ARTÍCULO: La edición y la editorial

Muchas personas aprecian el aspecto físico de los libros. Observan cómo están editados y ello les anima a ojear el interior. Editar es vestir lo etéreo, envolver héroes o villanos, éxitos o fracasos, almas o sombras. Editar libros es prestarle una cara y un cuerpo a algo que no lo tenía, todo ello sin olvidar lo evidente, que un buen libro mal editado sigue siendo un buen libro, mientras que un mal libro bien editado es solo un conjunto de papeles encuadernados con escasa vida por delante. Hay lectores, incluso, que revisan y contemplan el libro como si de un estudio frenológico o fisiognómico se tratara, aunque en las ediciones de hoy día nos equivocamos a menudo, cuando el libro parece una cosa y su contenido, para bien o para mal, tiene otro nivel, es otra cosa.
Hacer libros hermosos no es difícil cuando se está atento a la evolución de los gustos, cuando se estudian detenidamente los miles de libros, folletos, anuncios, películas incluso, que se publican en el mundo anualmente. El ciclo editorial consta de tres fases, la creación de la idea, la práctica de la pre-impresión y la productiva de la impresión final. Dejando a un lado la primera fase por referirse a otras materias, son las otras dos las que afectan especialmente al aspecto general del libro; las ilustraciones, la definición de la hoja de estilo en la segunda y la tarea de las artes gráficas y definición del tipo de libro, bolsillo, lujo, económica, especial, en la fase de impresión. Es en esas segunda y tercera etapa cuando los equipos editoriales usan vocablos tales como cubierta, lomo, solapa, contracubierta, título, resumen, contado de páginas, pliegos, compra de papel y así varias más.
En la época romana el impresor y el librero eran la misma persona. Los códices medievales, unos siglos después, se producían con pieles de animales, amarillentas y tiesas, y pergaminos de pellejos curtidos de ternera. Los libros en esas épocas eran un bien escaso al que accedían nobles, ricos, potentados, curas, frailes o monjes, y también personajes doctos e ilustrados. Pero no es realmente hasta la llegada de la imprenta cuando comienza la era de la publicación de libros en grandes tiradas. Muchos de los libros que aún pueden encontrarse hoy día en bibliotecas centenarias o en las librerías de viejo, proceden de aquellas ediciones que se hacían en España hace cien o doscientos años.
Bien sea por la falta de tradición, bien por una exigencia escasa por parte de los lectores, bien por falta de gusto del sector profesional, editar en España ha sido históricamente, con honrosas excepciones, una tarea poco cuidada hasta que algunos pocos editores empezaron a ocuparse de este tipo de cuestiones copiando diseños, técnicas y modas que se producían en otros países. Bien sea por la falta de tradición, bien por una exigencia escasa por parte de los lectores, bien por falta de gusto del sector profesional, editar en España ha sido históricamente, con honrosas excepciones, una tarea poco cuidada hasta que algunos pocos editores empezaron a ocuparse de este tipo de cuestiones copiando diseños, técnicas y modas que se producían en otros países. Así es como en el siglo XIX comienza la mejor parte de la historia de la edición, impresión y encuadernación en nuestro país. Como ejemplo encontramos a Antonio Bergés de las Casas(1801-1879), editor, librero e impresor ó a Manuel Rivadeneyra (1805-1872), con su Biblioteca de Autores Españoles o los contratos de impresos para el Ferrocarril de Madrid, de Zaragoza y de Alicante. El siglo XIX es, además, una época de grandes cambios en el sector editorial: la industrialización y mecanización, la fabricación de papel continuo (Burgos, 1841), la estereotipia, la litografía, el fotograbado, rotativas y plancha, el cambio de las antiguas prensas de madera por las de hierro o la utilización de tintas de colores. Es también el tiempo en que, de la mano de famosos ilustradores como Madrazo, Parcerisa o Perez Villamil, aparecen en los libros las portadas decoradas.
