ARTÍCULO: El Centenario de la Gran Guerra.

( Recomiendo leer previamente el Artículo publicado en este mismo blog el 7 de junio de 2014 con el título : Apuntes sobre la guerra en la literatura y en la ciencia ).

La primera guerra mundial, llamada en su origen la Gran Guerra, representa como ninguna otra el cúmulo de desgracias y locuras ocurridas antes y después del fatídico mes de julio de 1914. El asesinato en Sarajevo del archiduque de Austria y de Hungría, sobrino del káiser alemán, fue el suceso que desató su arranque, cuando Alemania respaldó la acción bélica de represalia iniciada por Austria en los Balcanes. Sin Bismarck ya al frente del país alemán, con un Guillermo II, emperador ya viejo y algo trastornado, con el afán de venganza por parte de los austrohúngaros, y con unos generales alemanes que soñaban con jugar a las guerras para ganar nuevos honores tras su segura victoria, cobró nuevas fuerzas la corriente cultural enraizada desde hacía siglos en Alemania, deseosa de reeditar las hazañas del Sacro Imperio Germánico. Los jóvenes austrohúngaros y alemanes, herederos directos de un siglo de cultura basada en el idealismo y la utopía mesiánica, en el heroísmo romántico y en los sueños de grandeza, pensaban en las pasadas contiendas , luchas de hombre contra hombre, a pie o a caballo, con pequeños cañones, fusiles, pistolas, sables y espadas y auguraban que la guerra sería corta. Toda nación, decían, necesitaba una gran guerra para convertirse en un gran pueblo.
Sus generales, entretanto, seguros de poder pasar por encima de los ejércitos ruso y francés, aliados por entonces, desdeñaban la entrada de terceros países en la contienda, singularmente Gran Bretaña. Se dice que el viejo káiser, primo por cierto del rey británico y amigos ambos de la infancia, exclamó despectivamente cuando le mencionaron esa duda: “ Bah, los barcos no tienen ruedas”.
Unos días más tarde del 28 de julio de 1914, inicio de la guerra, cuando los alemanes invadieron Bélgica, aliado de Gran Bretaña, incendiando pueblos enteros, devastando las ciudades, fusilando a sangre fría, aprisionando rehenes y asesinando a civiles inocentes de toda clase y condición, los británicos se subieron a los trenes, concentraron en sus puertos barcos grandes y pequeños de toda clase y condición, y el 4 de agosto entraron en la contienda ( los lectores que hayan visto la estupenda serie de la BBC inglesa, Arriba y abajo, recordarán los capítulos en los que se recoge el fervor patriótico de sus personajes, no exento de romanticismo, por el papel de su país en la defensa solidaria de las vidas de sus aliados ante la barbarie de las tropas alemanas en su camino hacia Francia. Daremos a los alemanes una lección que no podrán olvidar, es la consigna que se extrae de las imágenes de la gente cuando acude a alistarse).
El valenciano V. Blasco Ibáñez, como ya he reflejado en otro comentario, escribía en 1914 en el prólogo de Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, su famosa novela: “ Los oía hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar con una copa de champaña en la mano la posibilidad, cada vez más cierta, de que Alemania declarase la guerra sin reparar en pretextos.
Y Stefan Zweig, cuatro años más tarde, terminada la guerra en 1918 refleja: “Si hoy nos preguntáramos por qué Europa fue a la guerra en 1914, no hallaríamos ni un fundamento razonable, ni un solo motivo. De repente todos los estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás sentían lo mismo: todos querían más y todos querían algo de los demás. Y lo peor fue que nos engañó la sensación que más valorábamos todos: nuestro optimismo común”.
Una guerra, en suma, a la que historiadores, filósofos y escritores expertos, han dado en apodarla con diversas acepciones: popular, inevitable, falsa, romántica, excesiva, estúpida, son algunos de los adjetivos que se le han adjudicado a una guerra que empezó a gestarse en los irredentos sueños y ambiciones de la milicia alemana y en los vaticinios de una sociedad engañada que auguraba una cadena de victorias fulgurantes bajo los cálidos efluvios del anisete y el champagne.
