ARTÍCULO: A propósito de África, Tanzania. ( Parte 1ª)

Tanzania es un gran territorio que comparte frontera con Kenia, Ruanda, Uganda, Burundi, Congo, Zambia, Malawi y Mozambique. La sabana, la montaña, antiguos restos volcánicos, selva, lagos, ríos y el mar, tejen la madeja de sus increíbles paisajes. La actual República de Tanzania cobró forma en 1964, cuando se fusionaron la Tanganika continental y el territorio de Zanzibar con su corte de islas menores. El principal artífice de su independencia fue el líder socialista Julius Nyerere. Una República socialista, con régimen presidencial, Parlamento, elecciones cada cinco años y capital en Dodoma. Una situación política no muy común en África: de los 54 jefes de estado que se sientan en las reuniones de la Organización de Estados Africanos solo Namibia, Malawi, Mozambique, Níger, Cabo Verde, Ghana y Senegal disfrutan de un cierto nivel de democracia; el resto del continente está sometido a variadas fórmulas dictatoriales de gobierno.
En Tanzania viven 45 millones de habitantes. La ciudad más extensa del país es Dar es Salam, en territorio insular. Otros datos significativos son sus 127 idiomas, aunque los generales sean el swahili y el inglés, una esperanza de vida de 80 años, moneda propia, el chelín tanzano, un 40% de cristianos, 35% de musulmanes suníes, y otros credos minoritarios. La mayor parte de los 120 grupos tribales son de origen bantú; los más conocidos y numerosos son los maasai, los hazdabes bosquimanos, los datoga y los sukuma.
La región más visitada de Tanzania, por mor de sus excelentes safaris, es la zona norte que comprende los parques denominados West Kilimanjaro, Tarangire, Manyara, Ngorongoro y Serengueti. Paisajes así no se encuentran todos los días, una naturaleza agreste y, a veces, peligrosa. Los safaris, si bien organizados, provocan en el viajero un estado de curiosidad, de inquietud y pensamiento que conecta con el afán de aventura que muchas personas llevan dentro.
West Kilimanjaro es un parque y reserva de animales en la extensa región de Synia que recibe su nombre por su situación geográfica, a los pies del gigante de África, el monte Kilimanjaro. Tierra árida y de vegetación escasa, salvo el salteado de acacias, inforbias candelabro, sisal salvaje y cactus trocari. Aquí y allá aparecen pequeños grupos de jirafas( twiga), impalas, monos babuinos( nyani) y caranegra(tumbili), buitres(tai), águilas (mwueve) y gallinas pintadas de Guinea(kanga). De vez en cuando se atisba algún pequeño dik-dik, el antílope más pequeño del mundo. Y como en toda Tanzania, cientos y cientos de los omnipresentes ñús. Algún maasai camina por las sendas polvorientas; su colorida vestimenta, telas de cuadros rojos y azules o verdes que envuelven su cuerpo, las sandalias de caucho que confeccionan a partir de viejos neumáticos, dan paso a un carácter afable, una sonrisa esplendorosa y un saludo abierto y confiado.
Los maasai forman una sociedad descentralizada y patriarcal. El bienestar del ganado determina el paso de los días. Una algarabía de niños, alegres, simpáticos, cercanos y adorables, rodea por doquier al viajero ocasional. Permanecen con sus madres y con el jefe de la colonia, autoridad única y omnipotente, con sus diez o doce mujeres y varias decenas de hijos. Un poblado maasai alberga sesenta o más pobladores así que, muy probablemente, el círculo de ramas, cañas y espinos entrecruzados engloba todo su mundo. A eso de la media tarde comienzan a llegar los rebaños de cabras y un pequeño hato de vacas, base de su alimentación, conducidos por los hombres jóvenes, los guerreros de antaño convertidos ahora en pacíficos pastores. El papel de las mujeres es servil, la poligamia habitual, se casan muy jovencitas y suelen enviudar pronto sin muchas posibilidades de volverse a casar. Cada grupo de edad de los que habitan en el poblado tiene su propia forma de vestirse y de arreglarse el pelo. Celebran ceremonias de circuncisión y de ablación. La ceremonia de la circuncisión cambia la vida de los hombres; vestidos de negro durante un largo tiempo, se pintan el rostro de negro con líneas blancas horizontales y un tiempo después alcanzan el estatus de guerreros. Una cabaña maasai, cinco por tres metros, no más, cocina, y una sola cama de uso comunal sobre una piel de vaca. Cambian la techumbre de la boma con ramas frescas cada siete años y dada la escasez de agua, especialmente en la estación seca, buscan los pozos lejos del poblado y van a buscarla a diario. ¿Por qué?, se pregunta el viajero, para que al reclamo del agua no aparezca más gente y aumente el número de habitantes del poblado.
Si se prosigue viaje desde las tierras del Kilimanjaro para continuar descubriendo los territorios tanzanos, se bordea la ciudad de Arusha, con sus cientos de personas deambulando por las cercanías, sus mercados al aire libre y su circulación caótica en la que abundan las camionetas, las bicicletas y motos de varias cilindradas, viejas, sucias y reformadas la mayoría de ellas. Un par de horas después se llega al Río del Jabalí, significado en tanzano del Parque Tarangire. El calor es pegajoso, la humedad escasa, el viento inexistente, y alrededor van apareciendo enormes termiteros de más de dos metros de altura y centenares de baobabs, gigantes, con brazos como raíces. Junto al esbelto y robusto tronco perfectamente construido de algunos ejemplares, se aprecian otros tortuosos, como espectros dolientes, tan desnudos de hojas como deformados por las rugosidades; una espléndida visión la de los dedos crispados de sus ramas, retocadas cual inverosímiles garras que trataran de aprisionar el aire. Después van desfilando la gacelas de Grant y de Thompson( swala), tan gráciles y esbeltas, decenas de monos bulliciosos, gesticulantes y agresivos, manadas de búfalos(mbogo), cebras(pundamilia), milanos(dove), cigüeñas, carracas lila, jirafas, impalas, dik-dik y los omnipresentes acacias y ñus.
