ARTÍCULO: Librerías y libreros.

Hay gente que se pregunta si el olor a mar ayudaría a vender libros náuticos, o si el aroma de las flores lograría el mismo efecto con los de jardinería. El poder del olfato, piensan, puede llegar a ser tan complementario con la venta de libros como su aspecto visual. Algo parecido, quizá, a lo que se logra en las tiendas con el sonido de la música o con el olor a pan recién horneado en algún rincón de los grandes establecimientos. El olor se cuela, inunda el aire y se impone. El olor es, hoy en día, una herramienta de marketing; cada uno de los sentidos se utiliza, con mayor o menor éxito, para aumentar las ventas. El olor de los libros en las estanterías es como el olor de una marca, un olor apreciado y lleno de significados.
El ISBN tiene catalogados más de un millón doscientos mil títulos. Con 9.000 puntos de venta las librerías son el principal canal de venta de los libros. De ese hecho parte la relación estrecha que las editoriales han tratado de mantener siempre con ellas. El descenso en el alcance de las tiradas de libros (2000 a 3000 ejemplares como mucho) por parte de estas, los plazos de devolución cada vez más cortos que las librerías ejecutan y los bajos índices de lectura registrados en España ( el 60% según los últimos datos, bien lejos de la media europea de un 70%), provoca que la venta de libros en las librerías dependa cada vez más de la promoción que cada editorial realice de sus títulos. Si no se consigue que la gente se entere del lanzamiento de un nuevo libro es imposible, dicen, que se venda. Ello pone en aprietos al librero, a pesar de que los grandes grupos editoriales le dejen un margen de beneficio que puede llegar a alcanzar hasta el 50%.
Según la Asociación Española de Gremios y Libreros en el año 2014 abrieron en España 226 librerías, pero cerraron casi mil. Desaparecen las librerías más clásicas y entre las que abren abundan las dedicadas a otros tipos de actividades extras que utilizan como reclamo de su oferta principal. Todo sea por la causa de recuperar la venta, la cultura y al lector.
La aparición en siglo I d.C. de la palabra bibliopola al lado de la de librarius remite desde entonces a una nueva tipología en las funciones del librero, la de ese especialista al que no le basta con vender al cliente sino que sabe de libros, informa, asesora y recomienda. El primer librero y editor de quien nos han llegado noticias fue el romano Atticus, un hombre refinado y muy culto, extremadamente rico, bibliófilo apasionado, coleccionista de arte y formador de lectores y copistas. El mismo Séneca escribió: De verdad que lo que estás consiguiendo es lo contrario de lo que quieres. Tú crees que por comprar compulsivamente libros vas a parecer una persona con cultura, pero el asunto se te escapa de las manos y, en cierto modo, se convierte en una prueba de tu incultura. Es más, ni siquiera compras los mejores, sino que confías en cualquiera que se ponga a elogiarlos y eres un chollo para quienes mienten sobre tales libros y un tesoro a punto para quienes comercian con ellos. (“Sobre la serenidad”).
Ser librero significa ser requerido y buscado por sus conocimientos y su autoridad, un prodigio de memoria, un experto tan modesto que acepta no ser el protagonista del negocio sino los libros que descansan en las mesas frente a la suya o en los anaqueles por detrás. Al buen librero le gusta convivir con los libros, estudiarlos, ficharlos, repasar su resumen y ubicarlos en el orden lógico y en el lugar idóneo para su localización. El buen librero sufre con la desaparición de sus clientes, porque cambian de entorno, porque mueren o porque no son reemplazados por el necesario relevo generacional. El sueño del buen librero, por tanto, es saberse sucedido, encontrar en sus descendientes a quien quiera continuar su labor. Pero el mayor miedo del buen librero es que la gente deje de leer libros en papel, que su tarea llegue a reducirse al mecánico suministro de una dirección o una clave para acceder electrónicamente a lo que antes fue cultura envuelta en el maravilloso olor del papel.
Un libro no es solo un objeto de lectura sino un medio para viajar a la imaginación o para recuperar los hechos del pasado; es como una agencia de viajes emocionales al pasado, al futuro, a la historia del hombre y a las bibliotecas de la humanidad. Sus estanterías son un desfile de reflexiones en torno a la inspiración, espacios que inmortalizan los procesos de creación.
La librería es una tienda cualquiera si no se encuentra atendida por un librero experto y unos ayudantes que aprenden el oficio junto a su mentor. Las buenas librerías adquieren pronto personalidad. Abarrotadas de libros, sus estanterías acumulan tanto polvo como saber, en hileras verticales o en las torres de volúmenes que ocupan las mesas que el cliente sortea mientras sus miradas navegan de una portada a otra, de los lomos de los diccionarios a los de los textos científicos o los libros de ciencia-ficción. Todo en esos locales proclama la vigencia de los libros de papel.
El periodista J. Carrión se preguntaba recientemente: ¿ Por qué la industria del libro no ha apostado por una defensa de las librerías como templos emocionales de los lectores? Sin embargo, como centros de emociones, culturales y de distribución, cruzabas su umbral y se te impregnaba la nariz de un aroma oscuro a papel viejo, a cubiertas de cuero, a maderas centenarias, a un olor a medio camino entre el polvo y el moho. Por eso sobrevive la tristeza al entrar en muchas librerías de hoy. Las librerías de antes exhalaban olor. Hoy ya no existe ese olor. Incluso las imprentas modernas, para eliminar olor, cubren con laca de dispersión los pliegos del libro impresos por un lado, para darles la vuelta de inmediato e imprimirlos del revés. Cuánto se echa de menos el aroma a madera de las viejas estanterías, señal y marca olfativa del acervo cultural, los altos anaqueles y las vetustas escaleras apoyadas en ellos para subir y atisbar, el rumor de voces apagadas en su atmósfera de lugar sagrado, templo de reflexión.
La magia de las librerías de antes está pasando al olvido, dicen algunos, pero una buena librería no es aquella en la que encuentras los libros que quieres leer, sino los libros que no sabes que existen, comenta un librero al finalizar una reunión. Otro contertulio explica su optimismo: la pequeña librería va a sobrevivir porque sigue existiendo el placer por leer. Las librerías siguen siendo importantes para todos aquellos que prefieren ver y tocar los libros, comprarlos en persona.
A amar las librerías se aprende de joven, como a amar los libros; cuando uno se acerca a ellas por primera vez ya de mayor o bien se trata de una necesidad perentoria por adquirir un libro o de una visita casi turística, para admirar su arquitectura, su atmósfera decimonónica, las obras de arte de sus paredes o su magnitud. Así existen librerías emblemáticas en diversos países del mundo; son librerías de autor que custodian y conservan el carácter y la imaginación de miles de autores de todos los tiempos. La Strand, en Nueva York, la Umberto Saba, en Italia, la del Fondo de Cultura Económica, en Bogotá, la LelloIrma, en Oporto, o los cinco pisos en Londres de la Waterstones.
En España, desafortunadamente, quedan pocas; la mayoría de ellas han pasado a contar billetes de banco o hamburguesas y nuggets de cadenas de fast food. Quizá solamente dos, la treintañera Cálamo (Zaragoza) o la veinteañera La Central (Barcelona), rezuman un cierto sabor a la librería de antes, si bien muy lejos de la antigüedad de las mencionadas más arriba. El resto de librerías a las que se podría conceder ese honor en nuestro país, sus escasas dimensiones, su fecha de creación o su decadencia actual, impiden aplicarles el calificativo de altar sagrado, aunque no el dejar de admirarlas por su constancia y valor. Las llamadas librerías de viejo, por su parte, que tanto abundan aún en nuestras plazas (Miguel Miranda, Prado, Bardón, entre otras muchas), merecerían líneas aparte de lo aquí expresado y el homenaje público y continuado de todo buen lector.
Los cambios en el consumo se han agudizado con motivo de la crisis y ello ha puesto en evidencia, también en las librerías, un cambio de modelo. Pero el cambio en el negocio de la venta de libros ha llegado a nuestro país para quedarse, lo que obliga al sector librero a buscar y experimentar novedosos horizontes.”Pero los viejos libreros nunca mueren- añade el mencionado Carrión. Son incontestables los que toman el relevo. Hay que reivindicar esa figura que ha permanecido en la sombra , mientras que la del autor, el editor y el agente , se volvían totalmente visibles, incluso estelares”. Quizá ahí estribe parte de los problemas de la librería actual, en que el resto del sector del libro minimiza su importancia y hace tiempo que ,lisa y llanamente, le ha dado la espalda.