La primera parte de la guerra, la batalla por las fronteras, se decantó fácilmente a favor de Alemania. En el Marne, en el Somme, los soldados avanzaban a la antigua usanza, entre atabales y tambores, banderas, penachos, canciones patrióticas y ojos llenos de miradas emocionadas y llenos de ardor. Pero a las exitosas y rápidas invasiones iniciales le sucedió a partir de septiembre la estabilización del frente en la línea del Marne. La guerra ya no sería corta tras convertirse en una kilométrica línea de trincheras y alambradas, una gran cicatriz que rompía el verde de los campos.
Algo parecido ocurriría en el mar. Al poderío naval británico por el número de barcos se oponía la mejor dotación técnica en armamento y control de tiro de la marina alemana. la batalla de Jutlandia, 250 barcos de toda clase y condición, supondría un empate técnico: Alemania perdió 2551 marineros y ganó el crédito táctico necesario para empezar a desarrollar los navíos sibmarinos; por Gran Bretaña murieron 6094 hombres pero quedó acreditada su fortaleza estratégica. 8.645 vidas en total se perdieron en la principal batalla naval de la Gran Guerra sin que ninguno de los contendientes derrotara definitivamente al enemigo.
Al tórrido verano de 1914 le sucedió un otoño y un invierno de fríos y fangos en la hondonada de las trincheras, agujeros inmundos llenos de paja empapada para taponar los hoyos y rodeados de cascotes y piedras que parecían trozos de hielo sepultados por la nieve. De trinchera en trinchera, con al agua hasta la cintura, la guerra se estabilizó durante varios meses entre la línea del Marne y el Mar del Norte. Como escribió con acierto el periodista y reportero español Gómez Carrillo: “La guerra, vista de cerca, no es bella, no. Es horrible.”
En la Gran Guerra se consagraron nuevas tácticas militares y diversas armas nuevas, terribles la mayoría de ellas, de eficacia mortífera a distancia. Ametralladoras, gases venenosos y máscaras antigás, submarinos y aviación de defensa, ataque y reconocimiento, aniquilaban a miles de hombres sin que estos pudieran defenderse cuerpo a cuerpo. La falta de suministros y de equipos sanitarios y el empleo de tales armas, desconocidas hasta entonces, precisaron una organización tan novedosa y compleja que los estados mayores de los contendientes no podían ofrecer. Bien puede decirse que, en ambos aspectos, armas y estrategias, la guerra del 14 fue el primer escenario para lo que vendría después.
4 años más tarde los campos de Europa presentaban el aspecto de una inmensa carnicería. Los que volvían de la contienda (admirablemente reflejado en Arriba y abajo, la mencionada serie de la BBC inglesa) multiplicaban los relatos de inútil heroísmo en medio del horror vivido; la guerra había sido tan cruel, sin los viejos códigos de honor ni las tradicionales reservas éticas hasta entonces conocidas, que abundaban entre ellos la depresión y el hundimiento, creían escuchar constantemente la siega de las ametralladoras, contemplar la mortandad en grupos que provocaban los carros o respirar las nubes de gas venenoso con el que se moría lentamente en medio de estertores agudos. Lo único que anhelaban los soldados combatientes en los meses previos a la paz de aquel 1918, era que la guerra se acabara pronto, que nadie iba a ganarla porque todos la habían perdido.
Existe una incuestionable conexión entre las dos grandes guerras mundiales vividas durante el siglo XX: la paz envenenada del Tratado de Versalles, al final de la contienda sería, a la postre, el detonant
e que llevaría a Alemania a comenzar la segunda guerra mundial. No en vano llegó a exclamar el general Foch tras la firma del tratado: “Esto no es una paz, sino un armisticio para veinte años más”.
Y el periodista español E. Gómez Carrillo, refiriéndose a que los firmantes declaraban que el resultado de esa guerra debía de imposibilitar las siguientes, dejó escrito: “Uno se pregunta cuántas veces la misma frase debe de haber sido pronunciada a través de los siglos. Cada lucha de reyes y emperadores fue la última. Cada guerra mató la guerra”.

(Para la confección de este Comentario se han utilizado textos de Luis Meana, Max Hastings, Guillermo Altares y Revista Frontera).
(Si te agradó el escrito pincha en Me Gusta)

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