ARTÍCULO : ANTE LAS ELECCIONES EUROPEAS (IV y último)

El peligro tras las próximas elecciones del mes de mayo es que se produzca un auge de los grupos contrarios a la integración. Un periódico nacional recogía recientemente la amenaza que suponía esa situación. El problema de fondo, decía, “es el constante retroceso electoral de las posiciones más europeístas en los Estados miembros, algo que se debe a la crisis y contra lo que el Parlamento Europeo poco puede hacer.” La hipótesis consistiría en que las fuerzas populistas, especialmente las más extremas, estarían ganando fuerza para reforzar su papel en las elecciones europeas del 2014 e influir así negativamente en el delicado momento que vive la construcción de la UE. Bien sea mediante la aparición creciente del populismo euroescéptico en el Parlamento tras las elecciones, bien mediante la esclerosis de un futuro Parlamento más técnico que político a pesar de las promesas en contrario realizadas a los ciudadanos, bien, incluso, porque para defenderse del crecimiento de los euroescépticos, los Estados miembros más fuertes cayeran en la tentación de recortar aún más el poder del Parlamento, la UE tendrá que “elegir entre salvar al Parlamento de los avances de los radicales, de la irrelevancia o de la renacionalización” o poner en marcha las reformas que necesita para aumentar sus competencias y ofrecer a los ciudadanos una mayor participación.
Las organizaciones internacionales suelen presentar un rasgo común, que es el estar fundadas y constituidas por Estados soberanos y animadas por los representantes de sus gobiernos para actuar en nombre de ellos. El riesgo para la UE es elevado y exige una toma de posición respecto a cuestiones tales como el reparto del poder, la soberanía estatal y la trasnacional, la desigualdad social y las políticas del bienestar. Tendrá, pues, que poner de acuerdo a los Estados miembros para acordar las soluciones adecuadas a pesar de que puedan ser impopulares para los habitantes de cada uno de ellos. Tendrá que convencer a los ciudadanos de la necesidad de aceptar pérdidas en la soberanía nacional compensándolas con la ampliación de la soberanía trasnacional, de que es mejor hacer juntos lo que cada estado por separado no puede lograr; en caso contrario, seguir como hasta ahora, conservando cada Estado la totalidad del poder y de la soberanía nacional, crecerá aún más la desafección por las instituciones comunitarias.
Nada hay fuera de la UE, pero hace falta construir una sociedad posnacional de las sociedades nacionales porque Europa no es nada sin los valores de la libertad y la democracia y sin sus orígenes culturales. Más libertad es más Europa. Más seguridad social es Europa. Más democracia es Europa. Tres factores que no se imponen verticalmente (hegemonía/dependencia), sino que se han de alcanzar horizontalmente, en régimen de igualdad. La cuestión social y la extensión de la democracia no se pueden lograr si no son abordadas en conjunto por todos los países de la Unión en régimen de igualdad. Más le vale, por tanto, a los países comunitarios crear un nuevo modelo de crecimiento global. Se trata de expandir una cultura común, una administración común, un sistema legislativo, económico y financiero común, y construir al mismo tiempo un procedimiento que contemple la responsabilidad compartida y la responsabilidad individual de los ciudadanos de la UE. La democracia europea, en definitiva, piensa Beck, tiene que construirse desde abajo, desde ciudadanos iguales en países iguales, y no venir obligada desde arriba. Este es, en resumidas cuentas, el verdadero reto del futuro.
Europa ha de construir al mismo tiempo un sistema renovado de responsabilidad compartida y un nuevo modelo social europeo que aporten la consolidación política, que aprovechen la complementariedad de los estados, que realcen su patrimonio de actitudes y de sus tradiciones, su patrimonio y riqueza cultural.
Para que Europa se convierta en la casa común, subraya de nuevo Ulrich Beck, el sentimiento europeo no ha de consistir en ESTAR en Europa ni en entrar a formar parte de sus instituciones, sino en que sus ciudadanos, vivan donde vivan, sean del país que sean, puedan identificarse con el sentimiento de que todos ellos SON Europa. Que su nombre sea su nacionalidad propia, pero su apellido común sea “europeo”.
Y remata el escritor:
“Todo esto suena desesperadamente utópico e ingenuo. Pero cuando el euro y Europa corren el riesgo de derrumbarse tenemos que pensar las cosas de otra manera. En efecto, esta crisis conduce a una revisión del realismo. Lo que hasta ahora se tenía por “realista” se convierte en ingenuo y peligroso, porque es inefectivo frente al derrumbamiento. Y lo que pasaba por ser ingenuo e ilusorio se convierte en realista, porque intenta evitar la catástrofe y, de paso, construir un mundo mejor.”

(Si te agradó la serie de artículos sobre la UE y las próximas elecciones, pincha en Me gusta al final del artículo)

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