ARTÍCULO: Opiniones, caos y estupidez

Pedimos un poco de orden para protegernos del caos. Extraviamos nuestras creencias, queremos que nuestras ideas se afirmen mediante la constancia de algunas reglas para, en último extremo, en caso de no lograrlo, agarrarnos inconscientemente a opiniones ya establecidas.
Afrontamos el temor del caos con las virtudes de nuestro pensamiento.El arte, la ciencia y la filosofía son las tres grandes formas que adquiere el pensamiento. Con el arte tratamos de hallar algo finito que nos explique el infinito; con la ciencia renunciamos a buscar lo infinito con tal de conquistar un mundo de referencias y certezas; con la filosofía pretendemos salvar lo infinito dándole consistencia mediante la elaboración de conceptos, de ideas o de personajes definidos por su estabilidad. Pensar, así entendido, se lleva a cabo mediante los conceptos, las referencias de la ciencia y las sensaciones del arte.
Platón explica a Menón la diferencia existente entre el saber, la fijación de ideas llegadas a nuestro pensamiento y la movilidad de aquellas y cambios de parecer establecidos por las corrientes de opinión en vigor. Si el saber se basa en razones, en fundamentos ligados a la razón y en la ciencia, las opiniones son inestables, a menudo parciales y poco perdurables en el tiempo. Es por ese motivo por lo que las opiniones establecidas, las corrientes de opinión y las maneras de pensar en boga en cada momento son un recurso óptimo para explicar las cambiantes decisiones del hombre, sus pasiones sin freno y la sinrazón. La filosofía, el arte y la ciencia, en cambio, proporcionan cada una por su lado las reglas, sensaciones y conceptos que nos sirven de paraguas contra el caos.
“Los seres humanos– escribe Carlo M. Cipolla- poseen el privilegio de tener que cargar con un peso añadido, una dosis extra de tribulaciones cotidianas provocadas por un grupo de personas que pertenecen al propio género humano”. Es un grupo de personas variable, universal, que no se rige por ninguna ley dictada por el conocimiento, la experiencia y la tradición, sino por la estulticia proveniente del abrazar opiniones en vez de relacionarse con el pensamiento y el saber. La existencia de tales personas nos lleva a considerar las cinco leyes fundamentales de la estupidez humana, feliz hallazgo del pensador Cipolla en uno de sus ensayos:
Primera ley fundamental: Siempre, e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.
Segunda: La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa misma persona.
Tercera: Una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra persona o grupo sin obtener, al mismo tiempo, provecho para sí misma o incluso un perjuicio para otro.
Cuarta: Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas; olvidan que en cualquier momento y lugar tratar o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un error costosísimo.
Quinta ley fundamental: La persona estúpida es el tipo de personaje más peligroso que existe. El estúpido es, incluso, más peligroso que el malvado.
” Las tendencias culturales que prevalecen hoy día en los paises occidentales favorecen una visión igualitaria de la humanidad. Se prefiere pensar en el hombre como el producto en masa de una cadena de montaje perfectamente organizada” – continúa el pensador. El cerebro es el que piensa y la filosofía, el arte y la ciencia son los tres agentes con los que el cerebro se convierte en sujeto, en el hombre que piensa. Pero, como decíamos más arriba. nos extraviamos al pensar. O como expresa Manuel Rivas en uno de sus artículos: ” El conocimiento humano aumenta, pero la irracionalidad humana se mantiene igual”
La lucha del ser humano contra el caos de los hechos, imágenes y explicaciones fútiles no es más que el instrumento de que nos valemos contra la opinión. Porque de las opiniones establecidas procede la mayor parte de las desgracias de los hombres. De ahí la responsabilidad de los padres, los formadores de opinión, artistas, comunicadores, ensayistas, pensadores y, principalmente, los políticos.

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