ARTÍCULO: Acerca de la sensibilidad

Hay acuerdo general acerca de la necesidad del ser humano del afecto, la comprensión y la atención, de que es difícil vivir sin la cercanía de otros seres que muestren interés por sus necesidades, ideas u opinión. A ese denominador común lo llamamos Sensibilidad, esa condición de la persona que le permite comprender el estado de ánimo de los demás, admitir sus valores y defectos, y entender cabalmente la naturaleza de las situaciones, los ambientes y las circunstancias que percibe y observa a su alrededor.
La sensibilidad a la que aludo nos despierta y nos permite ver el entorno con claridad y buen sentido; nada que ver, en cambio, con la blanda sensiblería, con el apego superficial, con la sonrisa o el llanto que emanan de la debilidad. El interés por el entorno, la preocupación sincera, la colaboración desinteresada, la entrega generosa y la solidaridad son algunos de los frutos de la sensibilidad.
En este sentido, la realidad que observamos es que las personas solemos pensar activamente sobre algo que llama nuestra atención e, incluso, lo valoramos en nuestro interior, pero que nos quedamos ahí, sin dar el paso adelante, sin comprometernos o involucrarnos con las situaciones ajenas, las penas, los éxitos ganados por otros con gran esfuerzo y dedicación o los sufrimientos de los demás. Sentimos con compasión y pensamos con indiferencia, el peor enemigo de la sensibilidad. Con el paso a la vida adulta desarrollamos una especie de callo moral que nos hace insensibles con asuntos familiares, laborales o de la sociedad. Y, lo que es peor, a menudo llega a insensibilizarnos respecto a nosotros mismos, nos incapacita para advertir el rumbo de nuestras vidas o las consecuencias de nuestra conducta para la vida física o emocional propia o de los demás. Nos dejamos llevar por el ambiente general o por los modelos sociales que nos venden las pantallas de los medios de comunicación y preferimos revestirnos con los ropajes sociales reinantes en vez de hacerlo con aquello en lo que más profundamente creemos en nuestro interior.
Sin sensibilidad no hay confianza verdadera ni solidaridad; sin sensibilidad es dudoso disfrutar realmente de la hermosura del arte o de la comunicación humana y quizá, también, prestar oídos a lo que nos dicta nuestra propia conciencia moral. Sin sensibilidad es difícil dar las gracias, actuar con respeto y educación, mostrar reconocimiento y comprender el lenguaje no verbal con el que a menudo se expresan los demás. Con sensibilidad, en cambio, percibimos, sentimos, refrenamos nuestros impulsos y aumentamos ciertamente nuestra capacidad de comprensión.
Sin embargo, de nada serviría ser sensibles si nos mostráramos indiferentes a las situaciones sociales que nos rodean, si las consideramos tan cotidianas que no traspasan más allá de nuestra piel, cuando miramos hacia otro lado y dejamos que sean otros los que piensen y tomen decisiones por nosotros, cosa que aplaudiremos si corre a nuestro favor pero le daremos la espalda si no se compadece con nuestro rol social. Y es que la sensibilidad auténtica, bien entendida, debe ir acompañada por el compromiso, la lealtad y la voluntad de actuar.
FELICES FIESTAS PARA TODOS CUANTOS ME LEÉIS. ESPERO QUE SIGAMOS EN CONTACTO A LO LARGO DEL 2015. EL AÑO ES LARGO EN ENERO Y MUY CORTO EN DICIEMBRE, PERO ES MÁS LLEVADERO CUANTO MÁS PRACTICAMOS LA COMUNICACIÓN. UN ABRAZO PARA TODOS. SALUD.
(Si se usa este contenido se ruega mencionar la procedencia)

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