ARTÍCULO: Bancos, de aquellos polvos vienen estos lodos

Buen momento para acercarse al panorama bancario español.
Inmerso aún en una de sus crisis recientes, la banca española trata de asentarse en el más acusado liberalismo económico, sustituyendo los antiguos ideales espirituales y morales, propios de nuestro católico pasado, por una gestión más centrada en la riqueza material, más acorde y cercana a una mentalidad anglosajona, calvinista y luterana.
Con la perspectiva de los últimos 50 años se puede afirmar, sin temor a equivocarnos y a la vista de que son los poderes financieros los que de verdad rigen el mundo en estos tiempos, que la batalla más tardía y especial de nuestra democracia se ha jugado, y aún se juega, en los centros de poder de los bancos grandes y pequeños y en las cajas de ahorros. Todo ello sucede tras haberse aprovechado muchos de ellos durante décadas del adormecimiento social posterior a los efectos de la dictadura y al omnímodo poder proteccionista y autárquico, de una pequeña nómina de familias cuyos patriarcas dominaban la economía española a su gusto e interés.
Así, hoy en día, tras haber dejado atrás la prematura muerte de alguno de tales gestores, la entrada en la cárcel de otros y hasta el suicidio de alguno de ellos, el paisaje bancario actual se parece tan poco al de aquellos años como lo hace nuestro actual régimen político al vivido por el país durante los 40 años de sumisión a un dictador.
La banca española, que cumple ahora 232 años de historia, nació bajo los ideales de la Ilustración. La primera institución que pude considerarse como tal, el Banco de San Carlos, se fundó en 1782 con la gestión de Cabarrús, el decidido apoyo de Carlos III y del conde de Floridablanca y la figura del pintor Francisco de Goya entre sus accionistas. Unos años más tarde se vio obligado a desaparecer tras la sospechosa financiación de algunas empresas relacionadas especialmente con el abastecimiento del ejército.
A esta primera incursión en el mundo bancario le siguieron en los años siguientes el Banco de San Fernando y sus primeras incursiones industriales, el Banco de Isabel II (1844), bajo los auspicios del Marqués de Salamanca, y el Nuevo Banco de San Fernando (1848). Sería este nuevo banco, resultado de la primera fusión habida en España de los dos bancos anteriormente citados, el que daría lugar, en 1856, a una nueva entidad llamada Banco de España.
La extensión posterior de establecimientos bancarios trajo a la luz el Banco de Cádiz, el Banco de Barcelona, o el Banco de Santander, por el lado de la financiación de diversas aventuras empresariales, y la banca Urquijo o el Banco de Bilbao, con vocación más industrial. Todos ellos emitían billetes hasta 1874, cuando el ministro Echegaray concedió esa misión únicamente a la banca central. de todo aquello, solo el de Banco de Santander y el de Bilbao han llegado hasta nuestros días.
El nacimiento del nuevo siglo XX y la llegada de capitales de ultramar tras la pérdida de las colonias, trajo una oleada de nuevos bancos, muchos de ellos conocidos hasta tiempos bien recientes (Banco Hispano Americano, Banco de Vizcaya, Banco Español de Crédito, Banco Central…), que se verían favorecidos por la neutralidad española durante la Gran Guerra (1914-1918). Y así hasta el advenimiento de la Guerra Civil, período caótico para capitales y bancos, como lo demuestran las consecuencias emanadas del papel jugado por los diferentes banqueros apoyando a uno u otro de los bandos contendientes. Ya he comentado antes los nefastos resultados de la autarquía y el aislamiento posterior; añadir solamente las dificultades del Estado para ejercer el control monetario frente a la resistencia de la banca a ceder su protagonismo ante un Banco de España al que juzgaban débil y escasamente profesional.
Solo a partir de los años sesenta del pasado siglo el Banco de España empezará a ejercer su papel central, en especial tras su nacionalización y la decisión, 1962, de controlar y supervisar las medidas del resto de los bancos. Los nombres de Mariano Navarro, Mariano Rubio, Carlos Solchaga, Miguel Boyer o Julián Arévalo, nos son más cercanos y familiares en su gestión en relación con el banco nacional.
Después llegaron las primeras fusiones bancarias, siempre como respuesta a las diversas crisis económicas habidas a partir de 1990. La historia escrita por los Adolfo Suarez, López de Letona, los Pactos de la Moncloa, Sánchez Asiaín, Pedro Toledo y Abril Martorell, es el mejor reflejo de las tensiones sufridas por nuestro país en los cruciales años de la Transición; una época difícil en la que la búsqueda de la estabilidad política junto a la máxima rentabilidad, ha dejado también en la cuneta una creciente nómina de gestores heridos entre los que cabría destacar los nombres de Mariano Rubio, en una segunda etapa, Mario Conde y la intervención de Banesto o, más recientemente, los Alcocer y la Banca Catalana, hasta llegar a la mayor patochada jurídica en el caso del indulto de Alfredo Sáenz, el que se suponía que había sido elegido para devolver la moralidad al mismo Banesto que M. Conde hundió.
El 15 de enero de 1999 se consuma la mayor fusión llevada a cabo hasta los recientes acontecimientos bancarios que nos ha traído la crisis actual. Ese día se fusionaron el Banco Santander y el viejo Central Hispano: “si se quiere salir en la foto hay que moverse”, afirmó el banquero Botín, recientemente fallecido, en aquella ocasión. Él lo sabía muy bien, porque desde aquel momento, y en especial tras la aparición del euro, el astuto y listo banquero santanderino no hizo otra cosa que crecer hasta situar a su institución en un puesto elevado en el panorama bancario mundial.
De los acontecimientos de estos últimos cuatro años poco hay que hablar, en parte porque son suficientemente conocidos por todos, en parte también porque sin una mayor perspectiva histórica es harto complicado explicar lo ocurrido sin caer en meras elucubraciones sobre lo acontecido y su moralidad. Lo que sí podemos afirmar hoy es la desaparición completa de aquella España que contraponía los valores espirituales con los materiales, que despreciaba el dinero como un valor en sí mismo y que rebajaba la categoría humana de quienes se dedicaban a ganarlo mediante la usura y el préstamo. El precio del honor ya no se lleva, la vergüenza social por el mal uso del dinero de los demás, lo que tanto temía, y teme aún, el banquero honrado, ha tiempo que ha perdido importancia entre muchos de los directivos de nuestra banca actual. Ahí está el largo alcance de los últimos descubrimientos en Cajas de Ahorros y algunos bancos para demostrarlo.En materia bancaria, de los polvos de antes vienen los lodos de ahora.

(SI SE USA ESTE CONTENIDO SE RUEGA MENCIONAR LA PROCEDENCIA)

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