Artículo: Ferias de libros, ferias de las vanidades.

Aunque editores, autores y lectores tengan sobradas razones para lamentarse de la situación actual del LIBRO, el ambiente es festivo y placentero cuando reaparecen cada año las Ferias de Libros. Sesiones públicas, conferencias de autores de reconocido prestigio, presentaciones de las grandes editoriales, cócteles de representación, colas de compradores en las casetas más publicitadas y una masiva aparición de anuncios y novedades en los medios de comunicación, contribuyen a ensalzar el acontecimiento aplicando toques cosméticos a la situación real.
Las Ferias del Libro recorren la geografía nacional como uno de esos acontecimientos que ninguna Concejalía de Cultura osaría cuestionar. Tampoco nadie  se tomará la molestia de analizar, siquiera sea mínimamente, la conveniencia de su organización, al menos en su formato actual. Forma parte del programa anual, el colectivo editorial lo reclama y los libreros   hallan una manera de salir a la calle dado que “ Mahoma ya no viene a la montaña”.
Las ferias del libro se han convertido  en un espacio de recreo.Interminables filas de puestos, en una disposición que alumbra el deseo de mostrar la cantidad más que la calidad de una buena selección o de  un enfoque decidido hacia el verdadero lector. Es el mismo efecto que nos produce un museo cuando exalta el número de obras que alberga en vez de su adecuada exposición. La de Madrid,por ejemplo. Más de 400 casetas, kilómetros de estanterías, cientos de miles de visitantes, millones de euros de facturación… Mezcla de mercado ambulante, feria de muestras o de las vanidades. Miles de rostros desfilan cada día entre los puestos: los que van a pasear, los ojeadores, los que desfilan de un puesto a otro recogiendo sin recato los marcadores y separadores que se exponen a su alcance en el frontal de las casetas y los que pasan en busca de algún rostro conocido.Están también los que se detienen y  observan las portadas, alargan la mano , le dan la vuelta a un libro, leen la contraportada y lo dejan en el mostrador. Sobre todo al ver el precio.
De repente se arma un revuelo. La gente apresura el paso y se acerca corriendo. En un par de minutos se forma una larga  cola   si quien firma pertenece al famoseo o es escritor con oficio.  Hay también en ese acto un mucho de caza de autógrafos y de coleccionismo. No llegan al uno por ciento quienes se aproximan en plan lector, preguntan por algún título, comprueban que es lo que buscan y lo adquieren al momento. Alguno aprovecha, incluso, la posible presencia del autor y se extiende unos minutos interesándose por el libro en cuestión o por su carrera como escritor.

    Sin embargo, si sometemos las ferias de libros a un mínimo análisis sociológico y cultural, aparecen enseguida una serie de hechos sobre los que convendría reflexionar:

*Desde el punto de vista editorial:
Mientras en los últimos años el negocio adolecía de  parecidos defectos a los observados en otros sectores económicos, el business editorial vivió en la burbuja durante demasiado tiempo sin ser capaz de reconocer su anquilosamiento ni ver que sus pies eran de barro. A la gente se le da  lo que demanda decían, y dicen, las editoriales, (el mismo argumento, por cierto, que utilizan las cadenas de televisión para defender la telebasura). Jamás piensan en que de tales polvos vendrán los lodos, que de cara al futuro han de compaginar su responsabilidad en el aspecto económico con la puesta en marcha de estrategias y tácticas que favorezcan la lectura y su futuro cultural Que de nada sirve mirar solamente la cuenta de resultados si se olvidan de cuidar la calidad del producto para el futuro lector. Merecería la pena que el sector se pusiera de acuerdo y que expertos  independientes y honestos, describieran el momento exacto en el que empezó a desaparecer el lector y apareció el consumidor circunstancial de libros, que es lo que abunda hoy.En estos días la literatura se mueve con el motor del marketing. Todo parece valer en el negocio literario. Son los expertos publicitarios de las mayores cadenas editoriales los que ponen y quitan, crean modas literarias y encumbran al cartel de más vendidos a los autores de sus “cuadras”. El problema es que el lector medio, acrítico y seguidista, acepta sin más sus propuestas sin el más mínimo análisis a la hora de elegir. ( Y si no, traducción de autores extranjeros al canto, que la traducción es barata, a menudo poco cuidada y el renombre del autor de fuera garantiza un menor desgaste en publicidad. Lo que debía ser un añadido se ha convertido para muchos editores en su principal fuente de publicación). Y no vamos a decir nada, corremos un tenue velo, sobre las irregulares prácticas de algunos de nuestros editores ( editar para acceder al cupo de la bendita subvención, no abonar a los autores sus derechos de autor o acudir a ciertos extraños modos de actuar en coedición-pago con el autor, son prácticas más repetidas de lo que sería de desear).

