ARTÍCULO: Tanto hablar del cambio

“Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, escribió una vez Eduardo Galeano, y actuar de esa manera lleva tiempo. Y tiempo es lo que no tenemos ante la inestabilidad de las cosas, la búsqueda de nuevos valores, la duración de las decisiones y la íntima sensación que nos asalta a menudo  de que todo hace aguas.

En los procesos de cambio, social o personal, de grupo, las personas tropezamos con todo tipo de dudas, ansiedades y temor. Todo el mundo parece querer (aceptar) el cambio, pero pocas veces es verdad. Todo lo contrario en toda situación de cambio y transformación aparecen resistencias difíciles de batir.  El problema es que tales resistencias se construyen a partir del pasado y del entorno anterior.Nuestra formación se basa en un sistema educativo obsoleto y trasnochado en el que, en vez de pensar, analizar los hechos o reflexionar para decidir, se nos acostumbrado a acatar.

Y así nacen las resistencias: porque estábamos muy cómodos, porque el cambio nos fastidia o estropea nuestros planes, porque nuestra mente y modo de pensar está aún ocupada por cómo veíamos las cosas en el momento anterior.

Las resistencias al cambio provienen de tres niveles:

El primero es el mental, el de nuestras convicciones y nuestras memorias, de nuestras expectativas, de nuestras ideologías o de lo que nos despierta la pasión. En nuestra cabeza existe todo un mundo de experiencias y pensamientos que nos resistimos a cambiar ante la novedad.

El segundo nivel es el de los sentimientos y las emociones, pasiones y valores, que ponemos en danza en la relación con los demás. Aspectos todos ellos que ante el cambio anunciado reaccionan en defensa de lo anterior. Es aquí donde, a menudo, caemos en el pesimismo y entramos en la inacción.

El tercer nivel es el de la voluntad, las intenciones y los impulsos.

Nuestra organización mental, pues, opera ante el cambio en el nivel del pensamiento, del sentimiento y de la voluntad. Todos tenemos en nuestro cerebro una estructura mental en la que todo está relacionado, un todo organizado y satisfactorio al que nos hemos adaptado. Y de repente llega otro ente organizador- un gobierno nacional o local, unos jefes en la empresa, diversas autoridades, un propietario o un patrón y dispone otra cosa o toma una determinación diferente. Y lo que propone ataca a nuestra estructura interior. Nuestra situación, nuestras experiencias y convicciones  nos invitan a defendernos, insisten en que las cosas deben ser como eran antes. Defender nuestro pensamiento porque si nuestra visión de las cosas se siente atacada se produce un colapso y nos llenamos de incertidumbre. El cambio es como un proyectil que se arroja a nuestro mundo y que nos lleva a tratar de defendernos.

En resumen,  cuando el cambio es forzado,  imponer soluciones a la gente acarrea muy fuertes resistencias.  Se presenta de repente sin tener en cuenta los aspectos emocionales de la cuestión y aparece el autoengaño o la aceptación de un sí sin llegar a asimilarlo de verdad.  Cuando se produce  en tales condiciones sentimos antipatía hacia ese cambio hasta llegar a odiarlo.

La mejor manera de vencer las resistencias a escala social o personal  ante cualquier cambio de importancia es involucrar a los otros, facilitar su participación, preguntar más que responder y ofrecer espacios para otras alternativas de solución. Las personas necesitamos tiempo para adaptarnos y reajustar nuestra vida a una nueva situación. Darnos tiempo a nosotros mismos o dárselo a los demás para reconstruir por sí mismos su estructura interior. Ayudarlos a ser activos en su modo de pensar.

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Actuar así lleva tiempo. Y tiempo es lo que no tiene o no suele tomarse el gobernante, ansio la mayor parte de las veces de legislar y mandar; tampoco el empresario o responsable de una organización, acuciado por el logro del beneficio a corto plazo o por las exigencias de un accionariado difícil de satisfacer. Lo mismo sufren  las personas a quienes se promete darles tiempo para adaptarse a la novedad mientras que las señales externas  confirman que el cambio anunciado  les viene por imposición.

El tiempo es un bien tan escaso, discurre tan acelerado en la época en que vivimos, que quizá haya llegado el momento de que nos planteemos si lo que necesita un cambio no está en lo externo al ser humano sino en entender el entorno de una manera diferente. Un nuevo modo de ver al hombre del siglo XXI, más culto, más informado, más exigente y más dotado, pero también  más necesitado que nunca de una visión nueva del mundo en que vive que le permita aprender a respetar los tiempos, los derechos y los deberes propios y de los demás. Y por supuesto a los componentes de su propia estructura interior.

Bien lo decía Galeano: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

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