ARTÍCULO: El francotirador de Stalingrado ( ficción)

A principios de febrero de 2014 la anciana Irina Petrova subió a la colina Mamaiev, a las afueras de Stalingrado, como había hecho desde hacía más de setenta años. En aquel lugar se erige una estatua colosal de una mujer que blande una espada y llama a sus hijos a luchar. El monumento conmemora la defensa heroica que sus ciudadanos hicieron de la ciudad en el gélido invierno de 1942. Irina Petrova recordaba así a Vasili Ignatiev, el primer amor de su juventud, junto al que combatió desde las ruinas de la población contra los inmisericordes ataques del ejército alemán.
Si los alemanes conquistaban la ciudad y conseguían dominar la orilla derecha del río, Rusia quedaría partida en dos. Adolf Hitler identificaba la victoria sobre Stalingrado con la derrota de Stalin, su gran enemigo ahora, como antes había sido su mejor aliado. La ciudad era entonces un enclave importante de 600.000 habitantes, con una industria notable que fabricaba motores y derivados de la madera; una bella población, por otra parte, con buenas casas de piedra, que se extendía a lo largo por las orillas del Volga. Las fuerzas soviéticas , que resistían a duras penas en campo abierto, tuvieron que retroceder hasta Stalingrado con la esperanza de aguantar el ataque con la protección del río y en las trincheras de las afueras de la ciudad.
La batalla de Stalingrado, la más cruenta del conflicto, constituyó el punto de inflexión sobre la decisión final de la contienda mundial. Los alemanes habían ganado hasta entonces todas las batallas; a partir de su derrota en la ciudad del Volga, Hitler las perdería todas.
El ejército alemán atacó lleno de confianza, pero ya en aquellos momentos, el jefe del Iº Ejército Blindado Alemán, el general Kleist, escribía en su Diario: “Frente a nosotros ningún enemigo; detrás, ningún suministro”. Falto de petróleo para sus panzersy cañones y de víveres para sus cientos de miles de hombres, necesitaba sobrepasar el enclave de Stalingrado para dirigirse a la conquista de los pozos petrolíferos del Cáucaso y las reservas de cereales de aquella región.
Hacia el 23 de agosto, mientras el general Chuikov, enviado por Stalin había ordenado defender cada metro de terreno y amenazaba con ejecutar de inmediato al ciudadano que se rindiese o abandonase la batalla, comenzaron los bombardeos aéreos alemanes combinados con el ensordecedor ruido de la cañonería y el tableteo de las ametralladoras. Unos días después, bajo la tempestad provocada por 2000 toneladas de bombas, Stalingrado estaba en llamas y sus calles anegadas por los escombros de los edificios reventados y cubiertas de cadáveres. Se luchaba casa por casa, ruina a ruina, de tejado a tejado.
Vasili Ignatiev era un francotirador. Sus escasos 20 años no le impedían su febril entrega a la causa de su pueblo ni sus actos de heroísmo. Se jugaba la vida culebreando bajo la metralla. Se arrastraba para desenrrollar las bobinas de cable que producían las explosiones y tenía una vista privilegiada y una puntería infalible al disparar el fusil. Irina Petrova formabuua parte de un grupo de jóvenes mujeres que sorteaban el fuego cruzado de los alemanes para llevar a los francotiradores comida y munición.
El amor entre ellos surgió como un flechazo. Los momentos cumbres llegaban en las noches, cuando la luz de la luna alumbraba las crestas de los montes cercanos y la magia del silencio, apenas rota, les brindaba la ocasión de intercambiar confidencias. Se amaban acurrucados en el fondo húmedo de alguna zanja para que ni sus voces apagadas ni el brillo de sus cigarros delataran su posición.
En los primeros días de febrero, mientras el mariscal Von Paulus, hundido moralmente por la resistencia de la ciudad, el frío reinante y la falta de alimentos, tomaba la decisión de rendirse y capitular, una bala perdida acabó con la vida de Vasili Ignatiev, uno más de los 40.000 rusos que perdieron la vida en la sangrienta batalla por el dominio de la ciudad.

H.W. Balwin, corresponsal del New York Times, escribiría poco después : ” Stalingrado representó el mejor ejemplo de la inhumanidad del hombre para con el hombre, el sitio de una carnicería espantosa, un sacrificio deliberado e innecesario de vidas humanas, el lugar del fiero patriotismo y de las abrasadoras lealtades, una ciudad que vivirá para siempre, como Troya, en las lágrimas y leyendas de los pueblos”.

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