ARTÍCULO: Apuntes sobre la guerra en la literatura y la ciencia.

(EN RECUERDO DE LOS CIEN AÑOS DEL INICIO DE LA GRAN GUERRA(1914/1918) Y DE LOS SETENTA DEL DESEMBARCO DE NORMANDÍA ( 2ª Guerra Mundial) QUE ACABAMOS DE CELEBRAR).

En julio de 1914 noté los primeros indicios de la próxima guerra viniendo de B. Aires a las costas de Francia en el vapor alemán König Friedrich August, escribe el valenciano Vicente Blasco Ibáñez en el Prólogo al Lector de su famosa novela ”Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis”. Y añade: Los oí hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar con una copa de champaña en la mano la posibilidad, cada vez más cierta, de que Alemania declarase la guerra sin reparar en pretextos.
El 28 de julio de 1914 se inicia en Centroeuropa un conflicto bélico mundial, la llamada Gran Guerra, desatado por los intereses imperialistas de la mayoría de los contendientes y el afán de guerrear propio de los altos militares que asesoraban al viejo emperador del Imperio Austro-Húngaro, al káiser alemán y al Zar ruso. En 1932, permanentes aún en el recuerdo las dimensiones de aquel conflicto, La Liga de Naciones propone al eminente científico Albert Einstein la realización de un intercambio de ideas con cualquier otro científico de su elección. El tema lo elige usted, es la única instrucción.
El 30 de julio de ese mismo año, Einstein escribe su carta desde una localidad de los Cárpatos, en las cercanías de Postdam. El tema elegido es “Los estragos de la guerra”. El interlocutor elegido, Sigmund Freud. Sé que en sus escritos- le anima Einstein al vienés- podemos hallar respuestas (…) sería para todos un gran servicio que usted explicara el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes….
Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas- escribe Einstein-, veo personalmente una manera simple de tratar el aspecto superficial( o sea, administrativo) del problema: la creación, con un consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones.
Pero enseguida advierte que el primer problema es el del poder. El afán de poder de los gobernantes, aclara entonces, lleva aparejados los intereses mercenarios, económicos y políticos, de otros grupos de presión:
El derecho y el poder van inevitablemente de la mano(…) Me veo llevado de tal modo a mi primer axioma: el logro de la seguridad internacional implica la renuncia incondicional de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, en soberanía. Y está claro, fuera de toda duda, que ningún otro camino puede conducir a tal seguridad.
Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al juicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría… ¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo hasta llevarlos a sacrificar su vida?

