ARTÍCULO: Tras la escritura, el libro

(Entiendo este post como la continuación del anterior : “La cultura del libro, el nacimiento de la escritura”).

¿Eres lector? ¿Apasionado, compulsivo, ocasional, introspectivo? Quizá has disfrutado viendo crecer tu pequeña (o grande) biblioteca particular. ¿Te sientes atraído por las estanterías y las mesas de las librerías, por los afanes de los bibliotecarios o el mundo del escritor? Quizá los libros te hayan acompañado siempre, quizás estés algo confuso por la actual situación de ese mundo tan tuyo.
Martín Caparrós decía recientemente en un artículo dominical: “La cifra me cayó por la cabeza y casi me lastima. El mundo produce un nuevo libro, miles de ejemplares de cada título nuevo, cada quince segundos. Son más de dos millones de títulos por año…una lluvia de libros, peor que el peor de los diluvios, un tsunami de libros”.
El libro es respetable y respetado, un objeto prestigioso, tradicional, y en un formato u otro ha acompañado la historia del hombre desde los ideogramas y pictogramas de las cavernas de la más antigua humanidad. Los libros pesan, huelen, indican lo que uno es. Leer libros, en resumen, es sentirse acompañado, es aprender de los otros, es vivir.
Hay libros indispensables, valiosos unos, otros que se adquieren por el mero placer, sabiendo que no se van a usar; libros grandes o pequeños, que se aborrecen una vez comenzados, se apartan o se regalan a otros, se olvidan en el rincón más polvoriento de nuestra sala de estar. Hay otros que se quieren tanto que se buscan con fruición, se adquieren, se comentan con los amigos y se conservan para siempre.
Se conservan muchos textos cuneiformes de la literatura mesopotámica, por no hablar de los escritos en las paredes egipcias, los Textos de las Pirámides, los Textos de los Sarcófagos y los papiros hallados junto a las momias que forman el Libro de los Muertos. La utilización de libros era una característica distintiva de los sofistas griegos. En el Fedón, Sócrates cuenta que leyó un libro de Anaxágoras – pasa por ser el primero en publicar un libro escrito-, hecho que le había permitido conocer las ideas del filósofo, pero se muestra contrario al libro y a favor del discurso oral porque aquel a la larga sale malparado por formar falsos sabios, llenos de erudición, pero que no han construido con el libro su propio pensamiento respecto a su contenido. En la medida que el hombre ha ido fiándose de los libros y los escritos ha ido perdiendo la verdadera memoria, el pensar las cosas desde dentro. Solo alcanza la remembranza. Hay un arte de la memoria que Sócrates y Platón defendían y que Giordano Bruno más tarde, en el Renacimiento, llamaba espacios de la memoria.
En la antigua Roma se desarrollaron dos formatos de libro, el rollo- para una escritura definitiva- y las tabellae- para la escritura diaria y común. De la mezcla de ambos surgió hacia el siglo I el pugillar, una tablilla pequeña que cabía en el puño. Antecesor del codex, el pugillar es, por así decirlo, el más antiguo precedente del actual libro de bolsillo. También se ve establecido por entonces un comercio de libros bajo la atención de un librero llamado bibliopola y escritos al dictado por grupos de esclavos especializados en la transcripción de los textos.
Aulo Gelio, Noches Áticas, IX 4 1-6, escribe:
Cuando volvía de Grecia a Italia y había llegado a Brindisi, después de desembarcar andaba paseando por ese famoso puerto…vi unos fajos de libros expuestos a la venta. Así que me dirigí ávido hacia ellos. Estaban todos en griego y llenos de maravillas e historias fabulosas, cosas increíbles y curiosidades, pero los autores eran antiguos y de no poca autoridad…en sí los volúmenes estaban arrugados por el desuso y eran de uso y aspecto muy sucio. Me acerqué, sin embargo, y pregunté por el precio; atraído por lo barato que eran compré gran cantidad por poco dinero y los recorrí todos ellos a la carrera en las dos noches siguientes. Y en la lectura entresaqué algunas cosas y anoté maravillas apenas tratadas por nuestros autores, que he esparcido por estos comentarios de modo que el que los lea no será considerado completamente iletrado e ignorante de estos asuntos cuando escuche este tipo de cosas.
En Roma ya existía la costumbre de que el escritor de un nuevo texto reuniese a un círculo de personas para leerles su obra y dialogar acerca de ella (probable antecedente de la actual fórmula de las presentaciones de libros).
Por expresar en pocas líneas, con el peligro que ello conlleva de reducir a solo tres momentos la extensa peripecia del libro, me atrevo a seleccionar tres momentos solamente de su fecunda y larga historia. Para un romano, libri era un capítulo, un fragmento de algo de mayor dimensión. En el Medievo se habla del liber, en singular, ya no se dicta al copista, es autógrafo y aparece la figura individual del escritor. Hoy en día los libros ya no huelen; el olor fresco a tinta y papel del libro recién nacido ha desaparecido en la relación autor-editor-impresor-libro-lector.
En el Monasterio de Silos se conserva el libro cristiano más antiguo(siglo XI) que ha llegado hasta nosotros, escrito en papel y pergamino bajo el nombre de Misal de rito mozárabe. En la Biblioteca Nacional de París también se guarda un Glosario Latino, procedente de Silos, datado aproximadamente en la segunda mitad del siglo XI. Ese siglo y el siguiente XII son, por otra parte, los que definen la época en que el papel llegó a constituirse como el principal soporte para la escritura de los conjuntos de folios que formaban los libros. Y en Holanda, al final de la Edad Media aparecieron los llamados Hermanos de la Pluma porque se ganaban la vida escribiendo libros, manuscritos con buena terminación, que circularon por el país hasta ser sustituidos por la llegada de la imprenta.
Los libros de finales del siglo XV y principios del XVI reciben el nombre de incunables porque datan de la época en que la imprenta, por así decirlo, estaba aún en pañales; los primeros incunables no tenían colofón (datos de remate de identificación de la obra) por lo que no llevaban impresas cosas como el título, el autor, la fecha, el impresor y el lugar de impresión. La aparición de la Portada, primera hoja del libro en la que figuraban datos de identificación, fue una de las novedades más llamativas que aportó la imprenta. No hizo desaparecer el colofón sino que, a partir de entonces, aumentó la presencia de referencias y datos para la identificación del libro, repartidos entre ambas partes, portada y colofón. Muchos años más tarde, ya en el siglo XIX, la demanda de libros era tan masiva que provocó el crecimiento de la encuadernación industrial, en serie o editorial, para sustituir a la individualizada existente hasta entonces.