Lo que distingue un libro viejo de uno actual es la aparición del brillo. El mayor o menor brillo de los libros marca el concepto de cualquier biblioteca que se precie. El rutilante brillo y los colorines no significan siempre dignidad y altura en el contenido de los libros, excepto en los libros de poesía, mejor editados siempre que la prosa, porque los poetas editan con su propio patrimonio o ponen, al menos, un interés artístico especial en ellos. Los poetas de la generación del 27, algunos de los cuales, como Altolaguirre y Prados por ejemplo, eran también tipógrafos, copiaban las ediciones de los libros de Cocteau o de Breton, más cercanos al cubismo y el art decó. Hasta 1940, más o menos, la mayoría de los editores tenían su propia imprenta, pero en los años sesenta y setenta del siglo pasado el sector editorial cayó en una crisis profunda tras abandonar la fase de producción e imprenta, lo que les venía dejando más dinero hasta entonces. Era la época de editoriales como Emporium, de José Janés, de Espasa, Aguilar o la Editora Nacional, para sus ediciones de carácter público.
Desde el final de la guerra civil y hasta los años 60 el panorama editorial era desolador: la escasez de papel, las restricciones eléctricas, el exilio de muchos escritores y la censura oficial (hasta 1976) provocaron un retroceso en la decidida marcha que había seguido el sector en los primeros cuarenta años del siglo. En 1913 había 1443 editoriales en España, en la década de los años 20 existían 276 y en los primeros años 30 había más de 100 solo en Madrid. Desde los años 70 hasta hoy hallamos dos hechos relevantes, la concentración de empresas en grandes grupos editoriales de capital español o internacional y la aparición en 1984 del ordenador personal de Apple Mackintosh que ha supuesto una renovación en la fiebre por el uso y conocimiento de la tipografía y de otros mecanismos típicos de la edición.
A partir de ese hecho, a medida que ha avanzado el progresivo desplazamiento de la mecánica por la electrónica, tres son las nuevas tendencias que han marcado, marcan aún, la edición: la mecanización, sustituyendo mano de obra por máquinas que abaratan costes, el aumento del número de ediciones y de tiradas y, por último, las nuevas formas de comercialización buscando una mayor penetración social. Existe además , por último, diferencias entre unas pocas grandes empresas editoras que copan casi todo el mapa y una pléyade de pequeños editores que malviven con un recetario simplón y nada imaginativo: como se venden pocos libros de un mismo título se hacen tiradas cortas hasta cubrir gastos para seguir perviviendo; se contratan autores experimentados, o famosillos con nombre, que garantizan un mínimo de ventas o se participa en premios literarios que se anuncian abiertos cuando, es publico y notorio, están dados de antemano la mayoría de ellos; se realizan tiradas cortas para cubrir los actos de presentación en cafeterías o centros cívicos en los que se puede subir el precio de cada unidad vendida porque compran todos los asistentes,familiares y amigos del autor. Hay pequeños editores, incluso, con escasa estructura y mínimos recursos, que se aprovechan del escritor novato, le obligan a participar en los gastos, se olvidan de abonar sus derechos o pagan con los libros devueltos por comerciantes y libreros. El negocio editorial malvive, el editor salva y cubre su pequeño presupuesto pero desaparece el riesgo y los jóvenes talentos, engañados o estafados, abandonan sus sueños o le prestan su arte al personaje popular que no sabe escribir pero puede alquilar un “negro”.
El ordenador, además, ha traído también la revolución digital y el nacimiento del concepto de Autoedición. Y es este último aspecto, el de la autoedición y sus derivados, lo que puede llegar a revolucionar el tradicional papel del editor y de la firma editorial. Y ello por cuatro razones: porque la tendencia es acabar por prescindir de las figuras del editor y del distribuidor, porque se abaratan costes, porque no hay limitaciones para la publicación y porque se potencia el uso de un nuevo soporte, internet.
Como aparecía recientemente en El Confidencial: “la cuestión de fondo es otra, lo que está desapareciendo no es el libro, sino una clase concreta de obras, aquellas que exponen las ideas más adelantadas, las más complejas, las menos ortodoxas, las menos complacientes, las más críticas; las que no encajan en los criterios del marketing o de los pequeños nichos van a parar al limbo……un cambio de modelo en cuanto a contenidos.” Una pena en lo que respecta a la cultura de un país, una pérdida de imaginación.

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