ARTÍCULO: Lo que va de ayer al hoy, hacer turismo o viajar.

Han pasado los tiempos en los que el vocablo viajero sonaba a romanticismo y llamar a alguien turista parecía peyorativo. Hoy día, las cosas han cambiado sin embargo; viajero suena hoy a corto plazo, a rapidez, a necesidad, mientras que el vocablo turismo es sinónimo de tiempo libre y ocio, de descanso y placer, de libertad de movimientos. Cuando Europa descubrió la necesidad de las vacaciones se descubrieron también los diversos climas, las diferentes tipologías veraniegas y el disfrute recreativo, deportivo, cultural o agitado. El inusitado avance de las comunicaciones y de las tecnologías de todo signo en los últimos cincuenta años, han despertado a ese fenómeno de masas que llamamos turismo, un sector económico en alza continua y un modo de propagar el conocimiento de los pueblos del mundo eliminando diferencias para acercarse a los demás.
Antiguamente se veraneaba, pero solo lo hacían las élites privilegiadas. Eran los tiempos en que la aristocracia inglesa ponía en el mapa la llamada Costa Azul (término sacado, por cierto, de un poema hoy día olvidado). En 1872 cerca de 160.000 turistas jugaban a la ruleta en el Gran Casino de Montecarlo. En 1900 hubo en Niza, Cannes y Montecarlo más de 20.000 turistas durante el invierno. El cementerio de Niza está lleno de tumbas de aristócratas rusos y de jóvenes acomodados que morían allí de tuberculosis; el protestante de Cannes, por su parte, alberga los restos de miles de jóvenes ingleses, enfermos también de tuberculosis, que llamados por la atracción de la costa prefirieron terminar sus días junto a la humedad del mar que en alguno de los famosos balnearios de montaña de Alemania o del Tirol.
Hasta el siglo XIX se viajaba en barco, a caballo, en carroza o diligencia, bajo amenazas continuas (físicas, naufragios, baches, barro, o humanas, bandoleros, salteadores, piratas o rufianes). El placer de viajar residía en el propio viaje, en la travesía, porque el viajero podía centrar su atención en las pequeñas cosas que veía desde la borda del barco o las ventanillas de un coche de caballos o, no mucho después, del tren. Las escenas del exterior, un libro, el periódico, la visión de otros viajeros, los carteles, las estaciones, las ciudades, constituían el principal deleite del viajero. Viajar era soñar, las ventanas de barcos, trenes y otros medios formaban una agradable sucesión de cuadros de paisajes con marco y el humo de las calderas parecía un soplo espiritual, una hermosa fuente de poesía. En España la moda era Biarritz, la reina de las playas y la playa de los reyes, seguida poco después por San Sebastián, donde la reina Isabel II lanzó la moda de bañarse en la segunda mitad del siglo XIX. Libros, fotografías y películas nos muestran los ritos del baño, la división de sexos, los camisones de baño, las carretas de bueyes que acercaban a los bañistas a la orilla del mar y la figura del bañero, un hombre corpulento que cargaba a las espaldas a los bañistas y los introducía en el mar.
La aparición del término turista data de la época del romanticismo inglés, aunque fue Stendhal el que lo popularizó, en 1838, tras escribir uno de sus libros de viajes bajo el título de Memorias de un turista. A España llega treinta años más tarde, cuando Gustavo Adolfo Bécquer describe a uno de los personajes de Cartas desde mi celda como un touriste, hombre raro y extraño, que se viste de manera inusual y viaja rodeado de paraguas, bastón, manta escocesa a cuadros y otros cachivaches.
Cuando Mariano José de Larra escribía: “Cada cual sabía que había otros pueblos en el mundo, a fuerza de fe, pero viajar por instrucción y por necesidad, ir a París, sobre todo, eso ya suponía ser un hombre superior, extraordinario, osado y valiente en todo”, no podía imaginar siquiera el conglomerado de opciones que tour-operadores, agencias de viajes, mayoristas y minoristas, o de grupo a gran escala, empresas aeronáuticas, ferrocarriles, navieras o de transporte terrestre, son capaces de poner en marcha para disposición de cuantos, grandes y chicos, creen que en el mundo existen todavía paraísos. Sol, mar, placer, gastronomía, cultura, deportes, aventuras, experiencias de diverso cuño, se venden sin ningún tapujo, acercan costumbres, y mentalidades, alteran paisajes y transforman el trabajo del hombre desde los sectores más primarios a los llamados de servicios. El turismo pone en marcha una poderosísima industria capaz de modificar la estructura social y económica de un país.
Es así como el viajero de antaño, aventurero, rico, sibarita, que apenas incidía en el mundo, le ha sucedido en nuestros días el turista de masas, que no viaja a la aventura sino a ver, sentir o disfrutar lo que previamente ha leído o visto en los medios de comunicación o de lo que ha oído hablar a quienes a su alrededor ya lo han podido experimentar. Pero hay una diferencia que parece sustancial: los viajeros de antaño gustaban de fundirse con las costumbres del lugar, sufrían sus inclemencias, vivían su modo de vivir y su alimentación; el turista de hoy, sin embargo, busca, en su mayoría, conocer lo distinto sin renunciar al nivel de sosiego al que está acostumbrado, el hotel, la seguridad en viaje, la comida occidental o un medio de transporte fiable y puntual. Las fantasías del hombre constituyen la materia prima con la que trabaja el turismo de hoy; si el viajero de antaño buscaba lo desconocido, en el turismo actual hay una poderosa industria que fabrica lugares, infraestructuras, ambientes, a los que poder atraer al turista para ofrecerle por una semana o dos una vida distinta de la suya habitual.
Pero no se preocupen quienes conservan aún la mentalidad de antaño, la del viajero en busca de descubrir lo exótico en los viajes de hoy: ante la previsible depreciación futura del turismo de masas (al fin y al cabo, nuestro planeta es finito), los más pudientes y atrevidos pueden ir afilando, si así les place, sus ansias por inaugurar un nuevo sueño viajero que ya se hace posible como una atractiva novedad: si hace cien años eran las nubes del humo las que dibujaban los sueños que podían hacerse realidad, hoy hay un nuevo sueño, más enigmático y grande, el turismo sideral.
(Ruego se cite la procedencia si se usa este contenido).

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