ARTÍCULO: Acerca de Bartleby, el escribiente.

«Bartleby, el escribiente» fue publicado por primera vez, de forma anónima y en dos partes, en los números de noviembre y diciembre de 1853 de la revista Putnam’s Magazine. Se cree que Melville pudo haberse inspirado en parte en la obra de Randolph P. Emerson; algunos críticos han señalado la existencia de paralelismos con el ensayo de Emerson The Trascendentalist.
Mientras que Bartleby representa lo absurdo e irracional, el narrador representa sentimientos muy humanos, tales como la tolerancia y la compasión. Mientras el jefe tiene un
El narrador no es otro que un abogado que tiene sus oficinas en Wall Street, donde le ayudan con su trabajo dos copistas y un recadero. El número de copistas termina por ser insuficiente para la cantidad de documentos y se ve en la necesidad de poner un anuncio para contratar un empleado más. El abogado no puede más que mostrarse satisfecho con la rapidez y la calidad del trabajo de Bartleby, pálido y pulcro, hasta inspirar compasión, desamparado, hasta que al tercer día, el nuevo escribiente contesta por vez primera la frase fatídica que se convertirá, a partir de ahora, en su único argumento para no hacer nada, no cumplir con su tarea, no desarrollar su trabajo, no obedecer: Preferiría no hacerlo.
Al copista se le exige obediencia y literalidad pero Bartleby incumple ambas, sus copias son letra muerta. Parece que había trabajado de subalterno en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, cartas que eran quemadas por millares cada año porque no era posible hallar a sus destinatarios. Esta ocupación parece haber marcado el futuro desarrollo de la no-vida, de no-escribiente de Bartleby. Pero en el alma del copista, sin embargo, no parecen anidar las tempestades, ni él las exterioriza en ningún momento del relato. Tampoco aparece en su actitud la más mínima intervención de su voluntad de cambiar. Solo la preferencia de no hacer nada. El nihilismo del escribiente lo es por omisión de la acción, por falta de voluntad. Nada se sabe de él. Simplemente está en la oficina a todas horas negándose a realizar cualquier tarea que se le encomienda. El jefe se escama, luego se enfada, amenaza, trata de echarle, llega a odiarle porque no se marche para, lentamente, ir después desarrollando un cierto sentimiento de compasión cuando, liberado al fin de él porque se cambia de oficina, va a visitarle a la cárcel tras la denuncia de los nuevos inquilinos de su anterior oficina de la que el copista sigue prefiriendo no salir.
El problema es que Bartleby no tiene motivo, simplemente preferiría no hacerlo, así que el narrador y sus compañeros llegan a plantearse la posibilidad de que la razón esté de parte de él. Se produce un efecto contagio, una especie de síndrome de Estocolmo, que termina por afectar a quienes le rodean. Es como una resistencia pasiva, como la de Gandhi, porque su seriedad, su pulcritud, su humildad, su inactividad a pesar de su constante presencia en la oficina parecen avalar su comportamiento cercano a la sinrazón. La situación de Bartleby conmueve al jefe a tal grado que decide ayudarlo. Pero ya nada puede hacerse porque entre las muchas cosas que Bartleby prefiere no hacer, está la de alimentarse. Se deja morir en la cárcel por inanición.
El hombre tiene la lógica, la tradición, las costumbres, la ley, pero Bartleby está en contra de lo que le piden el procedimiento habitual y el sentido común. Está en contra de la copia y de verificar la copia. La verificabilidad de la copia es esencial para que la ley sea ley, así que no hay una lógica en el comportamiento de Bartleby. Por eso está desamparado. La prudencia y el método forman parte de la ley y esta solo encuentra su mejor aplicación cuando es repetida con fidelidad. La ley del copista es la copia fiel y él se niega a cumplirla. El principio de Razón suficiente es la base de la filosofía y de todo pensamiento racional, pero Bartleby, con su comportamiento, pone en evidencia las leyes y normas con las que se rigen y miden las actividades humanas; con él no vale el dicho básico, nihil est sine ratione, nada sucede sin razón.
Pero necesitamos una explicación racional sobre su comportamiento y nosotros, como el narrador, no la obtenemos, así que nos hacemos cábalas y entramos en confusión sobre su comportamiento. Y es que cuando el hombre ve algo sin sentido, cuando no halla la razón, se tambalean sus creencias y se buscan las explicaciones más allá de la razón.
Hay quienes piensan que Bartleby representa la No Decisión, que prefiere no decidir. Otros ven en él a un fantasma, está vivo o muerto, dicen, es ficción o realidad; la lógica fantasmática, como es bien sabido, provoca realidades que no son, visiones desordenadas y desequilibradas del mundo real. La voluntad existe cuando se sustenta en un motivo para… y en una decisión de…
La Libertad pertenece a la Voluntad, la Responsabilidad a la Decisión. Lo que nosotros controlamos es nuestra voluntad. No somos dueños de nuestros deseos, ni siquiera de nuestras veleidades, pero si somos dueños de nuestra voluntad. Somos nosotros quienes decidimos. Si hay algo libre es la Voluntad, el resto no lo es.
El cuento “Bartleby, el escribiente”(1853) tuvo escaso éxito inicial tanto entre lectores como críticos, aunque su importancia y reconocimiento no han cesado de aumentar desde entonces. Ha llegado a ser considerado precursor del existencialismo y de la literatura del absurdo y son innumerables los ensayistas, pensadores, psicólogos, novelistas y filósofos que han tratado de desnudar y encontrar explicación al enigma de los comportamientos aparentemente irracionales descritos en este maravilloso cuento por Herman Melville. Quizá por ello el autor remató su relato con una frase lapidaria que admite toda interpretación: ¡Oh, Bartleby! ¡Oh, Humanidad!

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