ARTÍCULO: Catarros y resfriados, esos males menores

Se nos ha ido el verano y estamos ya en pleno otoño, la antesala del invierno, pájaros y aves han emigrado a tierras cálidas y los microbios, esos pequeños bichitos que amenazan nuestra salud, elevan el consumo de los pañuelos de bolsillo. Como dice un viejo chiste, el estornudo es tan antiguo como el hombre más primitivo.
Eminentes protagonistas de la historia abandonaron este mundo por culpa de un resfriado o de un catarro común, reyes y nobles, presidentes norteamericanos, filósofos de alcurnia y otros hombres ilustrados, científicos de diversas ramas que en sus investigaciones combinaban la acción del frío y el aire libre.
Los remedios contra esos males son tan antiguos como una de sus manifestaciones, los mocos; no en vano el mismo Hipócrates, el de los humores, sostenía que la nariz era el desagüe del cerebro y existía también la creencia común a lo largo de la Edad Media, hasta casi el siglo XVII, de que los efectos externos del resfriado eran una emanación líquida del cuerpo que salía hacia fuera como si de lluvia se tratara. Los médicos del siglo XVI, los estudiantes de medicina medievales y los monjes de los monasterios, los más eficaces transmisores de la cultura de la época, hablaban de una Teoría del Catarro con agudas disquisiciones acerca de las tiritonas, la mucosidad, la fiebre o la flema coagulada.
Aunque pudiera parecer una afección menor, el catarro común es aún hoy en día una enfermedad incurable; bien poco se ha avanzado desde los vinos de Ona que se anunciaban hace años en los periódicos, un tónico maravilloso preparado por un charlatán, autoproclamado médico, que vendía su superchería bajo la firme promesa de curar infecciones y artritis, la reuma y los catarros. Se dice que el archiconocido ketchup empezó su andadura comercial vendiéndose por los pueblos como un producto más para milagros y curas.
Larga es la nómina de remedios ensayados por el hombre a lo largo de la historia contra tal afección: adelgazamientos, sangrados, curas de sueño, emplastos, gárgaras, estiércol de caballo mezclado con vino blanco o el muy extendido y famoso de la leche con miel. Nada tan llamativo, sin embargo, como la creencia universal de que dormir con la ventana abierta no solo era una práctica sana sino que fortalecía los pulmones y prevenía las afecciones respiratorias.
Catarros, resfriados, enfermedades antiguas que han de referirse al fracaso relativo de la medicina en su prevención y curación, dolencias que, al igual que las pestes, el cólera, la sífilis o la tuberculosis, se han logrado erradicar o disminuir no tanto por la existencia de una medicación definitiva como por el incremento de la higiene, la limpieza y la mejora en la salubridad. En la cura del catarro, como en las epidemias mencionadas, han progresado más las medidas de prevención y diagnóstico que la incidencia y las soluciones a través de la medicación.

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