Escribir es hoy día un hobby de moda. Famosos, asalta-realities y otras pretendidas celebridades se apuntan (con honrosas y acreditadas excepciones) a engordar su ego, personalmente o a través de un negro, y aprovechan el tirón de su popularidad sin ningún rubor literario. Esta curiosa circunstancia se ha convertido ya en un fenómeno tan rechazado por los buenos lectores, como agradecido por los bolsillos de los editores y desmoralizante para los escritores de oficio. No deja de ser un síntoma más del proceso de degradación del libro como instrumento del saber que asola el actual panorama cultural.
No sabemos adónde nos llevarán los cambios que se están produciendo en la creación cultural en la actualidad. Lo que sí se intuye es que a la industria del libro tradicional solo parece quedarle una única salida, adaptarse a los cambios y acercarse a la realidad social. Es algo parecido a como se resolvió el antiguo litigio entre el saber escrito y el oral: ideogramas, pictogramas, cuneiforme, jeroglífica, alfabeto, liber romano, codex, monjes copistas, pecia universitaria o libro para nobles, imprenta individual, imprenta industrial, sobreproducción de libros actual, muchos siglos después el hombre ha logrado la complementariedad.
La irrupción los libro electrónico hace menos de diez años parecía esparcir dudas sobre la vigencia del libro tradicional; un tiempo más tarde, serenada la burbuja inicial que supuso su aparición en el mundo del lector, las aguas vuelven a su cauce. El río de los libros, sin embargo, ha dejado de tener un solo lecho; el panorama literario discurre ahora por dos ramales de un mismo río. Sea libro electrónico o en papel, el campo en el que en realidad se están produciendo los mayores cambios, más que en la transmisión literaria y cultural en sí , es en el sector editorial,
Los avances electrónicos, la rebaja en la calidad cultural del público lector y el consumismo exento de reflexión han contribuido a una progresiva pérdida del amor del lector por el libro tradicional. Hay quienes avanzan que la ficción y la literatura permanecerán fieles al libro de papel; otros ponen el acento en la remodelación de las tiradas, las ediciones exclusivas, la coedición y la autopublicación,la mejora de calidad en los libros electrónicos y en el aumento de las exigencias de calidad y precio en el libro tradicional. La solución que parece atisbarse está en manos del sector editorial, convertir ambas fuentes en algo complementario y hacerse cargo de la una sin excluir el seguir trabajando con la otra. La consecuencia lógica de tal planteamiento sería la concentración de editoriales y la desaparición de muchas de ellas, las que sean incapaces de adaptarse a su nuevo rol. Un territorio distinto, un nuevo modelo de negocio, una oferta de cultura más diversificada, un lector más preparado para seleccionar y elegir, unos hábitos de lectura basados en la fidelidad de los gustos del lector a cada opción, libro electrónico, libro en papel, otros medios que presenten un sector editorial más acorde con los tiempos, más cercano a los gustos lectores que a la cuenta de resultados de su publicación.
Hay nichos para que el libro tradicional sobreviva, los que ponen el acento en la relación emocional y visual con el libro de papel, pero cada día que pasa es más evidente que el futuro del libro está en la capacidad técnica y tecnológica de los fabricantes de soportes diversos y de una sociedad crecientemente alfabetizada en el uso y disfrute del avance digital. Bien harían unos y otros, defensores y detractores del negocio editorial, en poner las cosas en su sitio: el libro digital es, al menos hasta hoy en día, un reproductor de textos, nada más; el libro de papel, tal y como lo conocemos hoy, dependerá principalmente del nivel cultural e intelectual de los lectores del futuro, seres digitales ya, y del estilo de relación que ellos tengan con la cultura literaria que deseen degustar.
Con todo, y a pesar de todo, hay libros que no deberían existir– escribió en fechas recientes un sensato articulista-, toda la tinta, el papel, la cola, etc. empleados, todo el tiempo invertido por los diseñadores, el personal de prensa…todo ello se percibe como un enorme desatino cuando uno abre las páginas de esos libros.

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