ARTÍCULO: A propósito de W. Turner, pintor

En el año 2014 parece haber estado de moda el pintor paisajista inglés. Desde el 10 de septiembre y hasta el 25 de enero de 2015 se exhibieron en la Tate Gallery de Londres una buena parte de las últimas obras de Joseph Mallord Willian Turner, un pintor controvertido en su época, en especial en sus últimas obras, motivo de la exposición, incomprendidas entonces. Hoy día, sin embargo, 160 años después de su muerte, el pintor da nombre al más importante premio del arte británico actual, el Turner Prize.
Por si ello no bastara, coincidió también en esos días, el estreno de Mr. Turner, una película del género denominado biopic del reputado director y guionista Mike Leigh, que recorre los últimos veinticinco años de la vida de nuestro artista, hombre, sin lugar a dudas, extravagante y complicado, pero un genio de los pinceles que llegó a ser considerado como el pintor de la luz. Es este Joseph Mallord William Turner el que nos interesa ahora en este breve artículo del blog: su vida y su pintura, sus fuentes, sus seguidores y el influjo que su interpretación del arte legó a la posteridad.
Qué es el Romanticismo, se pregunta Baudelaire en su libro Curiosidades estéticas. Qué es el romanticismo. Y continúa: “quien dice romanticismo, habla de arte moderno- es decir, de intimidad, de espiritualidad, y de color, de ambición de infinito- expresado por todos los medios que poseen las artes”. Y más adelante añade: “ante todo es preciso conocer los aspectos de la naturaleza y de las situaciones del hombre, cosa que los artistas del pasado han desdeñado o no han conocido”. A ello se aplica Turner, a la contemplación de la belleza, esencialmente romántica, cuando afirma que “el romanticismo es hijo del norte y que el color, los sueños y la magia son hijos de la bruma”.
Algunos trazos de su vida. J.M. William Turner, hijo de un modesto barbero que ejercía en Covent Garden, era extremadamente impulsivo, taciturno y solitario y tuvo una vida especialmente agitada y azarosa, marcada por una época rica en grandes eventos como la revolución francesa, las guerras napoleónicas o el advenimiento de la llamada revolución industrial. Ya en edad muy temprana se dedicaba a copiar grabados y a dibujar o pintar pequeñas acuarelas. Sus toscas maneras y vestidos estrafalarios, su fama de avaro y su afán por vivir aislado, le granjearon pronto una fama que le impedía prosperar. Una amiga de su juventud le describe como una persona “singular y silenciosa, desagradecido y descuidado, desaliñado en el vestir, cualquier cosa menos un hombre de apariencia agradable”. A Turner le importaba poco lo que los demás pensaran de él (se cuenta que en una ocasión un miembro de la Academia le llamó reptil, a lo que Turner contestó con frialdad: “si señor, soy un gran reptil, con malos modales”. El sentido estrafalario de su vida le duró hasta la misma muerte. Aunque hay diversas versiones, parece que Turner murió durante una de sus ausencias hacia lugares desconocidos y que su cadáver se encontró en una vivienda miserable en las cercanías del puente de Battersea, en el Támesis, donde nadie le conocía por su verdadero nombre.

