ARTÍCULO: La mujer barbuda y otros frikis

La reciente aparición del cantante ganador/a del último certamen de Eurovisión celebrado en Dinamarca, una drag queen, vestida de mujer, voz de mujer, acicalado rostro de mujer, cabellera larga y larga barba de varón, ha vuelto a poner en danza toda la imaginería de las mujeres velludas y barbudas que durante siglos han dominado parte de la cultura del mundo civilizado occidental. La mujer barbuda y la gente pilosa son restos de un pasado en el que el cuerpo femenino no había sido asaltado aún, en proporciones tan elevadas, por la industria cosmética.
Aún recuerdo mi sorpresa, hace más de treinta años, cuando, al doblar una esquina en un agradable paseo por una zona rural, tropecé con el inconfundible rostro de una mujer de mediana edad adornado, sin lugar a dudas, con un bigote nutrido, negro, cuidado, sobre el labio superior. La impresión fue tan viva en aquel preciso instante que sigue fijada en mi memoria a pesar del tiempo transcurrido.
La ausencia de barba es un rasgo que distingue a la mujer del hombre desde muchos siglos atrás y que resiste hoy en día con carácter general gracias a la poderosa industria cosmética y al afán cultural de nuestro tiempo acerca del rostro y cuerpo lampiños de la mujer.
El hirsutismo es la aparición en la mujer de pelo en ciertas áreas corporales que dependen de la testosterona, la hormona masculina, sin que ello signifique en cambio, ningún otro fenómeno o grado de virilización.
Existen ecos y leyendas desde tiempos antiguos de mujeres barbudas. Tal es el caso de una Venus barbuda adorada como deidad en Chipre, la barba, real o postiza, de la reina Hatshepsut en Egipto, las Santas Barbudas, Marías Magdalenas que recorren toda la Edad Media, o el caso de Juan de Mandeville, que en 1524 presenta en su Libro de las maravillas del mundo u na serie de personajes, femeninos varios de ellos, que tienen los pies como pezuñas de caballo o hasta cinco o seis brazos, todo el cuerpo velludo, rabo como los animales o largas barbas.
La mujer velluda, la mujer barbuda, el hombre elefante, el hombre-simio, la mujer gato, la mujer pantera, el hombre lobo, recorren los escenarios durante los siglos 17 y siguientes. El siglo paradigmático, sin embargo, en el caso de las mujeres barbudas y su asociación al bestialismo ha sido el XIX, un tiempo en el que la asociación de la teoría de los humores de Galeno e Hipócrates con los titubeantes comienzos de la medicina científica, dio lugar a la aparición de tales personajes en los circos de todo el mundo como su principal atracción. Las crónicas y semanarios de aquellas épocas aparecían en prensa junto a los reclamos publicitarios de tales espectáculos. El gentío se agolpaba en las graderías para observar lo nunca visto y era rotundo el éxito de tales presentaciones en las más grandes compañías circenses que recorrían el mundo. No se debe obviar tampoco en lo relativo a este tema la influencia que tuvo en la sociedad de la época la obra de C. Darwin, El origen del hombre, 1871; la conexión de su teoría de la evolución humana con la popular idea del eslabón perdido que unía en el mismo paquete la evolución de los monos con la antigua existencia de los sátiros y el frecuente caso de seres humanos con rasgos animaloides. De pronto se hicieron célebres seres que recorrían el mundo en teatros y espectáculos cubiertos de pelo negro y largo de los pies a la cabeza y con un rostro similar al de los gorilas.
Llamativo también el caso de Julia Pastrana, la mexicana llamada la mujer pilosa y barbuda, o la mujer más fea del mundo, cuyo hirsutismo era de tal grado y la composición del rostro tan simiesco, que la gente se agolpaba para verla sin fijarse, en cambio, en que estaba dotada de un cuerpo bien formado que llegaría a ser madre, apreciaba la lectura y era inteligente y rápida en el diálogo y la comprensión. Era, sin lugar a dudas, una persona normal, guapa a su manera, ama de casa y madre de familia, aunque se ganaran la vida en los espectáculos circenses a favor de unos espectadores tan amigos de exagerar todo lo extraordinario como de exhibir sin pudor alguno su papanatismo.
El rostro femenino velludo se ha asociado habitualmente a lo transexual o a lo bestial. El caso de la mujer barbuda emparentada con lo bestial pertenece al género de la ficción, al mundo de la leyenda, al espectáculo sorprendente, a la crédula incredulidad. La pilosidad excesiva repartida por todo el cuerpo – hipertricosis- atraía tanto público como el hirsutismo, mujeres barbudas con un desarreglo hormonal leve que afectaba al pelo de las mejillas y sobre el labio superior.
Durante muchos años y a lo largo de varios siglos, casos como los de los renombrados Circus T. Barnum, Circo Queer, Circo Amok o los espectáculos privados en las mansiones aristocráticas de ricos y potentados, fueron el vehículo preferido por las mujeres barbudas y sus mentores para ganarse la vida y asegurar el futuro.
El público se choteaba de su aspecto animal y exigía a voz en grito que demostraran su humanidad, lo que llegó a obligar a muchas de ellas a cantar y bailar, a dialogar con el público o a presentarse en escena como Dios las trajo al mundo. La que quisiera aparentar sencillez, llevar vida normal, se veía obligada por el patrón del espectáculo a explotar su encanto como monstruo e, incluso, el atractivo sexual que despertaba en las mentes calenturientas.
El mundo del arte no ha sido tampoco ajeno a tales representaciones. De la presencia en la Corte Real de mujeres barbudas junto a los enanos, bufones y otros personajes estrafalarios, dan buena cuenta, entre muchas otras obras, pintores como Sanchez Cotán (Brígida del Río, la barbuda de Peñaranda- 1590) o José Ribera (Retrato de Magdalena Ventura-1631- o La mujer barbuda,) en el Museo del Prado de Madrid, las dos primeras o en el Hospital de Tavera de Toledo la última. También en el trabajo de los ilustradores, como las estampas de Darwin como hombre simio procedentes de las publicaciones de época como la revista Hornet.

