ARTÍCULO: Algo hay que hacer con el turismo.

Millones de turistas cruzan cada año fronteras y mares en sus viajes de descanso y placer. Antes del gran despegue de las invasiones turísticas el mundo era mucho más tranquilo, se viajaba por negocios más que por turismo, apenas existían los vuelos nocturnos y las costas y montañas no se veían saturadas de enormes construcciones, poco respetuosas, muchas de ellas, con el habitat natural. Millones de turistas creen los mensajes de los posters de las agencias de viajes, profecías del placer que solo en contadas ocasiones dejan en el viajero algo más que la consabida pátina del yo estuve allí. Tal como están las cosas pocos son los lugares del mundo en los que uno pudiera tomarse unas vacaciones en verdad descansadas y en serena tranquilidad.
Rodeados de extrañas costumbres, de idiomas incomprensibles, de olores y sabores exóticos, los turistas se trasladan en manadas, miran todo con urgencia, superficialmente, sin profundizar en nada, o se tuestan al sol en una playa tropical sin comprender que, en realidad, el paraíso de arena que les atrajo hasta allí no es otra cosa que una cloaca incipiente, llena de gente tan vulgar y sudorosa, tan hambrienta de compras, sexo fácil y garrafón como lo son ellos mismos.
La industria de los viajes turísticos lleva camino de convertirse en la de mayor importancia del mundo para cada vez más países: los unos porque se han visto obligados a cambiar su economía y costumbres; los otros, los países más ricos, porque ayudan a los otros a huir de su previsible postración. Tal es la verdadera situación. El mundo de hoy vive inmerso en dos revoluciones, la de la tecnología y la del turismo. Con sus éxitos y fracasos, la primera conecta al mundo de manera virtual; con sus ganancias y su menoscabo, la segunda da de comer cada vez a más millones de habitantes de nuestra aldea global. Si en uno de los extremos el turismo coloniza a muchas regiones del globo alejándolas de su ancestral cultura, en el otro no son pocos los países que, gracias a los viajes, han podido abandonar sus índices de pobreza y salir del subdesarrollo (el turismo de safaris al continente africano es un buen ejemplo del segundo caso, mientras que fenómenos como la polución ambiental o el turismo sexual serían una dolorosa muestra del primero que acabo de mencionar). Otra amenaza mayor al deterioro o pérdida de las verdaderas culturas locales es el advenimiento de esa nueva fórmula turística que representa la aparición de falsas culturas basadas en hoteles baratos, bares, centros comerciales, karaokes, restaurantes y alojamientos de baja calidad en casas particulares.
Desde que Thomas Cook se inventó el turismo de rebaño en los años finales del siglo XIX, las posibilidades de negocio relacionadas con el turismo se han acrecentado hasta extremos increíbles; ahí están para demostrarlo el turismo de masas, el de incentivos, el gastronómico, el rural, el enoturismo, el de la cultura gay, el de singles o el de la tercera edad. Y un último nicho, por ahora, del marketing aplicado a los viajes, el turismo de salud, un verdadero gigante que crece a un ritmo superior al 20% anual. El fenómeno creciente de los hospitales privados, balnearios, spas, centros de adelgazamiento y similares, es una clara muestra de la fuerza del turismo en nuestro actual modo de vivir. Lo único que cabe rogar a los dioses es que el futuro del sector halle la fórmula de hacer crecer la calidad, la conciencia del ser humano y la solidaridad más que las pesadillas provocadas por un turismo desregulado y desbocado en el que unos cuantos se forran los bolsillos mientras para los habitantes del lugar persisten los sueldos raquíticos y las basuras por sus calles.
El urbanismo salvaje, la destrucción de paisajes cargados de historia y de tradición, la desaparición de pueblos indígenas, tragados la mayoría de ellos por la exhibición de riqueza del viajero ocasional, son algunas de las razones por las que cada día crece el número de personas que claman que hay que acabar con el turismo antes de que el turismo acabe con nuestro planeta.
Como nadie va a impedir que aumente el turismo, que los países más prósperos sacien su curiosidad, que los viajes de vacaciones inunden calles y plazas en innúmeras ciudades en los cinco continentes, hemos de ser nosotros, los turistas y viajeros, los primeros en concienciarnos de que en buena parte está en nuestras manos la posibilidad de cuidar el planeta antes de que acabemos con él. Responsabilizarnos de ello para no caer en que llegue a ser verdad lo que pudimos leer hace poco en un irónico artículo de un experto en el turismo mundial:
“Hay que decir de una vez por todas que la única forma de ver el mundo es sentado en una butaca ante una pantalla de televisión. Los amaneceres son perfectos y también lo son las puestas de sol. Los nativos son simpáticos y no pecan de pesadez. No hay polvo ni calor, ni olores desagradables, carteristas o vendedores ambulantes que te asaltan por doquier”.

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