ARTÍCULO: Cementerios, velorios y otras menudencias.

“Cuando en el barrio había un muerto de gran calidad
la muchachada sabía como aprovechar
y hasta el velorio llegaba con toda intención
de llorar un poquito y tomar anís”.

Cantaba George Brassens con su fina ironía y suave humor, fiel reflejo, no obstante, de las viejas costumbres en relación con los rituales que rodean a la muerte.
Polvo eres y en polvo te convertirás. Ceniza a la ceniza, tierra a la tierra. Enterrar es devolver a la tierra lo que fuimos, un sueño dentro de un sueño, dice Shakespeare, la única verdad inamovible que encontraremos en nuestro paso por este mundo. De ahí la importancia que la tumba tiene para la memoria de los muertos. Los cambios en la cultura de la muerte y de los ritos mortuorios me llevan a dedicar estas líneas a los rituales funerarios: cementerios, epitafios, plañideras, hornos crematorios, velatorios, servicios mortuorios, un sinfín de costumbres para sufrir, adornar, disimular o tratar de entender el hecho cierto de la muerte, esa palabra que apenas se pronuncia porque quema los labios (Octavio Paz, dixit).
En la Roma antigua no existían los cementerios; las tumbas, los mausoleos y los enterramientos se hacían en los márgenes de los caminos y las vías que llevaban a las ciudades y a los pueblos. Ahí está la Vía Apia, la tumba de los Escipiones, la puerta de San Sebastián, la tumba de Geta, de Priscila o las catacumbas de San Calixto. El sepulcro más visitado de la Vía Apia es la tumba de Cecilia Metela, pero también es recordable el mausoleo de Séneca.
Y en las tumbas, los epitafios, inscripciones grabadas sobre las tumbas. “La vida es una carrera, vanidad de vanidades” (Eclesiastés 1,2) es uno muy popular. “¿Corres?, yo corro, ¿hasta donde?, hasta aquí”, puede leerse en un sepulcro de la antigua Siria. Otros son falsos, leyendas inciertas que corren de boca en boca para definir al difunto. En la tumba de Groucho Marx pone “perdonen que no me levante”, (en realidad no pone nada); en la de Orson Welles se lee “No es que yo fuera superior, es que los demás eran inferiores”(tampoco existe); en la de Alfred Hitchcock reza “Cristo es lo que le pasa a los chicos malos”(también falso); de la de H. Bogart se habla de un epitafio también supuesto que dice”ya sabía yo que no tenía que haberme pasado al martini”. Y es que en esto de los epitafios, entre la pedantería, los chistes, la mitificación del muerto, la publicidad o el reclamo turístico, se cometen tantas tropelías como en los anuncios de la tele.
Autoepitafio del poeta cubano Reinaldo Arenas, fallecido en N. York en 1990: “Vivió para vivir que es ver la muerte/como algo cotidiano a la que apostamos/un cuerpo espléndido a toda nuestra suerte.Supo que lo mejor es lo que dejamos/precisamente porque nos marchamos. Todo lo cotidiano resulta aborrecible/solo hay un lugar para vivir, el imposible.”
A veces no hay epitafios sino simples conjuros: “Os conjuro, por Dios, que nadie ose abrir el sepulcro y transportar mis huesos”. O, en otras ocasiones, junto al nombre del muerto aparecen solamente relieves o grabados del oficio que tuvo en vida (un jamonero, en la catacumbas de Santa Inés en Roma, un panadero que muestra sus labores propias- amasado, moldeado, horno- junto a Porta Maggiore, también en Roma; un zapatero con los dos tipos de hormas que usaba para labrar los zapatos o las que se pueden ver en el museo romano de Mérida, una tabernera, o en el museo arqueológico de Madrid, un niño minero que lleva en las manos su lámpara de aceite y su piqueta.
Y siempre las plañideras, la institución de las lloronas, mujeres que acompañaban a los familiares del difunto para dejar constancia del dolor con sus ayes, lágrimas, gritos y lamentos tras recibir de su directora el tono que debían tener su tristeza y los lloriqueos. Unoficio rentable, seguro por su persistencia, una profesión tan estimada que se aprendía y se transmitía de madres a hijas. Pero no hay que irse tan lejos en el tiempo; las choronas gallegas, las nigaregileaks navarras y las erostariak vizcaínas, eran lloronas autóctonas que mantuvieron su auge durante bastantes siglos.Plañideras y lloronas, un oficio tan antiguo como la propia muerte.
