ARTÍCULO: A vueltas con la nutrición

“Es asombroso cómo la dieta influye en el pensamiento: el marisco me produce ideas de derechas, y las alubias, de izquierdas!”, rotulaba el periodista de humor El Roto en una de sus viñetas en la que se veía a un hombre con cara de satisfacción ante una mesa bien nutrida.
Y es que el hombre no solo tiene el monopolio de todo tipo de aberraciones nutricionales, sino que también ha caído en la idea de que su modo de alimentarse ha de ser un fiel reflejo de su estatus y de su posición. A pesar de la abundancia de supermercados y de la enorme variedad de productos a su alcance, la alimentación del hombre sigue siendo en muchos casos un raro ejemplo de la desigualdad social.
Al miedo ante la escasez en que vivían nuestros padres le ha sucedido ahora la fobia ante el exceso (preámbulo del sobrepeso) y un afán desmedido por la sofisticación (a menudo prólogo de la estupidez). Si antes comíamos mucho y bien, ahora comemos poco y mal, pero seguimos haciendo caso omiso a la sabiduría del cuerpo: mientras percibimos el hambre con facilidad seguimos siendo incapaces de descubrir las señales del hartazgo. No conviene volverse locos con este asunto, sin embargo, porque el ser humano come de todo: raíces(zanahorias, rábanos…), hojas(acelgas, lechuga…),vainas(judías, habas…), bulbos( cebollas, ajos…)tubérculos(patatas, boniatos…), flores(brócoli, coliflor…), o tallos(espárragos, endivias…), sin irnos más lejos y hablar de los animales que engullimos con fruición.
Hay diversos tipos de cocina que varían según el nivel social; así, mientras la gente acomodada se decanta por una cocina ligera, a la plancha, al horno o al vapor, las clases más populares siguen vinculadas a los platos de cuchara, a la abundancia de grasas e hidratos y a la tramoya de las salsas. En cualquier caso hay que distinguir el sencillo placer de calmar el hambre diaria de la vanidad que exhiben las modas gastronómicas (cursis e interesadas en no pocas ocasiones) que nos asaltan en la actualidad. A este respecto vienen a cuento las palabras del chef Santamaría, fallecido no hace mucho en las fronteras de la madurez, acerca de ciertas derivas de su profesión: “somos una pandilla de farsantes que trabajamos por dinero para dar de comer a ricos y esnobs”.
Volviendo a lo anterior, podemos oponer una alimentación burguesa- clases medias, gentes ricas y acomodadas- basada en carnes y pescados selectos, verduras y frutas frescas, a los alimentos populares de las clases medias y bajas, pastas, pan y patatas, margarinas, carnes grasas, ollas y pescados baratos. Es como aseverar que los consumidores de chuletones, mero o piernas de cordero, coinciden con quienes acuden a los más selectos espectáculos, navegan o juegan al golf, poseen segundas residencias y prefieren los Audi, Porsche, Mercedes y BMW, mientras que los comedores de patatas, sopas de menudillos y cocidos, son de cines y discotecas, juegan al fútbol o al sillón-bol, conducen coches de tipo medio o de segunda mano y la casa que poseen, la misma que habitan a diario, la comparten en alguna proporción con una duradera y jugosa hipoteca. La parte de la renta que los primeros invierten en su gasto alimentario, es más baja proporcionalmente que la del profesional medio y la del obrero manual. Conclusiones un poco toscas, es cierto, pero que bien miradas, se acercan bastante a la realidad con las escasas excepciones que pueden plantear variables como la edad, la tradición familiar, el número de sueldos de la economía familiar o el número de hijos y su formación.
En las grandes ciudades, en fin, ha aparecido también la nueva costumbre de los rituales de la alimentación. Si los de ayer ritmaban con el modo de vida familiar, los de nuestros días se encuentran más sombreados cada vez por las diferentes obligaciones del trabajo de cada grupo social; las jornadas continuas, partidas, parciales o discontinuas, los contratos temporales, por horas y otras variantes, han introducido en el sistema actual lo que alguien denominó hace tiempo el “taylorismo alimentario”. Cuando el tiempo falta lo normal es darse prisa y vivir desbordado para ser considerada persona de éxito por los demás. El complemento a esa nueva orientación social son las cadenas de fastfood, los tiques de restaurante, las comidas preparadas e, incluso, los espacios dedicados en las oficinas de las grandes corporaciones a las máquinas expendedoras de snacks y sándwiches.
¿Cómo conciliar tanta precipitación con la larga preparación que supone cocinar y comer a la vieja usanza? La comida en polvo parece ser para muchos la solución: se hace en polvo el café, la leche o las sopas, se venden comidas listas para calentar y comer, desde recipientes herméticos de usar y tirar, originales maneras de alimentarse que cubren las situaciones típicas de la vida corriente del ciudadano actual.
Consolémonos sin embargo con las nuevas paradojas: los medios de comunicación nos incitan tanto a comer como a estar delgados, celebran al mismo tiempo la buena comida y el hacer régimen, los masterchefs y la dietética, la dieta y el buen yantar.

( Si se usa este comentario se ruega mencionar la procedencia)

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