ARTÍCULO: La percepción del cuerpo

El ideal de un cuerpo humano hermoso ha cambiado y cambiará con el tiempo. Basta haber visto un cuadro de Leonardo da Vinci, Rubens, Van Dyck o Francis Bacon, para saber que no siempre ha triunfado el mismo canon de belleza. Lo que para el Renacimiento era una figura esbelta y grácil, en especial entre las élites privilegiadas, para el Barroco era todo lo contrario, volúmenes rotundos y puestas en escena voluptuosas. Quizá por ello escribe así Quevedo en su poema A una mujer flaca:
…” Y aunque estáis tan angosta, flaca mía,
tan estrecha y tan fría,
tan mondada y enjuta y tan delgada,
tan roída, exprimida y destilada,
estrechamente os amaré con brío,
que es amor de raíz el amor mío.”

La admiración por la obesidad suele ser común en todas las sociedades subalimentadas. Mientras en la Italia de la Edad Media el popolo grosso designaba a las clases dirigentes, el popolo magro lo hacía con el resto de los mortales. En la actualidad, sin embargo, se ha distorsionado tanto el auténtico significado del cuerpo que lo reducimos a objeto de consumo, de poder o de placer. El elevado número de reclamos publicitarios sobre dietas, silicona, peelings, cremas, cirugía plástica, tatuajes, perfumes, estética, bebidas light, ejercicios aeróbicos o rímel, están ahí para confirmarlo. Fácil relacionarlo sin duda con la sociedad de consumo.
El cuidado del cuerpo no tiene nada de malo, pero cuando se vuelve obsesivo, como le ocurre ahora a mucha gente, da lugar a enfermedades nuevas o desconocidas, corporales o psicológicas, como la anorexia o la bulimia, relacionadas a menudo con la percepción del propio cuerpo y con la autoestima.
Fueron los griegos quienes propusieron los primeros cánones de belleza y las formas esculturales representadas en la Venus de Milo. Ya durante la Edad Media las flacas eran consideradas feas y los grandes pintores escogían modelos gordas para sus obras de arte. Existen pueblos indígenas que consideran bello estirarse el labio inferior con un disco de madera, o alargarse el cuello mediante anillos hasta quedar como jirafas, mientras que otros prefieren una mujer negra de labios gruesos y pechos y trasero prominentes. En 1543, en fin, Andreas Vesalio realiza los primeros dibujos anatómicos precisos sobre el cuerpo humano utilizando para ello cadáveres robados y se confirma con ello el estudio del cuerpo humano como base para un desarrollo rápido de las restantes ramas de la ciencia médica.
De ese afán por conocer el cuerpo humano, de convertir al hombre en puro material de estudio, de copiarlo fielmente y de representarlo, en visión idealizada o en su fracaso y deterioro, nacen los dibujos rupestres o las efigies de Assur y Egipto, toda la escultura griega, la Capilla Sixtina y el Hombre de Vitrubio de Leonardo, los desnudos de Goya y Velázquez, las lecciones de anatomía del Dr. Tulp de Rembrandt o la del Dr. Joan Deijman, los cuadros de Jan Van Neck y el de Adriaen Backer sobre la lección de anatomía del Dr. Federick Rysch. Son solo una pequeña muestra que se podría completar con una selección de arte moderno y contemporáneo (Rodin, Francis Bacon, Picasso, Lucien Freud, Damien Hirst, entre otros) que indagan en la fascinación estética que produce al artista mirar tanto en el exterior como en el interior del cuerpo.
En el siglo 17 aparece el espejo, importado de Venecia, objeto tan raro y caro que, mientras que en los hogares obreros apenas ocupa un pequeño sitio en el baño, para el afeitado, su tamaño es, en cambio, signo de distinción en las viviendas burguesas. La gran luna en la que uno puede contemplarse de cuerpo entero solo alcanza a los palacios y a las casas de los nobles más acomodados. El espejo es, sin embargo, un adminículo importante, puesto que señala el paso de percibir la propia imagen en la mirada del otro para pasar a ser vista y valorada por uno mismo, en la intimidad.
Y qué decir del baño, con la idea y concepto con que lo conocemos hoy. Es a partir de mediados del siglo 19 cuando hacen su aparición, en los lugares más recónditos de la casa, el retrete, la bañera, el bidet, la ducha, las pastillas de jabón, la esponja, la pasta de dientes, y otros. No es difícil aceptar que si un ciudadano del siglo 16 viajara hasta nuestros días y entrara en un baño, a buen seguro no sabría qué hacer en su interior. Es asimismo a partir del siglo XIX cuando aparece el corsé, prenda que demuestra la importancia de parecer más delgada, y cuando se establece la delgadez como modelo corporal asociado con el éxito y la aceptación social.
Todo el siglo XX estuvo orientado a ensalzar al cuerpo esbelto, aunque a principios de siglo los cuerpos curvilíneos se posicionaron como el ideal y volvieran a ser el modelo en las décadas de los 40, 50 y 60 (con íconos como Rita Hayworth, Marilyn Monroe, Sofía Loren y Raquel Welch). El resto del siglo, sin embargo, rindió culto a la figura femenina delgada y estilizada.
Hoy día vivimos en una cultura en la que nuestro cuerpo se reduce a su mera apariencia física y a ser un objeto de consumo más, una nueva era de lo que se entiende por narcisismo, una sociedad en la que una de sus señas de identidad es investir al cuerpo como un valor principal, si no el que más para muchos, de la persona.
Havelock Ellis utilizó por primera vez en 1898 el término narcisismo para describir la tendencia psicológica a estar en constante contemplación de sí mismo. La percepción de uno mismo como vacío y dueño de un estilo de vida sin razón y sin sentido, tiene mucho que ver con lo que el psicólogo Kohut ha definido como trastorno narcisista de la personalidad. Desde diversos campos de la ciencia, por otra parte, la sociología, la psicología, la ética, se afirma que la sociedad actual vive inmersa en el momento culminante de esa cultura narcisista; la personalidad del siglo XXI, se añade desde su observación, se caracteriza por el egocentrismo, la tiranía del ideal de belleza, la gran necesidad de admiración y prestigio y el amor por un yo idealizado que, al no corresponderse con el yo real, conduce a menudo al establecimiento de relaciones interpersonales superfluas e insatisfactorias. Y sucede en ocasiones que, un poco más allá, asoman la violencia, las drogas y la promiscuidad en exceso, la incomunicación y el suicidio.

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