Freud se da por aludido y contesta desde Viena en septiembre de ese mismo año, 1932. Tras advertir su inicial sorpresa por el tema propuesto y entender que no se trata de ofrecer soluciones prácticas, sino de reflejar un posible abordaje desde el punto de vista psicológico de tan controvertida cuestión, escribe:
Los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Desde la pequeña horda primitiva apegada al uso de la fuerza muscular, el paso por el uso de instrumentos y armas, hasta la superioridad mental que ocupará el lugar de la fuerza bruta, el propósito último de la lucha ha seguido siempre el mismo camino, la desaparición o la paralización del antagonista.
Vicente Blasco Ibáñez, por su parte, continúa en su prólogo al lector:
Esta novela la escribí en París cuando los alemanes estaban a unas docenas de kilómetros de la capital y bastaba tomar un automóvil de alquiler en la plaza de la Ópera para hallarse en menos de una hora a pocos metros de sus trincheras, oyendo sus conversaciones a través del suelo siempre que cesaba el traqueteo de fusiles y ametralladoras, restableciéndose el silencio sobre los desolados campos de muerte. La guerra parecía atraernos y aglomerarnos a los habitantes de la ciudad (se refiere a París).
Y añade en otro lugar: Nuestra vida tenía algo de campamento. Los niños jugaban en la calle lo mismo que en un villorrio, toda clase de ruidos e incomodidades eran tolerados. ¡Quién iba a quejarse como en los tiempos normales, cuando la única preocupación era saber si el enemigo había avanzado o retrocedido, y al cerrar la noche todos mirábamos inquietos la negrura del cielo cortada por las mangas luminosas de los reflectores, preguntándonos si dormiríamos en paz o si las escuadrillas aéreas, con sus proyectiles, vendrían a interrumpir nuestro sueño. Pero el ambiente heroico de la guerra influía en nosotros, y durante cuatro años vivimos todos en París de un modo que nos asombra ahora recordarlo- remata el autor valenciano, en la cresta de su fama en aquel tiempo.
Sigmund Freud, entretanto, prosigue desglosando su respuesta a la petición de su amigo A. Einstein:
Sabemos que este régimen- continúa Freud– se modificó en el curso del desarrollo, que cierto camino llevó de la violencia al derecho. Pero, qué camino. Uno solo, creo yo…que la mayor fortaleza de uno podrá ser compensada por la unión de varios débiles… vemos que el Derecho es el poder de una comunidad. Ha de ser la comunidad quien organice la vida, una comunidad de intereses que vendrá delimitada por la comunidad de sentimientos y lealtades entre quienes la integran.
Y añade:
Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos(…)que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. La consecuencia última de estos procesos históricos, según el psicoanalista vienés, ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras. Aplicado esto a nuestro presente- continúa Freud en su contestación – se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto(…) La prevención solo es posible, aclara, si los hombres acuerdan la institución de una instancia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses.
Pero remata su pesimismo con la siguiente frase: parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso.
Esto dice S. Freud en 1932. Una visión llena de desesperanza como la que traslucía, dieciocho años antes, el prolífico novelista valenciano cuando escribe los proféticos párrafos finales de “Los cuatro jinetes del apocalipsis”:
Deseaba salir del mundo cuanto antes. No le inspiraba curiosidad el final de esta guerra que tanto le había preocupado. Fuese cual fuese su terminación, acabaría mal. Aunque la Bestia quedase mutilada, volvería a resurgir años después, como eterna compañera de los hombres.

Y cerramos estas líneas con dos apuntes más, el del psicoanalista vienés, en primer lugar:
(…) por eso, nos vemos precisados a sublevarnos ante la guerra, lisa y llanamente no la soportamos más. La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional (…) ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros se vuelvan también pacifistas? No es posible decirlo, pero caso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a la guerra en una época no lejana (…) Entretanto, tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra.
Y por fin el literato, que cierra su novela certificando el sentimiento humano de la desmoralización:
(…) resonaba a lo lejos el galope de los cuatro jinetes apocalípticos atropellando a los humanos. Vio un mocetón brutal, membrudo, con la espada de la guerra; al arquero de sonrisa repugnante con las flechas de la peste; al avaro calvo con la balanza del hambre; al cadáver galopante con la hoz de la muerte. Los reconoció como las únicas divinidades familiares y terribles que hacían sentir su presencia al hombre. Todo lo demás resultaba un ensueño. Los cuatro jinetes eran la realidad.

(Desde entonces acá, ochenta y dos años después – 1932/2014- y sin ánimo de ser exhaustivos, hemos conocido y vivimos un rosario de guerras, mundiales, nacionales, entre países vecinos, tribales, fronterizas, de intervención, coloniales, insurreccionales, revolucionarias, independentistas, religiosas, civiles, dinásticas, por no hablar de la llamada guerra fría, etc. O, si se quiere, utilicemos esta otra lista de adjetivos aplicables a la guerra: abierta, a muerte, de trincheras, aérea, a sangre y fuego, asoladora, campal, continental, de anexión, de asimilación, de campaña, de devastación, de emancipación, de exterminio, de guerrillas, de honor, de descontentos, de patrullas, de partidarios, de potencia a potencia, de propaganda, de raza, de reconquista, de recuperación, de represión, fratricida, intestina, marítima, santa, sistemática, subterránea, vandálica, nuclear, biológica, química, bacteriológica, informática o electrónica, del comercio… Sabe Dios lo que nos deparará el futuro tras el avance de la ciencia y la tecnología de guerra, cada vez más sofisticada, más mortífera, más indetectable al ojo humano, de un mayor alcance global).


( Pincha en Me gustasi así fue. Y, en todo caso, te ruego cites la procedencia si usas este contenido).

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