Si de cementerios hablamos, mencionaremos unos cuantos ejemplos por sus características extraordinarias:París, cementerios Pere Lachaise, Montmartre, Montparnasse y Les Invalides( son legión los pintores, arquitectos, bailarines, militares, escultores, escritores, músicos y cantantes que en ellos descansan en paz; la visita a sus tumbas constituye uno de los principales atractivos turísticos de la Ciudad de la Luz. Su memoria sigue viva en el imaginario de los turistas. Santos, Brasil, y sus rascacielos cementerios. Abiertos y llenos de jardines parecen ser el futuro en los países nórdicos. Una solución a lo grande que empequeñece y desmerece la de los bloques de nichos españoles.Berlín y el cementerio Dorotheenstadtischer, nutrido por los difuntos de las élites intelectuales alemanes. Marcuse, Hegel, Gottlieb Fitchte, Brecht, Mann, arquitectos, artistas, actrices, directores, impresores, políticos, todo un universo de ciudadanos famosos, respetables y poderosos. Cementerios civiles, en los que famosos y anónimos sin creencias religiosas prosiguen desde sus tumbas las luchas ideológicas habidas en nuestro país entre la Iglesia y el Estado. (Así dice José Jimenez Lozano en su obra Los cementerios civiles que la incomprensión y las diatribas que se dan en España sobre los cementerios civiles es el símbolo de nuestra incapacidad para entender la convivencia como una vida civil;”aquí yace media España, murió de la otra media”,es la frasede Larra que mejor refleja la existencia del cementerio civil).Cementerios minimalistas, a tono con la arquitectura moderna; cubos, bloques ciclópeos y grises y ausencia de decoración entre pequeños bosques de pinos y jardines, dibujan las tendencias de los cementerios del futuro, como el del bosque de la ciudad de Estocolmo, un parque donde las tumbas alternan con los joggers, las parejas que pasean, los ciclistas y corredores. Espacios verdes, cafeterías y zonas de descanso o zona de juegos infantiles, son otras nuevas ideas que ayudan a difuminar en la mente del hombre moderno el ciclo de la vida. Porque la historia del hombre, hasta ahora y en el futuro, se seguirá cruzando con la muerte, cada día, a cada instante.
Todo son cambios en la actualidad: tanatorios modernos, cremación, columbarios, homenajes a la vida, maestros de ceremonias, una cultura funeraria que se integra en nuestra vida diaria de manera natural. Lo viejo y lo oscuro dan paso a los espacios y los actos abiertos.
Y escuchamos de nuevo a G. Brassens: ” Qué se han hecho los velorios del ayer/los cortejos, cortejos cortejos, cor de nuestros abuelos/que iban a los tumbos y al revés/los finados, finados, finados, finados, fi tan gordos y buenos…….Hoy esa antigua carroza es un coche velos/que se lleva a los muertos a todo vapor/hoy ya no existe ese dulce placer infantil/de tropezar con la bosta siguiendo hasta el fin”.
El número de tanatorios en España está en torno a los 1000, el de hornos crematorios a 250, el sector de empresas funerarias ha dejado de ser local para caer en las manos de unas pocas grandes compañías; las aseguradoras han entrado en el sector y los antiguos seguros de deceso, remozados, contribuyen hoy día a impulsar sus cifras de negocio. Y es que aunque la crisis ha recortado precios y disminuido el uso de los servicios, las empresas saben muy bien que la clientela de su negocio jamás les va a faltar.
La novedad de los llamados Lares, reinvención del antiguo lararismo romano, elaboración de colgantes y anillos con metales y minerales preciosos aleados con cenizas del difunto. ¿Desea usted revivir su memoria, acompañar sus sentimientos?; ahora ya puede hacerlo, ahora puede lograr que su querido difunto vaya siempre con usted.
Mas que quieren que les diga, a pesar de los cambios aún quedan nostálgicos que siguen a Brassens:
“Por eso yo quiero un entierro de pompa y festín
sin esos velorios no vale la pena morir”.

Si se usa este contenido se ruega mencionar la procedencia.

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