Anuncios

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Víctor Muñoz dice:

    “Las librerías siguen siendo importantes para todos aquellos que prefieren ver y tocar los libros, comprarlos en persona.” Yo me pregunto si esto tiene algún fundamento o si es sólo el deseo de un librero y de muchos escritores, articulistas, caricaturistas, etc…,porque yo personalmente y aunque a mi pesar no las veo mucho futuro. Ahora no sólo están de moda de libros electrónicos sino el no comprar ningún tipo de libro y bajar de ciertas páginas a precio CERO cualquier publicación. De esta forma no va a haber librerías porque dejarán de existir los escritores, pues su obra no valdrá nada, monetariamente hablando, con el primer libro electrónico que venda podrá leerlo todo el planeta.

    Me gusta

    1. Muchas gracias por tu respuesta.Quizá mantener abierta una librería sea una utopía, pero el año pasado se cumplieron más de doscientas y parece que su futuro pasa por convertirse en un centro cultural. La historia cultural del hombre demuestra su capacidad emprendedora para transformar los sistemas de uso cultural y seguir avanzando en el dominio del conocimiento. El hombre no gana nada dándose golpes de pecho por los cambios en las costumbres y en los métodos, sino afrontando el nuevo reto y hallando la salida para progresar. Los copistas desaparecieron cuando se alumbró la imprenta; la imprenta se ha renovado tras la aparición de internet; el libro saldrá adelante, adaptándose a los nuevos tiempos (nuevos formatos, otros métodos) y manteniendo pequeñas islas al servicio de los apegados a los anteriores métodos. Ahí está el revival del vinilo en la audición de la música para demostrarlo. El librero ha de evolucionar, sí o sí, como lo han hecho otras muchas profesiones. Lo que no le servirá en el futuro es pretender seguir igual cuando aumenta la velocidad de los cambios culturales. Probablemente la reinvención, como algunos pronostican, venga de la mano de la acción, la reunión, la comunidad, el grupo, las redes de todo tipo, la coparticipación. Pero creo que este no es un problema exclusivo de las librerías, sino que también lo es de otros muchos sistemas de venta tradicionales que se ven acosados por los cambios tecnológicos, la mayor preparación de los clientes-usuarios y el afán por la novedad del ciudadano actual. No en vano hay quienes hablan de una revolución cultural similar al que en su día produjeron los tipos de imprenta y los teclados de la red. Yo también creo que, como tu apuntas, el verdadero cambio que se nos avecina, (para bien o para mal, el tiempo lo dirá), s la disminución del número de lectores, del hábito de la lectura y de buscar la información lejos de una pantalla de tv, ordenador, tablet o teléfono móvil.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s