución. Es así como, en la mayor parte de las ocasiones, los cambios y transformaciones sociales logran trascender el tiempo envueltas en  la vitola del cambio  mediante una hábil fusión de la situación del pasado con  los requerimientos del presente.

 

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