En diciembre de 1789, Turner fue admitido en la Royal Academy, a la edad de 15 años. Discípulo de un pintor de acuarelas, algo usual en la pintura inglesa del siglo XIX, sus primeros maestros y sus intenciones iniciales fueron dominar la pintura de estilo arquitectónico, historicista y topográfico. “ Por formación y predilección, Turner era un pintor de acuarelas- escribe K. Clark-. ..El propio Turner, en la época de sus grandes éxitos, concentró sus esfuerzos en dominar el óleo, pero nunca cesó de usar la acuarela, tanto como una ayuda para su memoria retentiva como para las numerosas ilustraciones de libros con grabados en las que siempre estaba trabajando.”
Uno ve la obra de Turner y piensa en un artista sensible, romántico y elegante. Luego se acerca a su figura, a su historia personal y a abundantes hechos de su vida, y encuentra a un hombre misántropo, escasamente agraciado, que, tras luchar por ocultar sus orígenes y su equívoca presencia, navega entre la frustración y el éxito, la fidelidad a sus ideas y su agresiva relación con otros artistas quizá más afortunados en la consideración social.
Los objetivos de Turner. Bien sea por su extraña relación con la gente que le rodeaba, fueran pintores o no, bien sea por su eterno afán de huir de la humildad de su cuna y de la menesterosidad, Turner consagró su vida a tres objetivos principales:
1. Aspirar a ser reconocido por las gentes del arte como lo eran los otros dos grandes pintores del paisajismo inglés de la época, Reynolds y, sobre todo, Constable.
2. Adquirir, además, una personalidad propia, diferente aunque heredera, tanto de la tradición naturalista italiana en la pintura de paisajes, como de la del arte nórdico holandés.
Y en tercer lugar, por último, dejar una escuela, una herencia en su estilo, un legado y unos sucesores, por su modo de pintar.
Entre las pasiones y efectos que producen mayor asombro en relación con la naturaleza, en ensayista E. Burke había establecido entre otros: el temor, la oscuridad, la soledad, el silencio, la vastedad, la infinitud, la grandeza, la luz… A ello se apunta nuestro artista, armado con su caballete frente a un bello paisaje o a cualquier otra prodigiosa manifestación de la naturaleza; mientras muchos de sus contemporáneos se ocupaban de otra estética, Turner viajaba para mantener una relación apasionada con ella, dejándose fascinar por esos fenómenos sublimes, la aurora, el ocaso, que causaban miedo o admiración por su carácter novedoso, agreste u hostil. Ese parece el motor que le movía a evolucionar desde el paisaje clásico e ideal, mero decorado, a una visión más profunda, más humana si se quiere, en la que es el propio paisaje quien pasa a ser el protagonista. Se trataba de viajar hacia dentro, divagar, recrearse en la contemplación y mirar el paisaje para atraparlo con el pincel. Un artista solitario que contempla el paisaje deleitándose en sus propios pensamientos.
Para contemplar su obra hemos de convertirnos en espectadores activos si queremos sentir lo que el pintor sentía al pintarlo. Sus difuminados e imprecisiones no son otra cosa que el resultado de la detenida observación a la que somete a su contemplación de los fenómenos naturales. Tan fiel para formar parte en esa época del academicismo reinante, como capaz de buscar nuevas formas de tratar el color, la naturaleza, los fenómenos meteorológicos, la nieve, las nubes, la niebla ó el viento y la tormenta.
Hacia el final de su vida, la pintura de Turner evolucionó hacia la abstracción, con el color y la luz como únicos elementos. Incomprendido en su tiempo, muchas obras de esa época permanecieron almacenadas en los sótanos de la Academia. Su modo de pintar era innovador; eso de abandonar el estudio y dedicarse a observar el paisaje y sus cambios, hacer dibujos y esquemas, tomar notas sobre los efectos de la luz y sus efectos era tan revolucionario que haría de él uno de los precursores de los impresionistas. Y es que Turner era un visionario, un pionero de muchas de las ideas del impresionismo e incluso de algunos de los matices de la pintura abstracta. Lo suyo era un concepto de la pintura basada en las emociones, en lo fascinante, lo asombroso y en la naturaleza fuera de control.
Una última reflexión. El último cuarto de siglo del pintor, sirvió al artista para aprovechar una fructífera vida que completaba entre viajes, pintar nuevas obras, pasar temporadas con la aristocracia en la campiña y frecuentar burdeles. Aupado por la Royal Academy y por el público más exigente del Londres de final de siglo, había logrado alcanzar la aceptación social que tanto había deseado y la fama de gran pintor, un artista puente entre los antiguos maestros y las jóvenes corrientes artísticas que dominarían los primeros años del siglo siguiente. Por fin podía gozar con los tres pilares que sustentaban su creatividad: la pintura en sí misma, la naturaleza y el reconocimiento social.
Gustó mucho a partir de entonces su necesidad de evolucionar, de abandonar la pintura arquitectónica, clásica, de sus primeros óleos hasta llegar a los trazos leves y apuntados, casi abstractos de su madurez. Al mismo tiempo sorprendía su manera de ver el paisaje, sumido en la naturaleza, tratando de captarlo en todos sus movimientos. Las pinturas de Turner azotan en medio de sus tormentas y vientos embravecidos y depositan en nuestros labios la sal y el agua de las olas. Se te mete en los ojos el vapor y el polvo de carbón de sus barcos, sus trenes y sus remolcadores. Y cuando pinta las Casas del Parlamento, atrapados en ese voraz incendio, el calor se siente como si uno estuviera cercano a las llamas.
En su testamento Turner, consciente ya de que a ojos de sus compatriotas había alcanzado el Olimpo, legó a su país sus cuadernos de dibujos, y un gran número de cuadros, razón por la que la mayor parte de su obra se encuentra hoy día en la Tate Gallery y en la National Gallery, ambas en Londres.

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