* Desde el punto de vista de los autores:

Observando los comportamientos de los asistentes a las ferias de libros, ¿están seguros los autores de que su profesión, su vocación o sus desvelos, no están condenados a ser engullidos por un afán de presente y un oscuro mundo de advenedizos, famosos que utilizan “negros” o escritores-basura, cuando no por un fenómeno nuevo, el reclamo promocional que suponen las celebrities,  que lo único que hacen es aprovechar el tirón de su pasajero éxito político, deportivo, periodismo rosa y otros, para colocar su nombre en un libro?
La aparición de verdaderos talentos nuevos  en las letras españolas es tan escasa en estos tiempos, está tan poco protegida, que uno se pregunta si  algunas de las novelas mejor escritas hoy en día  no estarán condenadas a dormir en un cajón el sueño eterno.Respecto a los autores  veteranos, a los ya consagrados que acuden cada año puntualmente a estas citas, debemos convenir que se merecen tanto nuestra comprensión por la porción de vanidad y orgullo que aún pueda anidar en ellos como un mucho de agradecimiento porque con su constante presencia exaltan y dignifican la función del escritor. Enhorabuena, pues, a los Mendoza, Galeano, Clara Sánchez, Reverte, Javier Marías o Zafón, entre otros. Aunque parezca desde fuera que el mundo del escritor es un sálvese quien pueda, que cada autor va a lo suyo y son casos raros los que laboran por el futuro de la profesión, lo cierto es que sin ellos y su magisterio difícilmente se sostendrían las actuales ferias de las vanidades y el actual tinglado que sustenta al sector.

*Desde el punto de vista de los patrocinadores e impulsores de las Ferias de Libros como hecho cultural:

Algo nuevo está pasando si el número de libros impresos se reduce año tras año, si más del 20% de las licencias de ISBN se atribuyen ya a contenidos digitales, si cada vez menos gente adquiere un menor número de libros y si no aumentan en España los índices de lectura. Algo tendrán que ver ellos por sus políticas culturales, su falta de innovación y su afán por transitar por los caminos trillados que pisan desde varias décadas atrás. ¿Saben los patrocinadores culturales el mal que hacen sus políticas de concesión de premios y certámenes?, ¿saben, o se preguntan,si las ferias de libros, más allá de aumentar o no las ventas, propagan la afición lectora o elevan el número de lectores?, ¿conocen de verdad las razones que impulsan a la gente a comprar o no un libro?, ¿se preguntan alguna vez por el papel que juegan ellos y los medios de comunicación en la difusión de títulos?
Podrían también preguntarse  si  la mejor disposición para una Feria del Libro es esa mezcla informe y mareante de casetas de libreros, de entidades públicas, de editoriales pequeñas, grandes y medianas, compitiendo entre ellos con las mismas armas y herramientas( grandes, medianas, pequeñas o inexistentes) de que disponen el resto del año en los medios, en las decisiones políticas y en los organismos dedicados a la cultura en general. Echarle la culpa a la crisis es salirse por la tangente. Saber para qué sirve, de verdad, el modelo actual de las ferias debería ser lo esencial.
Lo que pasa, como decía Ortega, es que no sabemos lo que nos pasa. Sin embargo, en el caso del libro, por ahí habría que empezar.

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