Manyara y Eyasy, parque natural el primero, lago de grandes dimensiones el segundo, son dos nuevas atracciones, dos paisajes diferentes, verde y selvático el primero, como si fuera un resto de la selva tropical que vestía esas tierras hace millones de años, seco y desértico el segundo durante el resto del año. Con sus setenta kilómetros de largo y una anchura de veinte, lo que en la estación seca es un paraje árido se convierte tras las lluvias en una especie de mar pequeño con diferentes especies marinas que va desde las faldas del cráter Ngorongoro hasta la meseta del Serengueti.
En las cercanías del lago Eyasy y en la seca aridez de la falda de la montaña habita un pequeño grupo de hazdabes, algunos de los escasos bosquimanos que quedan hoy día de los cientos de miles que se movían por esas tierras desde hace varios siglos. El gobierno cuida de que puedan mantener su existencia, fieles a sus ancestrales costumbres, a cambio de que no traspasen en grupo los límites territoriales acordados. Son una decena de varones, todos ellos jóvenes, tres mujeres y varios niños, vestidas ellas con pieles de babuino, ellos de impala, adornados todos ellos con colgantes de conchas y abalorios, que viven al aire libre y en pequeños chamizos fabricados con unas cuantas ramas. De las ramas de los árboles que les rodean cuelgan piezas de carne de los animales recién cazados, cráneos de otros ya consumidos, pieles con las que se visten al estilo Tarzán, collares de piedras y otros exvotos. Cuando no están cazando la comida del día, permanecen en grupo, sentados en cuclillas alrededor de un fuego, fumando hierbas malolientes que humean en las cazoletas de sus pipas y los mantienen despiertos. Entre ellos hablan en cortas frases, con un sonido gutural que suena como un click-click mediado por una extraña posición de la lengua dentro de la boca. Su extraño lenguaje está considerado uno de los idiomas más antiguos del mundo. Con poco bosque para la caza y separados kilómetros de los manantiales de agua, viven en la precariedad comiendo raíces, tubérculos y la carne de cualquier animal excepto los buitres y las hienas (fisi), animales carroñeros que comen la carne de los muertos de la tribu que ellos abandonan a la intemperie. Son delgados y fibrosos, no demasiado altos, con el pelo de un rubio marrón con aspecto de sucio, piel oscura sin llegar al negro y extraordinariamente rápidos cuando se mueven por el monte sobre sus pies descalzos.
Salir de caza con ellos, a prudente distancia, le permite al viajero admirar su rapidez, su vista privilegiada, su puntería con el arco y las flechas que ellos mismos fabrican (excepto las puntas de hierro de las flechas que adquieren mediante trueque con alguna tribu datoga cercana, expertos en trabajar los metales), su facilidad para crear el fuego y su generosidad para ceder al visitante un trozo de la carne recién asada. Compartir con ellos unas horas te retrotrae a los tiempos pretéritos del origen de la humanidad.
Hace más de tres millones de años un pequeño grupo de homínidos atravesó la llanura de Laetoli, cerca de la garganta de Olduvai, y las huellas de sus plantas quedaron impresas en las cenizas volcánicas que pisaban. Miles de años pasaron y esas mismas tierras fueron testigos de las andanzas del homo habilis, el homo erectus y el homo ergaster, nuestro claro antepasado, hasta llegar al homo sapìens. Luego cruzaron el valle y las montañas del Rift y se dispersaron aquí y allá. Qué puede haber de extraño en que en medio de aquel paisaje árido y despoblado, a la vista de aquellos pequeños hombres, muestra de los mil individuos de su género que aún viven, cazadores y recolectores, que no tienen ganado ni trabajan la tierra, que no tienen sentido de la posesión ni espíritu previsor, el viajero admita a pies juntillas que las personas que le rodean en esos instantes son lo más parecido a nuestros ancestros milenarios.
Los datoga, a su lado, forman una tribu sedentaria similar a los maasai contra los que perdieron la guerra hace varias decenas de años. Sentados en la llanura, entre Eyasy y Karatu, sus antepasados llegaron a Tanzania en el siglo XVI procedentes de Etiopía. Su vida gira en torno al ganado y su afición a la música, una continua sucesión de acordes percusivos en la que las mujeres golpean con sus brazaletes mientras los hombres extraen sonidos prodigiosos de sus gargantas. Hoy en día viven unos 20.000 individuos, algunos en bomas, como los maasai, y otros ya integrados en los pueblos y mezclados con el resto de la población. En su modo de vivir sorprende su dominio de rudimentarios crisoles, mazas de hierro, fuego y dos grandes fuelles cosidos con pieles de vaca. Fabrican puntas de flecha, brazaletes, clavos, anillas de hierro y otros utensilios de uso casero. Los niños viven a caballo de dos modelos de vida: van a la escuela como los demás niños pero viven en sus cabañas de adobe y ramas al estilo antiguo. (CONTINUARÁ).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s