A pesar del paso del tiempo, aunque el mundo actual se ha abierto más que antes a los fenómenos relacionados con la diversidad, el reciente caso de la ganadora de Eurovisión, Conchita Wurst, se ha visto asociado más a la psicología freak(friki) que a la tendencia de respeto a la individualidad implantada en nuestra sociedad. No en vano la denominación de freak se acuñó hace ya muchos años para denominar a seres raros, extraños y estrafalarios, pero al mismo tiempo cercanos a cualquier cuerpo humano reconocido como normal.
Conchita Wurst es una “drag” de cuerpo sensual y barba frondosa, un varón transformista de 25 años que se trasviste de mujer y se pone barba postiza para ejercer su talento en el mundo de la canción. Tom Neuwirth, el artista detrás de la mujer barbuda, comenta a este respecto: “La persona privada, Tom Neuwirth y la figura artística, Conchita Wurst, se respetan. Tienen sus historias particulares pero traen un mensaje esencial de tolerancia y en contra de la discriminación”.
Thomas, nacido en 1988, graduado de la escuela de modas Graz School en 2011 y que comparte el mismo cuerpo con Conchita Wurst,( una especie de alter ego que en español se traduce como Conchita Salchicha), se define a sí mismo como un ser con “dos corazones que laten en su pecho”. Esta dualidad ha sido para Thomas un estilo de vida que le ha permitido liberarse de los prejuicios y “crear un precepto de tolerancia y aceptación que no se basa en las apariencias”. Su “gancho” en el escenario es su frondosa barba que luce con orgullo vestido de mujer. “Todas las personas deberían vivir sus vidas como lo deseen, siempre y cuando no le hagan daño a nadie”, afirma Conchita tras su rostro perfectamente maquillado y listo para el show.
Nada hay nuevo bajo el sol, reza el Eclesiastés, por eso resulta sorprendente ver tanto debate acerca de los géneros como existe hoy en día en la sociedad, en el arte, la cultura, la ciencia e, incluso, en la religión; los términos andrógino, transgénero, drag , bisexual, friki, transexual y tantos otros, recorren las páginas de los diarios y revistas, los programas de radio, las redes sociales y la web, los ciclos de conferencias, el cine y la televisión. Si tal hecho gozara de un examen exento de los prejuicios anclados en la tradición quizá llegáramos a descubrir que la mayor parte de las veces la solución a tanta contienda está en la comprensión honesta y sincera del mismo devenir de la humanidad.

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