ARTÍCULO: Sobre la muerte y el bien morir.

Felices los epicúreos que pensaban que después de la muerte no hay nada, que es la idea de una vida eterna lo que nos hace temer la muerte. Una estocada inteligente a cuantos defendían, y defienden, que solo la existencia del más allá dulcifica un poco el terror de la muerte.
Nuestra sociedad actual, tan firme y radical en tantas cosas, tan desarrollada, no parece proclive a abordar con valentía tan dramática cuestión. Deja morir a sus enfermos en medio de grandes padecimientos, se resiste ampliamente a legalizar la eutanasia y no presta aires suficientes, como sí se hace en otros asuntos, a soluciones tan humanas, comprensibles y facilitadoras, como el testamento vital.
Morir es complicado, duro y difícil, desde diversos puntos de vista; para el que muere porque deja de ser, no hay memoria ni dolor, ni esperanza ni placer. Para los demás porque la pérdida, el duelo o el luto, apenas forman parte en nuestros días de la vida cotidiana. La muerte, hoy en día, es una experiencia clandestina. Se muere en los hospitales, se despide en los tanatorios, se niega el derecho a elegir dónde y cómo morir. Deja de tener sentido la socorrida frase de que alguien ha tenido una buena muerte.
Así canta Bob Dylan en Death is not the end: Cuando no haya una mano amiga/ que te sirva de consuelo/recuerda que la muerte no es el fin. No es el fin, no es el fin.
Si de por sí no fuera difícil entender la muerte propia, hemos de añadir distintos comportamientos sociales ante la muerte del otro y las diversas variantes que usamos en la comunicación de la muerte  a los demás. ¿Se le debe comunicar al paciente la proximidad de su muerte?, ¿puede el ser humano adelantarse a la situación comunicando su preferencia?, ¿es más digno morir en la inopia que tomar por uno mismo la, quizá, decisión más importante de su vida?

La muerte a todos nos preocupa, porque en ella terminamos; sin embargo, nunca como en estos tiempos el ser humano se ha resistido tanto a encarar de frente un hecho vital de tan indudable trascendencia. Desde un punto de vista histórico se nos habla de varias épocas en la consideración de la muerte:
Hay una primera etapa, larga y extensa, en la que la muerte daba un miedo relativo, había cierta tolerancia, había que aguantarse y para eso estaban el pensamiento primitivo o los rituales religiosos; el hombre moría lo mismo que lo hacían los animales, pero el ser humano tenía alma y espíritu y creer en ello garantizaba la supervivencia. Buenos ejemplos de ello son los cantos rituales de los pigmeos primitivos, el poema de Gilgamesh, el libro tibetano de los muertos o las Meditaciones del emperador Marco Aurelio: No desprecies la muerte sino dale tu aquiescencia, por ser ella también uno de los entes que la naturaleza quiere. Pues igual que ser joven y envejecer, crecer y llegar a la plenitud, echar dientes, barba y canas, fecundar, gestar el parto y parir y otros procesos naturales que las etapas de la vida traen, tal es también el desintegrarse. Un hombre con buen raciocinio la aguarda como una más de las acciones de la naturaleza.  Incluso escuchamos a D. Quijote cuando, a punto de morir, le replica a su sobrina que se deje de tonterías, que él quiere morir dignamente, como los caballeros cristianos de los cantares de gesta. Domeñar, pues, la idea de la muerte significaba saber lidiar con ella sin hipotecar la vida.
La iglesia católica representa mejor que nadie una segunda etapa, aceptar que se ha de morir para llegar al Juicio Final, el mito de la Eternidad, la posibilidad de la Salvación. El que muere eres tú, parecen decirnos, el que muere soy yo, replican las Danzas de la Muerte (siglo XIV). Hombres, mujeres, papas, nobles, médicos, muchachos, desfilan por las danzas todos ellos. En 1415 la Iglesia publicó el Ars Moriendi, una especie de guía que aconsejaba a los enfermos para morir bien y a los deudos para comportarse debidamente a la cabecera de su lecho. Poco tiempo después aparece la palabra YO: Yo soy la muerte cierta en todas creaturas que son y serán en el mundo durante. La muerte propia no tiene nada de mansa, sino que se vuelve salvaje y el hombre se aterroriza y se aparta de la idea de la muerte como algo natural.
La muerte del otro, el sentimiento de pérdida, la muerte de los demás, domina una tercera etapa, la época del Romanticismo: la muerte nos es algo terrible, la pérdida del otro es lo doloroso y emotivo. La pena que domina al hombre es que se le mueran los demás. Morir es duro, pero vivir si todo muere es más duro aún. Así gime Diego Rivera, el exuberante pintor mexicano: Había perdido a mi querida Frida para siempre. Me di cuenta demasiado tarde de que la parte más maravillosa de mi vida había sido mi amor por ella. ( Se cuenta que el pintor llegó a comerse un puñado de las cenizas de su amada tras su incineración).
En nuestros días domina el rechazo de la muerte. Así escribe Rilke que el deseo de vivir una muerte propia llegará a ser tan raro como tener una vida verdaderamente personal. Escamoteamos la existencia de la muerte porque la vemos a todas horas, en el cine, en la tele y en el resto de los medios de comunicación. Vivimos un tiempo tan entregado al espectáculo que hasta la muerte se convierte en parte del pasatiempo. En nuestra rabiosa actualidad observamos dos tendencias: el desprecio absoluto de nuestra mortalidad, como si no fuera a tener lugar o  el afrontar de frente los últimos momentos arreglando bien las cosas para quienes sobrevivan tras nuestra desaparición.
Ahora la muerte es un paso complicado en la complicada vida actual. Por eso, opinan muchos, es importante encarar el proceso, irse a la tumba con los deberes hechos e incluso decidir cómo se quiere morir. Así se ha popularizado entre la gente el poético eufemismo del morir como el último adiós. Las pompas oscuras y lutos rigurosos han pasado de moda y se les sustituye, como mucho, con algún sencillo homenaje que recuerde al difunto por lo que en vida fue.

El arte del bien morir de hoy tiene mucho que ver con el derecho a elegir dónde y cómo se quiere morir.
Quiero morir porque amo la vida – dice el madrileño J.L Sagües al enfrentarse a las normas para que le eximan de los cuidados paliativos y le dejen morir en paz. Me quiero morir porque amo la vida, porque estoy contento de estar vivo. Y si a uno le encanta la vida tiene que saber morir. No tengo miedo. Y cuando llegue la hora recurriré a la familia y tomaremos un vino antes de que me seden. Yo quiero decidir. Basta de tonterías. Por qué hay quien se cree con el derecho a salvarte si tú no quieres que te salven.

Bob Dylan, el músico, ha podido escribir varios textos  sobre la muerte con muy diversos enfoques: conjugando texturas y sentimientos diferentes, desde el alarde meramente poético a las citas bíblicas, desde la crónica social al sermón condenatorio desde la mística más humilde al humor más cínico, desde la denuncia política respecto a los seres perseguidos, a la aproximación religiosa, desde el miedo a la nada frente a la propia existencia como vehículo impulsor.
La cooperación necesaria para el suicidio está penada en España, aunque se considera una eximente judicial si el que pide ayuda para quitarse la vida sufre una enfermedad terminal (la sedación terminal está aceptada médicamente y es legal). La eutanasia, en cambio, consiste en suministrar fármacos a un paciente terminal, o realizar alguna otra acción, con el fin de acabar con su vida. En Europa solo es legal en Holanda, Bélgica y Luxemburgo, en algunos estados USA y en Australia.
Si hay que marchar al cementerio, la larga senda tomaré./  Haré novillos a la tumba, la vida a rastras dejaré.
            Aquí termina una hoja muerta, mi testamento terminó.Ya colocaron en mi puerta “cerrado está por defunción”.

VLUU L100, M100 / Samsung L100, M100
 Escena matinal tras la cremación nocturna en un crematorio junto al río Ganges.                                   

                                                                        A la fosa común del tiempo y del olvido ya me voy.
(Claudina y A. Gambino sobre letra de G. Brassens)

La muerte en sí es un misterio, como, bien mirado, también la vida lo es.

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